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El tendero se rio.

– Es buen vino el que lleváis -dijo al despedirlos-. Y os regalaré, por haberme escuchado, un trozo del queso que acabo de comprar a un pastor. No es como el de Francia o el de Bretaña, desde luego, pero sin duda os gustará. Tomad.

El trozo no era más grande que cualquiera de las reliquias en que habían sido convertidos los huesos del perro de Santiago.

Cenaron donde se habían detenido antes, cerca de la puerta de aquellas mujeres, a través de la cual ahora salía mucho alboroto. Se apartaron un centenar de pasos para dormir tranquilos.

Todavía estaban riendo al recordar las razones del tendero bretón cuando sintieron los dos a la vez fuertes golpes en la espalda. Dos soldados armados de casco pequeño y lanza, cubierta la cabeza con yelmo puntiagudo, estaban, al lado de cada uno, lanzándoles patadas. Se levantaron de prisa.

– No se puede dormir en este lugar -dijo uno de ellos.

Ni Martín ni Iscam quisieron preguntar por qué. Los propios soldados los condujeron a una puerta de las murallas, abrieron un portillo y los echaron afuera. Las almenaras iluminaban apenas con sus centelleos rojizos un camino polvoriento y marcado por las roderas de los carros.

Caminaron entre las sombras, río arriba, hasta que tropezaron con un corral de ovejas. Al oír el sonido de sus voces, salió el pastor acompañado de un perro de lanas blancas y de un cayado grueso. Iscam se adelantó, hizo un saludo de noblemuslime, saltando su mano de la cabeza al pecho e inclinándose luego, y explicó a aquel hombre lo que les ocurría. Tendría un gran premio de los ángeles del cielo, dijo, cuando subiese hasta ellos, si les permitía dormir en su choza; o incluso junto a la pared de su choza, aunque allí el viento frío arreciaba mucho.

– ¿Y me pagaréis además?

– Te pagaremos, buen pastor. Lo mismo que hizo el profeta Elias con el cabrero que le ofreció su lecho en el desierto. Y no temas por la virginidad de tus ovejas, que venimos muy cansados.

El pastor les dejó tumbarse en la zona más resguardada del corral, pero no dentro de su guarida. Allí, los balidos de las ovejas eran tan próximos, tan continuos y tan tristes, que resultaba difícil atraer al sueño.

Iscam comenzó a lamentarse del maleficio con que lo había condenado una mujer muslime llamada Amira y su pena por no tenerla en estos momentos entre sus brazos. Martín de Châtillon escuchaba en silencio, sin atreverse a pedirle que se callase.

Antes del alba se despertaron, porque las ovejas se removían mucho en torno a ellos. Aprovecharon para escapar del redil, aún medio dormidos, antes de que el pastor apareciese a cobrarles la posada.

Tuvieron que esperar a que les abrieran la puerta de las murallas de Burgos, pues no deseaban rodear la ciudad por encima del castillo (todavía les dolían las piernas) y tampoco querían cruzar el río dos veces. En realidad, Martín había pedido a su compañero que se quedasen uno o dos días descansando, pero el mozárabe odiaba las poblaciones hostiles y a la gente que despreciaba a los caminantes. La cruzaron, pues, sin siquiera pararse a probar el agua de sus fuentes.

A lo largo de una meseta desolada, el camino se curvaba sobre oteros pedregosos y se hundía en pobres vallecicos en los que crecían chopos muy derechos y ya floridos. Pequeños bosques de encinas que parecían petrificadas en su inmovilidad intentaban alegrar el áspero paisaje. También lo intentó Martín con las viejas canciones que conocía; pero el mozárabe se quejaba continuamente de tantos pedregales, del sol que le hacía hervir el cráneo dentro del turbante y de las aldeas como fantasmas de rocas, envueltas en polvorienta tristeza.

Durante toda la jornada tan sólo encontraron gozo en una alondra que parecía colgada en lo alto del aire y repartía desde el azul su agudo canto.

