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– Puedes retirarte, muchacha -ordenó Adalbero-. Cumple lo que te ordena tu buen señor para que seas grata en presencia de Jesucristo. Pues una esposa que replica al marido es apetecida morada del diablo, conforme dice san Agustín.

Al ver cómo meneaba el cuerpo al caminar, libre de su carga de leña, el cillerero pensó en las bailarinas sarracenas de las que tanto había oído hablar y a las que jamás había contemplado. El emperador don Fernando poseía unas cuantas, según le habían dicho, pero no andaba mostrándolas en los monasterios de su reino… Tropezó su mirada con la de ben Saruq, en la que creyó leer una imaginación semejante a la suya propia.

Sobre sus cabezas resonó el vuelo agrio de un grupo de cigüeñas que se alejaban de las charcas. El sacerdote fue a buscar en su casa unas cuantas escudillas de barro y sirvió en ellas el potaje a sus huéspedes, incluido ben Saruq.

El judío había empezado a hablar de algunas de las costumbres en los reinos de los moros, cuyos nobles comían con cucharas de oro y ponían la comida en un plato para cada persona, y cada cual disponía también de su propio vaso. Pero todos dejaron de hacerle caso cuando se oyó de nuevo la canción de la esposa del cura, melodía que era precisamente de aquellas mismas tierras, como señaló el comerciante.

Adalbero comió en silencio. Miraba de cuando en cuando las almas luminosas de las estrellas, que se perseguían frenéticas por el manto azul oscuro del cielo. El profeso de Cea aseguró que se trataba de ángeles jugando al aleleví; pero el cillerero, que tantas cosas había conocido a lo largo de su vida, le mostró su gran error. Eran en verdad demonios desesperados que buscaban ser admitidos por Dios en su seno después de haber ayudado a Luzbel en su rebelión.

Por tal motivo, si se veían dos de aquellas luces cruzándose, era un terrible presagio, ya que dibujaban como burla la figura de la cruz. Si por el contrario corrían en cualquier dirección, particularmente hacia poniente, y sin tocarse, era señal de buenos augurios. Tales correrías diabólicas sucedían más o menos en las laderas del cielo, allí donde éste se apoya en los extremos de la tierra.

Por encima, muy en lo alto, resplandecía como un rocío de leche el Camino del Sepulcro. Ancha a veces, estrecha otras, tal y como sucedía en el suelo, incluso con piedras de luz un poco separadas de su centro por las pisadas de los santos, aquella senda celeste ascendía desde la parte de Sahagún, era altísima sobre sus cabezas y luego se inclinaba hacia abajo, en la dirección del sepulcro que iba anunciando. Era allí mismo donde terminaba la tierra y donde todo terminaba, salvo Dios mismo.

El monje que guiaba al grupo pidió después de la oración de gracias que se retirasen todos, bien a dormir o a ocuparse de sus menesteres, pues quería hablar a solas con el sacerdote.

– No he quedado muy convencido de la validez de tu matrimonio, don Gutino -le dijo-, pues en ningún libro he leído que pueda uno otorgarse este sacramento a sí mismo. Además de la clara conveniencia de que los clérigos se mantengan célibes para que no haya luego descendientes que peleen por las haciendas, lo que sería grave escándalo. Entre otras razones. Mas pasaré por alto esa cuestión. Al fin y al cabo, como bien sabes, yo no soy doctor en los cánones y las escrituras; para resolver esa duda habrás de acudir al abad y al monje teólogo. Y tampoco puedo olvidar de qué manera te eligió nuestro santo abad para que vigilaras, con la autoridad del sacerdocio con que te invistió, nuestro manantial de sabrosas ranas… Son cuestiones menores. Sin embargo -añadió después de una pausa inquietante-, sí es cuestión mayor la de las tercias. Habrás cobrado, como corresponde, tus diezmos a los raneros y a los pastores que he visto en esos pedregales. ¿Por qué no mandaste la tercera parte a la abadía? Y me permito dudar de que, con presencia de cigüeñas y todo, no hayan capturado nuestros súbditos algunas piezas con que alegrar la mesa de los hermanos monjes.

