Выбрать главу

La procesión dio tres vueltas al claustro y luego se perdió en el jardín, en uno de cuyos extremos estaba la capilla mística en la que fueron enterradas las sanguijuelas. Tructemiro vertió la sangre de la vasija en una redoma de cristal y fue a ponerla, seguido por los demás, junto a otras que ya estaban colocadas en el osario de la abadía, sobre un anaquel polvoriento. Durante toda la larga ceremonia, los monjes no habían cesado de cantar.

Ben Yacún permaneció un rato charlando en el claustro con los sanguijueleros de las lagunas, escuchando sus males y dándoles consejos que seguramente no sabrían seguir. Se quedaron a comer los tres en la cocina y luego salieron juntos del monasterio: él, cojeando y con su caja de instrumentos y medicinas, hacia su casa en el extremo casi despoblado de Sahagún; los hombres de Raneros, a gozar lo que pudiesen de aquel pueblo que era cada vez más grande y bullicioso.

Al día siguiente regresarían con don Gutino a sus charcas. El sacerdote había participado en la ceremonia, aunque separado de los monjes y sin tener que someterse al rito de la sangría. Después de todo, estaba legítimamente casado y no tenía obligación alguna de dominar su lujuria.

Los acompañó Adalbero hasta el puente, a poco de salir el sol. No tanto como muestra de cortesía, sino para comprobar cómo seguían las obras de afirmación de su estructura de troncos.

Llevaba varios meses, desde que regresó del Porma, dándole vueltas a un proyecto que sin duda redundaría en gran beneficio para el cenobio. Cuando subió hasta León a entregar la carga de puerros a los cocineros del rey, había visto cómo en las cercanías de la iglesia de Santa María, la del obispo, sus canónigos habían iniciado la construcción de un hospital para peregrinos. Se interesó por el asunto y el mismo arcediano le informó de las grandes ventajas que reportaría el nuevo edificio. La primera de ellas, dar un motivo para practicar la caridad a los sacerdotes y a cuantas personas estuvieran dispuestas. La segunda, recoger limosnas y donativos de los peregrinos ricos, que los entregarían para socorrer a los pobres y para el mantenimiento del hospital. La tercera ventaja, que la ciudad de León, en la que ya vivían cerca de mil quinientas personas, alcanzaría el mismo prestigio que otras de los reinos francos y teutónicos y superaría incluso a la misma Compostela.

– Tal vez podamos tener junto a San Facundo uno de estos albergues -le había comentado Adalbero-. La mayor parte de los peregrinos se detiene uno o dos días en el pueblo, para descansar y adorar las reliquias. Algunos incluso han querido elegir el coto del monasterio o el amparo de sus muros como morada definitiva, a su regreso del sepulcro, y por nuestras calles podrás encontrar a gascones, bretones, alemanes, ingleses, normandos, borgoñones, tolosanos, provenzales, lombardos, moros venidos a comerciar desde todos los reinos infieles, aragoneses, judíos… Muchos más de los que a un buen cristiano le gustaría ver. Sí, un hospital como el vuestro traería gran beneficio a la abadía.

Tructemiro, sin embargo, se había opuesto. Aun conociendo la buena opinión que el arcediano tenía sobre la cuestión.

Ahora, Adalbero contemplaba desde lo más alto de la colina las diversas construcciones del monasterio. Las tapias lo abrazaban por todas partes, salvo por su confín más bajo, en donde el río servía de frágil defensa. En caso de amenaza, sería necesario cercar el recinto también por aquel lado. Algún día habría que pensar en ello. En el extremo oriental, y separado de la iglesia por un terreno baldío, quedaba ruinoso un galpón de adobe, sin techo, que por cierto tiempo había sido utilizado como pocilga, antes de que los cerdos fueran llevados a la granja de Valdelaguna, río abajo, a causa del olor que despedían y de sus gruñidos nocturnos.

