El otro documento, más breve aunque no menos bello, se refería a los cinco dientes de don Ramírez y al trozo de mandíbula en el que estaban incrustados. En este caso, necesitó algunas invenciones recogidas de vidas de otros santos para ensalzar la notoria santidad del sacerdote pamplonés, al que no había conocido y sobre el cual su discípulo Martín de Châtillon tampoco había sabido citar milagros concretos, visiones celestes ni grandes ejemplos de penitencia. En cada uno de los certificados aparecían rúbricas diferentes, incluso las de un duque de Aquitania y un obispo de Vézelay de los que Martín jamás había oído hablar; y en el relativo al perro, añadió un pequeño retrato dorado del animal que, luego de una minuciosa descripción que le hizo el peregrino, se parecía en realidad al que habían devorado los anacoretas de Ataun.
Durante la tercera y última noche que pasaron en la Oca, Martín intentó un remedio santo contra los ronquidos de su compañero. Introdujo uno de los huesos más pequeños del perro en su calabaza y esperó a que santificara el agua. Luego mojó un hisopo de ramas y roció la cabeza de Iscam, del mismo modo que hacían los sacerdotes para expulsar al Maligno.
Iscam se removió en sueños, puso la cara boca abajo sobre las yerbas que le servían de lecho y cesaron de bramar los diablos dentro de su cuerpo. El peregrino volvió a guardar la reliquia y durmió hasta que lo despertaron los gallos.
Habían apalabrado la salida antes del alba, con el fin de llegar con luz a Burgos. En el castillo de don Gómez se habían alojado tres monjes que venían de la abadía de Cluny con alguna misión importante en León, pues los acompañaban cuatro jinetes bien armados y doce hombres a pie con lanzas y arcos. Dos de esos hombres a los que habían encontrado en la taberna se atrevieron solamente a decir que, si todo resultaba del agrado de los monjes, continuarían hasta Compostela, pero que sus hábitos de romeros eran excusa que les facilitaba el viaje. Prometieron hablar a su señor en favor de ellos, siquiera para que los autorizasen a unirse a la comitiva durante el tiempo preciso para cruzar las pavorosas montañas.
Antes de que se abrieran los portones de la fortaleza estaban allí, ateridos y hambrientos, pero también agradecidos.
El mozárabe Iscam sospechaba que los de Cluny viajaban a León sencillamente a cobrar los mil meticales o talentos de oro que el rey emperador don Fernando pagaba cada año al abad borgoñón a fin de que lo mantuviera unido en santa amistad con el poderoso, piadosísimo y peligroso papa de Roma. Cada año se enteraban en Albelda de ese viaje y de otros parecidos. Se decía allí que con tal cantidad de oro los numerosos monjes de Cluny tenían para subsistir de Pascua a Pascua, por si no fueran ya los más ricos y poderosos de la cristiandad. Y también los más santos, ciertamente, le dijo a Martín su compañero.
– Fíjate, Martín, que el dinero corre más que una liebre y se para siempre en las mismas madrigueras. Pues ese oro sobre el que se apoya la silla de san Pedro, el que le dan los cluniacenses, lo reciben éstos del emperador don Fernando. El cual lo cobra como parias o tributos de vasallaje a los reyes taifas, diez veces más a cada uno de ellos. Y esos reyes sarracenos, naturalmente, se lo cobran como impuestos a su vez a los mozárabes de sus reinos, que por amor a Jesucristo no quieren cambiar de religión y deben pagar mucho por ello; pero también cobra diez veces más el almojarife… Si esos desdichados de Badajoz y de Denia, de Granada y de Zaragoza pudieran mandar las monedas directamente a Roma, sucederían dos cosas: que el pago sería cien o mil veces menor y que los reyes moros y cristianos y los frailes de San Benito y todos cuantos trafican con la limosna se morirían de hambre… Pero no es así como ocurren las cosas.
Efectivamente, el prior de los tres viajeros de negro no se opuso a que fueran con ellos, mas con la condición de que caminasen siempre media docena de pasos detrás del último de los infantes y que se detuviesen a rezar cuando lo hiciese todo el grupo.
