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Durante muchos años, la abadía era prácticamente el último lugar poblado del reino; más allá del río Araduey, al otro lado de las colinas desérticas, vivían tan sólo algunos pastores con sus rebaños y campesinos vagabundos a quienes nadie quería preguntar de dónde habían venido. Con toda probabilidad eran desertores de ejércitos, criminales perseguidos por los merinos, ladrones sin asiento, monjes apóstatas, cautivos fugados o gente tan miserable, tan pobre y tan impía que abrazaba sin vacilaciones la religión de quien estuviera en cada caso por encima de ella. Lo cual quería decir que el monasterio había corrido muchos peligros durante su existencia.

Cuando los mahometanos bajaban de sus aceifas por León y las tierras gallegas, incluso cuando venían transversalmente desde Burgos para retirarse a Córdoba por el buen camino romano del oeste, por el camino empedrado o Ba-Lata, que los cristianos llamaban ya de Plata, solían aprovisionarse y robar cuanto podían en aquellas regiones fronterizas.

Los monjes, los de San Facundo y los de algunos otros conventos menores establecidos en la marca, eran sus víctimas preferidas. La única defensa que tenían, aparte de llorar su suerte ante el rey, era la fuga. O esconderse bajo tierra mientras el enemigo asolaba, incendiaba y se entregaba a la rapiña y a todo género de sacrilegios. Las murallas de tierra aplastada, con bardas de piedras aguzadas, habían resultado siempre inútiles en esas ocasiones. Los facundinos, en consecuencia, debieron dedicar muchas de sus fuerzas y de su dinero a horadar la colina alargada en cuya falda se asentaba el cenobio.

El túnel principal corría paralelo al río, a media milla de distancia y hacia poniente. Luego, se abría en dos ramales: el primero giraba a la izquierda y terminaba en las afueras de Grajal, en tierras del nuevo conde y casi a la sombra de los muros de la pequeña fortaleza que acababa de levantar; el otro continuaba el curso del Cea y moría dentro del antiguo recinto de las dueñas de San Pedro, seguidoras también de la regla de san Benito.

Una tía del rey Fernando gobernaba con mano de hierro a dos docenas de siervas del señor recluidas detrás de una altísima muralla, también de adobe, bajo la cual habían hecho pasar un pequeño ramal del río a fin de obtener agua abundante para sus huertas. Del cenobio propiamente dicho, unido a una iglesia de ladrillo que coronaba una gran torre cuadrada, solamente asomaba la fachada principal al campo; más bien, a una confusa extensión de cabañas de barro en las que vivían sus servidores.

De antiguo existía una gran fraternidad entre los monjes de San Facundo y las dueñas de San Pedro. Sin embargo, la mayor parte de los profesos, particularmente los más jóvenes, ni siquiera conocía la existencia de aquel túnel de tres millas que unía ambas venerables casas.

En este sentido, don Tructemiro había continuado aplicando las normas de sus antecesores, los abades Cipriano, elegido obispo de León, y Ansur. Que consistían en no autorizar sino a unos pocos el tránsito por aquellas galerías y sólo con su permiso expreso. Varias monjas de San Pedro habían quedado preñadas después de su trato con los profesos de San Facundo; y si bien las criaturas nacidas de aquellos ayuntamientos habían sido discretamente enterradas en su huerto o dentro de nichos abiertos en el propio pasadizo, después de haberlas dejado morir a la intemperie, hasta la corte de León habían llegado las noticias de algunos de los escándalos antiguos.

De todas maneras, esos pasadizos se encontraban en muy mal estado, con derrumbes en algunos de sus tramos, cegados los respiraderos y habitados algunos recorridos por serpientes, ratas, murciélagos y otras bestias inmundas.

El prior Ecta había tenido la ocurrencia de aprovechar el buen tiempo para acometer algunas reparaciones y mejoras. En primer lugar, deseaba abrir una capilla secreta bajo la tierra, en la cual venerar dignamente la sagrada reliquia del dedo pulgar de santa María Magdalena, en el cual brillaba como anillo de esponsales el prepucio de Nuestro Señor, posesión santísima del cenobio y cuya existencia prefería mantener secreta para no tentar en exceso la codicia de los poderosos que por él pasaban.

