Su crimen era bastante común en aquellos reinos inicuos -afirmó el arcediano-, pero había sobrepasado mucho la frontera de lo permitido. Tanto el obispo como él mismo reconocían la piedad del párroco de San Lorenzo, su dedicación al culto, su caridad con peregrinos y enfermos, sus muchos años de servicio y devoción, pero no podía tolerarse que durmiera cada noche en la misma cama de un mancebo, porque era pecado contra natura. Hasta ese mismo momento -añadió-, nadie en la curia se había inquietado en exceso por el hecho de que don Ramírez conviviese con su propia hermana; mientras no nacieran hijos de una tal relación, ningún juez podría aceptar que existiera evidencia del pecado de incesto, el cual estaba penado con mortificaciones hasta el día de la muerte, más ayunos durante quince años, el primero de ellos a pan y agua. Pero añadir un joven guapo y robusto, de pelo rojo como el diablo, a ese ilegal matrimonio, un joven extranjero y francés, provocaba mucho escándalo y desdoro en la economía de su iglesia. Con lo cual, el santo obispo había decidido expulsarlo de ella y no recurría a condenas mayores en primer lugar por las súplicas del arcediano; en segundo lugar, por los méritos antiguos del sacerdote; y en tercero, para que el dicho escándalo no se propagase más. Ya que tal pecaminosa inclinación podía comprenderse entre los infieles de los reinos moros vecinos, pero nunca en Navarra o en las tierras que cultivaban la verdadera religión.
Don Ramírez se encontró falto de fuerzas para desmentir aquellas acusaciones que jamás hubiera sospechado. En su casa habían dormido juntos los tres, verdaderamente, desde la misma noche en que hospedó al peregrino, más de medio año hacía. Pero tan sólo para librarse ellos dos del frío y porque no poseía otras habitaciones ni otros lechos en donde acogerlo. Los ángeles eran testigos de que nunca había fornicado con el joven, pues incluso carecía ya de vigor para hacerlo con su hermana. ¿A quién se le había ocurrido urdir tal infamia?
– Es secreta la denuncia, como puedes comprender -dijo el arcediano-, porque cualquier cristiano se avergonzaría de proclamar tan gran delito. Mas si quieres juicio público, nosotros proveeremos a él. Entonces, la condena será la regular, con excomunión incluida.
Abatido por el castigo, confuso en su fe ante la aparición de un ángel con el anuncio de que nunca saldría de esa ciudad a la cual ahora debía abandonar, impotente para luchar contra fuerzas tan diabólicas, consultó a Oria y a su amigo acerca del porvenir. Puesto que tantas ansias tenía de conocer el sepulcro de Santiago, ¿por qué no se ponían en camino a su lado? Durante todo un otoño y un invierno se habían cuidado de él, le habían dado albergue y comida sin pedir nada a cambio. Ahora Martín se convertiría en su brazo protector. Y la peregrinación sería penitencia suficiente para el obispo y, sin duda, ante los mismos ojos de Dios.
Antes de salir supieron ya cómo el obispo mentiroso había vendido la iglesia al conde de Gascuña por doscientos mancusos de oro y cómo éste había traído maestros de Francia para derribarla y construir en su lugar un palacio.
La sede anunció que un ermitaño piadoso que hacía penitencia en los montes de Ibañeta, junto a la cruz que allí había clavado Carlomagno, había tenido la visión de san Lorenzo encarne mortal, entre llamas inmensas, el cual hizo relación, una por una, de todas las reliquias suyas que existían en los reinos cristianos e incluso varias escondidas aún entre las taifas de moros. No mencionó la de don Ramírez, lo que mostraba su falsedad.
Antes de entregar la iglesia al conde, pues, el obispo recogió aquel tizón, mandó reducirlo a ceniza en el yunque de un ferrón y se arrojaron esas cenizas al río Arga. Hubo herejes que organizaron protestas, procesiones y penitencias; otros, que rezaron durante tres noches junto a las aguas; pero como no se produjo milagro alguno, quedó demostrado que la enseñanza episcopal era santa.
