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Había contado entonces, con muchas y confusas palabras, que el monasterio del que era novicio en Aquitania había sido arrasado por el fuego y que en agradecimiento a su salvación se había puesto en camino de penitencia hacia Compostela. Nadie había dudado de su piadosa historia. Después de pasar por lego y por novicio, había profesado en el monasterio y había sido ordenado sacerdote por el abad Cipriano.

A Ecta le irritaba su rijosa inclinación a la lujuria y a otros pecados poco ejemplares, pero más de una vez se había arrepentido de ese enfado ante Dios, dentro de su celda, y se había preguntado si no sería esa opinión una grave falta de caridad hacia un hermano. Él no podía conocer lo que era la lujuria, al fin y al cabo; ni lo sabría jamás. Siendo adolescente, un capitán moro le había segado por diversión los testículos y no murió entonces porque un médico que venía con la partida sintió pena de sus alaridos y aceptó curarlo.

Hasta qué punto fuera poderosa la atracción de una mujer, no podría nunca descubrirlo el venerable prior de San Facundo.

Los molinos del Porma habían vuelto a funcionar gracias a las presas reparadas. Las rentas que recibían de los campesinos obligados a moler en ellos se multiplicaban de mes en mes. Las posesiones que Gómiz y Tajón habían legado a San Facundo por el socorro obtenido antes de su muerte eran más cuantiosas de lo que sospecharon.

El rey emperador Fernando se había unido en persona a otros ricos donantes que estaban convirtiendo la abadía en la más poderosa de León y de Castilla. Su hijo el infante don Alfonso era tan devoto de san Primitivo y san Facundo como su hermana la infanta Urraca, que no perdía oportunidad de acudir a rezar ante ellos en compañía de su hermano segundo. No pasaba una estación sin que los dos, tan unidos siempre que parecían madre e hijo, acudieran ante las reliquias y a ofrecer regalos a los monjes.

El invierno había sido largo y seco. El agua del Cea apenas lograba hinchar las presas que regaban las huertas y dar alimento a las norias. De las parroquias que el monasterio poseía río arriba les habían llegado noticias de la poca nieve caída aquel año en las montañas y de lo rápidamente que había desaparecido.

A esa súbita llegada del calor se debían sin duda el nerviosismo general de los cuarenta y tres monjes profesos del monasterio y la tensión más especial entre los jóvenes novicios. Salvo los muy viejos, todos se entregaban a disputas, o intentaban conseguir autorización para salir del cenobio, o se distraían de modo patente durante los oficios.

Ecta decidió que convenía adelantar el tiempo de las sangrías, a fin de que esos males no creciesen sin remedio. Lo hacía muy a desgana, ya que, además de ser inútil para él mismo, le repugnaba aquel suplicio colectivo. Aunque tan necesario fuese. La cuaresma ya debilitaba bastante los cuerpos, pero aun así no frenaba los pecaminosos impulsos de su grey.

Dos días antes había descubierto en el momento del toque de vísperas a dos novicios revolcándose simultáneamente con una lavandera entre los juncales del río; mientras uno estaba debajo de la mujer, con el hábito subido hasta el cuello, el otro la montaba por encima, como hacían los asnos. Les impuso una penitencia de un mes a pan y agua y los encerró por separado en las celdas de reforma. Y mandó que azotasen a la lavandera, desnuda y atada a una columna de la fachada de la abadía, a la hora de la salida de misa. Pero estaba seguro de que en cualquier momento tropezaría con parecidos pecados.

– Vete rápido a Raneros y dile a don Gutino que nos prepare las sanguijuelas para las sangrías -ordenó al criado mandadero-. Y que se dé más prisa esta vez. Quiero que estén aquí el martes o el miércoles.

A uno de los legos de más confianza le mandó que previniese también al médico judío que vivía en las afueras de Sahagún, por donde entraba el río. No podría salir del pueblo ni aunque se pusiera enfermo el conde de Cea hasta que el prior se lo autorizase. Ben Yacún devolvió el recado de que cumpliría lo pedido. Al fin y al cabo, si quería mantener su residencia dentro de la propiedad de la abadía, aunque por el censo tuviera que pagar tres veces más que los artesanos y comerciantes cristianos, no podía negarse a ninguna solicitud del prior.