Aquel corral abandonado podría aprovecharse como hospital, pensó Adalbero. Tenía la ventaja de que estaba muy próximo a la puerta norte del recinto monástico, en torno a la cual se había ido agrupando la mayoría de los nuevos habitantes de Sahagún.

También ellos construían sus casas, tal vez sin pretenderlo, de la misma manera que los edificios monacales. En filas paralelas a ellos. Habían comenzado casi al borde del río e iban trepando colina arriba y extendiéndose hacia la ciudad de Cea. En realidad, habían sido los abades los que les habían dado permiso para hacerlo en tales terrenos, después de haber pagado cada colono sus derechos de censo. Pero aún restaba más de media milla entre las viviendas de posición más elevada y la cresta de la colina, por donde entraba el camino que venía de Carrión.

Es decir, la vieja zahúrda formaba en cierto modo parte tanto del monasterio como de la población, y quedaba lo bastante cerca del río como para que los peregrinos pudieran utilizar sus aguas. En otras palabras, era como el fondo de una cesta a la que irían a caer todas las frutas. Bastaba para ello cambiar la línea del muro de barro para que pasase no por detrás del galpón, como ahora ocurría, sino por delante -es decir, separándolo de la abadía-; y tender luego un camino que lo uniera más directamente a la zona media del caserío.

Regresó Adalbero y buscó al abad en la biblioteca para hacerle partícipe de su idea. El bibliotecario le dijo que se había retirado a descansar.

– No quería que le molestase nadie -añadió.

El cillerero miró furioso a aquel anciano que había pasado toda su vida cambiando los libros de un sitio a otro, remendándolos, estirando los pergaminos, mandando repetir algunos para vender luego esas copias, leyéndolos incluso sin demasiada pasión. En otro monasterio muy lejano él había soñado un día ser el encargado de una gran biblioteca en la que se le había dado la misión de segundo ayudante. Para su fortuna, el diablo le había tapado el camino.

Cuando apenas le faltaban tres meses para concluir el noviciado, precisamente el monje cillerero lo había encontrado fornicando con la madre de otro de los novicios al que ella había ido a visitar, bajo la luz cenital del sol y apenas ocultos detrás de unos arbustos. Había ocurrido en el curso de las fiestas de la víspera de San Martín, cuando se les había autorizado a pasear por el prado que caía sobre el Loira.

– Hermano -preguntó al bibliotecario-, ¿no tendrás por ventura algún libro llegado de la abadía de San Benito de Marmoutier o que relate algo de su historia?

– ¿Dónde está esa famosa abadía? -preguntó con sorna el viejo.

– En tierra franca, cerca de la ciudad de San Martín.

– Nunca oí hablar de ella.

– Bueno, es posible que haya desaparecido -dijo Adalbero.

El bibliotecario se encogió de hombros y siguió con su tarea. Tal vez había desaparecido, sí. Por todas partes del mundo cristiano se levantaban monasterios e iglesias, multiplicándose como los panes y los peces junto al mar de Galilea; pero también a algunas se las tragaba el demonio. Y de la misma manera que unas crecían, prosperaban, se enriquecían, otras iban languideciendo poco a poco, se reducían a simples prioratos; luego, a iglesias parroquiales; después, a ceniza.

La granja monástica en la que lo había recluido su abad, en castigo por el público pecado contra la castidad, había sido antes un famoso priorato. Cuando él entró allí, se dedicaba a la cría de cerdos… Tal vez había sucedido lo mismo con Marmoutier. Podría ahora no ser ya otra cosa que una granja de cerdos de otra nueva abadía más próspera…

– En realidad, no merecía otro destino -meditó en voz alta.

– ¿Cómo dices? -preguntó el bibliotecario.

– Que todo lo que desaparece de la tierra es porque no merece un destino mejor.

– Así debe ser, así debe ser -dijo el bibliotecario-. Y esa verdad también ha de ser buena para nosotros mismos.