– Te lo puedo jurar por los sagradísimos huesos del pie de san Policarpo, mi señor -respondió con vehemencia el cura-. A no ser que estos cazadores raneros me hayan engañado, con lo que caerá sobre ellos el castigo de Dios.

– También tú deberás sufrir una penitencia, que yo te impondré por encargo de don Tructemiro. No será muy dura, don Gutino -dijo Adalbero al descubrir un velo de turbación y tristeza en los ojos del sacerdote-; no será muy dura, ya que el abad y yo somos hombres clementes y misericordiosos. Durante seis semanas no dormirás con tu mujer ni holgarás con ella en parte alguna. Así repararás el grave daño hecho a Nuestro Señor.

– ¡Pero tal penitencia cae también sobre ella, mi señor! -dijo muy asustado el sacerdote.

– Sin duda habrá cometido también muchos pecados por los que deba ser castigada. Y con mayor severidad, sin duda. Haz que duerma fuera de la casa durante ese tiempo y los dos seréis perdonados. Benedicat te Dominus.

Gutino cayó de rodillas para recibir la bendición de su superior.

El cillerero decidió comprobar que, al menos aquella noche, se cumplía su orden. Entró en la casa, se tumbó en un jergón, al lado del profeso, y esperó despierto a que regresara el cura.

– La he mandado a dormir bajo el cobertizo del corral-explicó-, pero mañana tendré que construir una empalizada, porque se han visto perros salvajes por estos campos.

– Cúmplase la voluntad de Dios. No temas, que los ángeles vigilarán su sueño.

Pronto los fatigados viajeros y su anfitrión respiraban con ritmo regular y roncaban varios de ellos. Adalbero, en cambio, no conseguía atraer el sueño. Sobre su espíritu agitado, los seres malignos de las charcas caían ávidos. Las ranas no cesaban de croar y su violento rugido se extendía a intervalos por la oscuridad de la habitación. Se levantó al cabo de un rato, pero despertó a don Gutino, que dormía junto a la puerta y se agitó asustado.

– Las ranas me roban el sueño -dijo Adalbero a media voz.

– Te falta la costumbre, señor. ¿Quieres que te acompañe?

– No, no. Gracias, hermano. El aire de la noche me aliviará.

Se asomó a la puerta. La llanura estaba inundada de la luz del Camino de Estrellas. Las chozas de los raneros parecían crecer dentro de las charcas desde las que llegaba el canto cruel de aquellos animales diabólicos. Adalbero reconocía, de todos modos, que el cocinero de la abadía preparaba con sus ancas un condumio muy punzante y sabroso. Las envolvía en una pasta de harina, ajo y ciertas yerbas, y las freía luego en grasa de cerdo. Si hubiese avisado con antelación a don Gutino, tal vez habría logrado que aquellos miedosos servidores se internasen en el agua sin temor a las cigüeñas y capturaran la cantidad suficiente para una cena.

Algo temeroso él mismo, después del conocido carácter de los habitantes de Villa Raneros, se deslizó sobre el muro de la iglesia, de espaldas a él, y se acercó al corralillo situado junto a su parte posterior. Chirrió la cancela cuando empezó a abrirla, incluso con más fuerza que el croar de los engendros de las lagunas, y pudo ver a la luz de las estrellas cómo la mujer del cura se desprendía de las pieles que la abrigaban y se situaba frente a él, a no mucha distancia, armada de una estaca.

– No temas, mujer -dijo, asustado él mismo-. Soy el cillerero.

– Miedo no tengo. ¿Qué quieres tú, monje?

– Consolarte -dijo Adalbero-. Reconozco que he impuesto a tu santo marido un penoso castigo que se alarga hacia ti, como el rastro que deja el Mal en su camino… Y eso es grave injusticia que me robaba el sueño. Por eso quería que me perdonaras.