Don Gutino apareció el martes por la tarde, acompañado de tres de los pescadores de las charcas. En un gran cesto de mimbre forrado de cuero, una masa negra se agitaba entre el agua, el lodo y los fragmentos de plantas lacustres. Dos de los raneros sujetaban el cesto. El tercero cargaba al hombro otra cesta sin forrar repleta de ancas de ranas ya limpias.

Era el regalo que el párroco de Raneros traía a su señor don Tructemiro, para que él distribuyese el manjar como más justo le pareciere.

Llegó al frente de su comitiva, con una gruesa vara de roble a modo de báculo. Se había despojado de su pobre barba y parecía que los ojos claros le brillaban aún más. A diferencia de los monjes, no tenía obligación de afeitarse y tonsurarse la cabeza, pero le parecía oportuno presentarse afeitado y con el pelo recogido en la nuca con una cuerda. Parecía un pequeño duque.

Adalbero había salido a recibirlo.

– ¿Cómo se encuentra tu esposa doña Zulema? -preguntó.

– Lleva el nombre cristiano de Beatriz que yo le impuse, don cillerero. Lamento que se te haya olvidado, porque es cristiana santísima.

– Perdona, don Gutino. Desde que regresé de León no he vuelto a verla. Dime, ¿cómo se encuentra?

– Mal, mi señor. No sabe llevar su preñez como las mujeres de estas tierras. Llora, se lamenta, hipa, no duerme… Si me lo permites, pediré a ben Yacún que vaya a visitarla. Pero debes decirle que no me cobre: como si visitara a uno de los monjes.

– Está bien, don Gutino. Yo mismo le mandaré que acuda. Nuestra sierva debe conservar la salud y la belleza para que así Dios sea glorificado. Amén.

Lo condujo a la despensa y allí se entretuvo mirando primero, sopesando después, el cargamento de ranas. Eran muslos largos y carnosos, como a él le gustaban, como los de la esposa mora del párroco; aunque de distinta naturaleza, desde luego, y así se lo hizo notar a don Gutino. Esa misma noche mandó preparar el condumio, y no con grasa de cerdo sino con aceite que le habían mandado de sus olivares de Zamora. Sería una última concesión antes de los ayunos cuaresmales.

Después del canto de la hora prima, cuando el sol no había borrado aún todas las sombras del declive en que se asentaba la abadía, se fueron reuniendo por grupos todos los monjes sanos en la habitación de los enfermos, la sala contigua a la de capítulo, cuya puerta daba también al claustro principal. Por precaución suplementaria, ya que eran frecuentes los desmayos, Ecta había mandado la noche anterior que enrojaran la gloria; la paja había ido quemándose lentamente debajo del pavimento de losetas de barro y, cuando ben Yacún organizó antes del alba su mesa y sus herramientas, la sala estaba ya caldeada.

Los primeros monjes se sentaron en el banco corrido de madera para ser sometidos a aquel rito anual que sufrían con resignación. Los que no cabían aguardaban paseando en silencio por el claustro, leyendo unos pocos y mirando los más a dos parejas de torcaces que zureaban sobre el alero. La hembra ahuecaba las alas y el macho daba vueltas a su alrededor, con el pico abierto.

Adalbero estaba en la cocina vigilando el cocimiento de vino y miel con que se repararían las fuerzas de los hermanos después de la sangría. A su lado, ben Yacún se reconfortaba con un vaso al que había añadido un poco de preciosa canela que llevaba en una caja de latón y que desmenuzó entre los dedos. Esperaba a que los monjes estuvieran listos y lo llamase don Tructemiro.

– Grandes maestros de la medicina previenen contra el abuso de la castidad, don Adalbero -añadió al discurso que había iniciado-. En más de una ocasión te lo he repetido. La sangría no es más que un remedio temporal.