Había proyectado abrir una cueva a unos cincuenta pasos del osario en que se veneraban los cráneos de los monjes muertos, debidamente almacenados en un gran montón, los más antiguos sosteniendo a los más jóvenes, conforme pedía la regla, y marcados en el hueso frontal con signos que remitían a sus nombres e historia. Tales datos aparecían descritos en los libros de la biblioteca.

En segundo lugar, cada vez acudían más devotos del pueblo e incluso de otros vecinos como Cea, Villa Zacarías, Grajal y Villa Raneros a suplicar que los monjes les guardasen algunos objetos de valor que poseían: cruces de oro, vasos de plata, telas preciosas de las que fabricaban los moros, incluso bolsas de monedas. Algunos eran pequeños nobles, condes o simples infanzones; otros eran comerciantes, judíos en su mayor parte. Pero también solicitaban ese favor soldados que volvían de la guerra con ricos botines e incluso artesanos y maestros constructores que estaban prosperando mucho. Mantener aquellos tesoros en las dependencias de la abadía era arriesgado, pues se exponían al fuego, al robo o una posible invasión musulmana, aunque ahora sus ejércitos estaban lejos, desunidos y débiles.

Mejor era habilitar una cámara subterránea en donde almacenarlos. Los propietarios a quienes había mandado consultar discretamente aceptaban pagar su parte en las obras, además de las rentas habituales por la custodia.

El cillerero don Adalbero había suplicado también un emplazamiento especial para la gran cuba de vino que en el anterior otoño había mandado construir en Villa Zacarías. El prior había ido a verla y quedó tan asombrado de su calidad y de su tamaño que no tuvo más remedio que olvidar el recelo que solía manifestar hacia las capacidades de Adalbero.

Tres familias de artesanos de aquella aldea habían decidido trabajar juntas y durante todo el verano estuvieron afanadas en la cuba. Buscaron los mejores robles de los bosques circundantes, curaron con esmero la madera, trajeron de León los mejores aros de hierro… Era tan alta la cuba como dos hombres subidos uno sobre otro y tan larga como dos bueyes en fila. Nadie nunca había visto jamás un recipiente semejante ni en León ni en Oviedo ni en Burgos ni en Compostela, que era la ciudad más grande de España, incluso vacía de peregrinos. Y nadie había dicho que existiera cosa parecida en los reinos moros o entre los francos y borgoñones, que sabían fabricar buenos toneles.

Adalbero contagió al prior su propio orgullo y finalmente se aceptó su idea de levantar una nueva bodega siguiendo el ala oriental de los almacenes. Semihundida, a fin de facilitar la conservación del vino, con buenos y sólidos muros ciegos y un techo de tejas árabes por encima de otro armado con tablones y ramajes. En uno de los extremos de ese edificio se asentaría la cuba, que por su tamaño habría que colocar antes de levantar las paredes.

– Será la admiración del reino y hasta los príncipes extranjeros vendrán a verla como si se tratase de una santa reliquia -había comentado el cillerero.

Ecta reconocía su mérito, aunque lo expresase con un cierto aire blasfemo. Desde la corte leonesa le habían llegado noticias del agrado del rey emperador por aquel hombre que, fuera de la abadía, era capaz al mismo tiempo de comportarse como un príncipe y como un mercader judío. Tructemiro, cada vez más en los umbrales de la patria eterna, cada vez más alejado de las cosas terrenales a causa de la cerrazón de sus oídos, había quedado también muy satisfecho de sus gestiones. Ni siquiera le preocupaba la posibilidad de que aquel monje astuto y riguroso intentase un día ocupar un puesto superior a su dignidad. En realidad, quizá le daba lo mismo.

Le habían llamado mucho la atención su pelo y su barba roja, lo huidizo de su mirada y el exceso de humildad, cuando había pedido asilo en la abadía, casi veinte años atrás. Sabía poca teología, y muy poca más había logrado aprender en tanto tiempo; pero era habilidoso en los asuntos terrenales.