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– Así lo mandan nuestras reglas.

– Eso ya lo sé. Lo que conviene preguntarse es hasta qué punto una regla es sabia y conveniente.

– ¿Te atreves a dudar de la santidad de nuestra regla, ben Yacún?

– Tú mismo procuras no seguirla, al menos en este terreno…

– Porque yo no soy un verdadero santo ni alcanzo el heroísmo que se exige a los más grandes ejemplos de la vida monástica. Ahora bien, una cosa es lo que me vea obligado a practicar y otra la regla.

– En efecto. No se trata de reglas ni de tradiciones, sino de conocimientos.

Ben Yacún sopló sobre el vino de su vaso, demasiado caliente. El polvo de canela quedó reunido en los bordes. Luego tomó un buche.

– La abstinencia continuada provoca la corrupción de los humores vitales -explicó-, la cual termina conduciendo a la muerte. Un varón sano debería librarse de esos jugos por lo menos tres veces a la semana, según ha demostrado recientemente el sabio Abul Qasim al-Zahrauí. Tú mismo ves el diferente grado de salud entre tus monjes, empezando por ti mismo. Eres un hombre robusto, sano y ágil. ¿Por qué? Porque comes lo debido y no escatimas tu trato con hembras. Aunque, ya te lo he dicho, deberías ser más cuidadoso con la elección; así evitarías esos males de los que tan frecuentemente tengo que curarte… Pues bien: entre los monjes puedes distinguir por su salud a aquellos que se inclinan a la absoluta castidad y los que no lo hacen. ¿No te sorprende ese color de harina del rostro de don Ecta y sus ojos amarillos? De igual modo sucede con las dueñas de San Pedro, aunque según otro principio. Por otro lado, grandes teólogos morales apoyan también esta doctrina. En muchos cenobios de Lombardía, por ejemplo, se recomienda a los venerables padres, como bien sabes, que no copulen por su placer, pero sí para eliminar los humores sobrantes. Es decir, se considera que el acto en sí mismo no es reprensible.

– Eso no contradice esta gran verdad: que la lujuria es un grave pecado -dijo Adalbero.

– Una cosa, mi señor Adalbero, es lo que vosotros queréis llamar lujuria y otra diferente el comportamiento de la naturaleza. ¿No es también pecado entre los musulmanes beber vino? Pero tú y yo sabemos que es muy beneficioso para nuestro cuerpo, además de que nos proporciona un grato y amistoso placer.

– En el placer es precisamente donde está el pecado.

– Eso entra ya en el dominio de las doctrinas religiosas; es decir, en el campo de las opiniones. Yo estoy hablando de los cuerpos. Y quizá también de los espíritus. No sé… ¿Tendremos listos ya a nuestros monjes?

Apuraron los dos sus vasos de vino, retiró Adalbero de la cocina la olla en que se estaba calentando y juntos se dirigieron a través del claustro a la habitación de enfermos.

– Me hace gracia que un judío se ponga a discutir nuestras normas cristianas -iba comentando el cillerero-. Precisamente un judío. Ninguna creencia falsa de cuantas he oído hablar anda tan atollada en reglas necias, en ritos absurdos, en costumbres bárbaras y en liturgias enloquecidas como la de los hebreos. Lo cual, por otra parte, es natural en una raza maldita que mató a Jesucristo… Pero esa gracia que me hace a mí no es compartida por otros, ben Yacún, te lo advierto. Sabes que te debo mucho, incluso la vida, y por eso no tienes reparo en discutir frente a mí la verdadera teología y los principios de la única religión. Otros llamarían al rey para que te pusiese en la hoguera.

– Ciertamente, Adalbero. Ése es el mejor sistema para demostrar la razón que nos asiste: el fuego. Pero no temas. Sé perfectamente ante quién dejo volar mi palabra. ¿Con cuál otra persona iba yo a atreverme a hablar de estos asuntos? Y sé también que tú eres un amigo cuya vida tuve una vez entre mis manos. ¿O la tengo aún? Lo sé…

Ben Yacún cojeaba al andar y parecía que en cada paso el cuerpo se le iba a derrumbar hacia la izquierda. A pesar de ello, su porte no era ridículo o risible, como sucedía con tantos tullidos. La barba afilada y muy negra le daba un aire vigoroso y hasta jovial. Sus ojos de carbón ardiente iluminaban un rostro de piel dorada y lisa. Era más joven que Adalbero, aunque sus maneras eran más lentas y medidas.