Martín no recordaba una correría pareja. Ni tiempo tuvo de mirar si efectivamente vivían gigantes horrendos en el bosque, si eran tan empinadas las crestas y tan fangosos los pantanos, si las piedras resultaban a los pies las más ásperas del mundo, como había escuchado en una canción. Las mulas de los monjes eran fuertes y rápidas; los infantes seguían cómodamente al trote la andadura de los caballos de sus amos, saltando como cabras y sin perder su ritmo.
A mitad de la pendiente, cuando cruzaban una hendidura en las rocas, tan grande que parecía obra de la espada de Roldan, uno de los caballeros tuvo piedad de los peregrinos y mandó que echasen sus zurrones y ropas innecesarias en las alforjas de una de las mulas de carga. Iscam incluso se liberó de su bordón.
Llegaron a Burgos tan fatigados como si hubiesen estado caminando sin parar tres días seguidos; aunque se habían detenido cuatro veces a rezar y una a comer en medio del bosque.
Apenas traspasaron la puerta abierta en una muralla de mampostería y barro, los cluniacenses se dirigieron al castillo del rey, que estaba en lo más alto de la ciudad. Despidieron con una bendición a los peregrinos, que optaron por quedar-se a reposar junto al río. Sus orillas y las calles que bordeaban su arco por el lado derecho conservaban aún la agitación del día. Soldados con los uniformes más diversos, miembros de distintas partidas, se mezclaban con campesinos que regresaban a sus chozas y con pastores que a gritos arreaban sus ganados.
Muy cerca de ellos, dos mujeres se mojaron los pies en el agua y al salir se remangaron la saya hasta más arriba de las rodillas; corrieron riendo hasta una casa que mantenía sus puertas abiertas y los llamaron desde allí.
– Ya tenemos sitio para dormir -dijo Iscam.
El precio era muy alto y no les daban a cambio lecho para toda la noche. Martín convenció a su amigo de que mientras no vendieran una reliquia sería mejor reservar las monedas para alimentarse.
La ración que les habían entregado los monjes había sido demasiado parca. En la tienda de un franco pegada a la muralla, junto a la puerta por donde salían los pastores, compraron pan, morcillas secas, manzanas y vino. El comerciante era un hombre gentil y charlatán; con sólo ver los cabellos rojos de Martín se dio cuenta de que venía de otros reinos. Él era bretón y se sentía dichoso de darles algunos consejos.
– No tienen mucha caridad estos castellanos con los peregrinos -aseguró-. Dicen que son gente inúticlass="underline" comen, cagan y se van, sin dejar ganancia alguna. Es sentencia del merino. Claro que no tenemos ningún santo enterrado ni ninguna reliquia milagrosa… Incluso ve con malos ojos que se les reciba y albergue en las iglesias. Será, pues, difícil que encontréis alguna que os acoja si no traéis carta de algún obispo. Así que buscad uno de los albergues abiertos más abajo. Cobran mucho, pero están bien. No son como los de Francia o los de Borgoña, desde luego, pero mejoran a los navarros. Yo he empezado a construir uno cerca del castillo, mas el arcediano quiere ahora, cuando tengo dos muros hechos, cobrarme tres veces más de lo acordado por ocupar el terreno… Y dice mi mujer… Bueno, en realidad, no me importa, porque cada día vienen más viajeros por aquí: espías leoneses, capitanes de Navarra y Aragón, médicos judíos, mercaderes y bailarinas de Sevilla, monjes de Cluny y de otras abadías, hasta enviados de Roma… Por no decir los peregrinos: que la mayoría no dejan un sueldo en la ciudad, como dice el merino. Y no me refiero a vosotros, naturalmente.
– Pues también podrías hacerlo, porque no tenemos mucho más que gastar -dijo Iscam-. Ahora bien, cuando regresemos ricos de Compostela, acudiremos a tu albergue y te pagaremos la cama en piezas de oro.