Llevaban caminando muchos días y cada uno que pasaba encontraba más débil a don Ramírez. En Estella, diez millas después del puente sobre el Arga al que también abocaba otro camino de peregrinos que cruzaba tierras aragonesas, Martín de Châtillon consiguió vender un hueso grande del perro de Santiago a un sacerdote huido de Zaragoza que deseaba fundar una iglesia. Les entregó dinero bastante para comprar cuanta comida necesitaron y para pagar refugio en donde no quisieron dárselo de caridad. En aquella ciudad tan grande y tan hermosa había rezado el sacerdote ante una sagrada espalda de san Andrés que atraía mucho la veneración de los peregrinos.
En Estella permanecieron dos semanas, curando algunas heridas que al sacerdote se le habían abierto en los calcañares. Era muy alegre y rica. Mucha gente de Provenza que se había quedado varada allí, atraída por esas riquezas y por el vino que abundaba, sin ánimo para seguir hasta Santiago o ya de regreso del sepulcro, cantaba y bailaba en las calles. Oria pasaba muchas horas mirando a los goliardos y eran horas en que no recordaba sus penas.
Antes de abandonar tan grata posada, se enteraron de que el comprador del hueso del perro lo había dividido en dos y vendido a su vez una de las mitades a un cenobio de monjas de san Agustín, que le pagaron por esa parte más de lo que había entregado él por el todo. Martín se quedó tan desconcertado que corrió a hablar con aquel hombre impío.
– ¿De qué te indignas, joven francés? -le dijo-. Te he dado por la santa reliquia todo el dinero que poseía. ¿Con qué iba a pagar entonces a los alarifes que construyan mi iglesia y que han llegado ya de Zaragoza? Incluso tengo pensado partir nuevamente ese hueso y vender otra mitad para ornamentar el templo. Pues conocerás aquella sentencia de nuestro padre san Juan Crisóstomo que escribe: que es tal la naturaleza de las reliquias que con la distribución auméntanse y con la división se multiplican. O lo que explicó san Teodoreto: que aunque se distribuyan en menudos fragmentos las reliquias, la gracia permanecerá íntegra e indivisible. Pues una partecilla puede obrar los mismos milagros que el cuerpo entero; esto lo afirmó san Gregorio Nacianceno. Y la parte de un santo es todo el santo, según la doctrina de san Gaudencio. ¿Qué ofensa he cometido contra ti?
– Ninguna, en efecto -respondió don Ramírez después de meditar durante mucho rato y sin detener su paso en el gran camino muy hollado por acémilas y por viajeros-. Más aun: ha demostrado ser hombre muy sabio y piadoso y conocedor de las Escrituras. Y debemos darle gracias de que haya comprado esa parte de la pierna del perro, ya que así se demuestra que era efectivamente el animal que acompañó en vida a nuestro señor Santiago.
– En tal caso, don Ramírez, sería necedad vender el resto de los huesos en grandes porciones -dijo Martín-. Si troceamos cada uno de ellos en partes pequeñas y buscamos adecuados relicarios para encerrarlas, tendremos dinero suficiente no sólo para llegar a Compostela y regresar, sino incluso para que construyas una catedral en donde más te plazca e incluso para que Oria levante un monasterio del que sea abadesa, si es ésa su voluntad.
– El obispo de Pamplona se condenará por la envidia que va a sentir -rio Oria-. No hay razón para que Martín no haga lo que propone, ¿verdad, don Ramírez?
– Siempre que no se deje vencer por la codicia… Dios ha puesto un tesoro en sus manos y en el Evangelio se dice que serán castigados aquellos que teniendo una semilla no laboren para que fructifique.
Estaban subiendo un cerro muy empinado. El viento había depositado sobre las piedras y el polvo maleza seca y llena de espinas.
Don Ramírez se sentó en un montoncillo de piedras, de aquellos que iban creciendo con la contribución de los caminantes, y pidió la calabaza para beber. Oria se agachó a su lado, miró los pies de su hermano, hinchados por la fatiga, y vertió sobre ellos un chorro de agua. El sacerdote puso los brazos en cruz, elevó los ojos al cielo y sonrió.
– Tal vez no pueda llegar a Santiago -dijo.