Echó una ojeada rápida a la celda de enfermos. Tructemiro hacía ademán de rezar, pero el vaivén de la cabeza indicaba que se estaba durmiendo. Los monjes tenían las cogullas puestas y estaban en silencio, algunos también adormecidos. No sólo se excedían muchos de ellos en la castidad, sino en el no dormir, pensó el médico judío.

– ¿Debo poner también las sanguijuelas? -preguntó al abad.

Tructemiro dio un ligero respingo, miró a su alrededor para averiguar dónde estaba y afirmó con la cabeza.

– Siempre lo hemos hecho así.

Ben Yacún ya había protestado el año anterior por lo innecesario de repetir una misma cosa. Y le había respondido el abad que ésa era la tradición y no encontraba motivo alguno para mudarla. Cada parte del doble sangrado tenía un significado y una razón, así como un fundamento teológico que el judío nunca podría comprender. Era inútil insistir. Lo que asustaba al médico era la dificultad de controlar el apetito de aquellos gusanos negros y voraces, sobre todo cuando se añadía a su función la que él mismo realizaba con más sabios controles.

Comenzó, pues, el trabajo.

Empezó humedeciendo las piernas de los monjes, uno a uno. Luego, tomó del cesto de mimbre un puñado de sanguijuelas y fue extendiéndolas, en grupos de cinco o seis, sobre la piel mojada de los supuestos enfermos. Estaban muy hambrientas y vacías, de modo que se agarraban rápidamente al tejido e hincaban los dentezuelos en las fuentes de sangre del interior del cuerpo. Cuando ya todos los monjes tuvieron su ración de animales sorbedores y permanecían, absortos y asustados, con las piernas extendidas, mientras las sanguijuelas se iban hinchando gracias a sus humores, ben Yacún inició la segunda ronda.

El prior Ecta sujetaba el brazo de cada uno de sus hermanos, les subía la ancha manga del hábito y esperaba a que el médico practicase con un pequeño y afilado cuchillo una corta incisión en el interior de la bisagra. Pronto empezaba a manar sangre, que se deslizaba en goterones a través del codo. Ecta la iba recogiendo en una vasija de plata de boca ancha, hasta que ben Yacún quedaba satisfecho de la cantidad y restañaba los pequeños manantiales con un polvo grisáceo que llevaba en un saquito.

Así, uno después del otro. Ecta no sabía si sus fatigados ojos se equivocaban ante la realidad, o bien la tonalidad roja de cada sangre era de veras distinta: clara u oscura, sonrosada o azulosa, rubí o azabache. Los monjes apretaban los dientes y miraban al techo de madera labrada para no fijarse en aquella parte de sí mismos que se les escapaba; los más jóvenes dejaban escapar alguna queja o hacían pucheros de dolor. Dos se desmayaron durante el proceso, pero volvieron en sí al oler de un frasco del médico. Avergonzados, se pusieron a rezar en voz alta, como hacían algunos otros.

También ben Yacún mantuvo a las sanguijuelas agarradas a las piernas de los monjes el tiempo que le pareció oportuno. Después fue arrancándolas una a una con su cuchillo y devolviéndolas a la cesta; pero eran ya una masa inmóvil, roja y negra.

El monje a quien le correspondía atender el refectorio aquella semana pasó ante sus hermanos y les fue dando a cada uno un vaso lleno de vino y miel, la misma cantidad a todos. Cuando concluyó y estuvieron sangrados y repuestos todos los monjes, se colocaron en fila procesional, caladas las cogullas, y continuaron el salmo de acción de gracias que Tructemiro había iniciado. Él mismo caminaba al frente de la fila, sosteniendo entre las manos, a la altura de la barbilla, la vasija con la sangre recogida. Ecta portaba la cesta de las sanguijuelas.

Aquel líquido espeso era memoria del que Nuestro Señor había derramado en la cruz. No sólo serviría para aplacar los asaltos del Maligno y librar a los monjes de la lujuria que parecía desbocarse con la llegada de la primavera, sino como ofrenda a Aquél que había perdido toda su santísima sangre por los hombres.