Antes del crepúsculo vieron las murallas ocres de Castrojeriz, destacadas sobre una alfombra verde de trigales. Por encima de ellas, el castillo parecía una figuración ultraterrena. Los rayos del sol herían las piedras grises y luego se perdían en las brumas de un horizonte infinito.

Se sentaron a reposar sobre un montón de piedras, de los que formaban los propios peregrinos poniendo un canto sobre otro como ingenuo o esperanzado recuerdo de su paso. Martín se entretenía chupando el tallo de una espiga todavía no formada e Iscam se secaba el sudor con el mismo turbante que había desenrollado de su cabeza.

Levantando una nubecilla de polvo apareció por un camino perpendicular al que ellos traían un jinete muy tieso sobre un caballo pequeño y ancho, lento y pesado como un buey. Era un hombre joven, tanto como el mozárabe, pero viajaba tan cubierto de ropajes y de armas que parecía un alférez del rey. Colgaban del arzón de la silla una espada ancha y corta y un pequeño escudo redondo de cuero sin pintar. Un arco y la aljaba de las flechas pendían de sus hombros. Montaba sin estribos y no llevaba yelmo ni loriga, aunque sí un jubón bordado, lo que tranquilizó un poco a los peregrinos. Ni iba a la guerra ni venía de ella. Mas, ¿por qué cruzaba los campos de trigo enjaezado de aquel modo? Se paró a su altura, los miró como desde lo alto de un torreón, con una cierta fiereza en los ojos y la mano en el pomo de la espada.

– ¿Qué te ha pasado en la cabeza, infiel? -preguntó.

– Soy sacerdote del Señor y monje peregrino -respondió Iscam.

– ¿Y por qué no tienes el pelo en corona?

– En mi abadía nos lo rapamos de este modo para mortificarnos mejor. -El mozárabe fue recogiendo la larga tela carmesí del turbante y la escondió en su zurrón; no se atrevía a ponerla en su sitio para no incomodar a tan extraño caballero.

– Hace tres días que se nos ha muerto el capellán; le mordió una víbora ponzoñosa -dijo él-. Pero mañana es San Eleuterio, patrono de nuestro castillo, y no tenemos quien nos diga la misa. Vengo de buscarlo sin éxito. Pero Dios ha escuchado mis súplicas… Así que te quedarás para celebrar los oficios. Te daremos cobijo, y también a tu sacristán. ¡Vamos, seguidme!

Les obligó a tragar el polvo que levantaban los enormes cascos de su caballo. Iscam caminaba con la cabeza humillada, incapaz de tomar una decisión sabia. Si intentaba escapar, lo alcanzaría en seguida; si seguía la huella del caballo, alguien descubriría su impostura.

– ¿Eres el conde de esta villa? -preguntó a gritos Martín.

El jinete se volvió y sonrió por vez primera.

– ¿Un conde te parezco, sacristán? Sí que podría serlo, sí, en efecto. Pero sólo soy caballero villano; caballero según el Fuero Latino de nuestro señor el conde García Fernández… Soy el alférez de todos los infanzones de esta villa desde que murió mi padre.

– ¿Está el conde en el castillo?

– ¿Qué conde?

– El que habéis dicho.

El jinete se echó a reír de tal modo que estuvo a punto de caer de su montura. Golpeó el escudo con un puño.

– Ese conde murió hace por lo menos cien años, el del Fuero. Ahora servimos a nuestro señor el rey emperador don Fernando de León y de Castilla. Nuestro conde vive en León, o en Burgos, depende. Nosotros guardamos su castillo y defendemos nuestra villa.

Aquellos caballeros labradores eran al parecer no sólo hombres libres, sino tan poderosos como los condes y tan valientes como el rey. Habían obtenido ya la calidad de infanzones, con lo que se creían tan nobles como un obispo y tan dignos como el sayón del emperador. Dieron a los dos peregrinos una buena habitación dentro del castillo, con dos lechos de madera sobre los que había tendidos jergones de paja, almohada rellena de la misma materia y un fieltro gris por encima. En el borde, cada uno disponía de dos mantas de lana de distinto grosor, viejas y agujereadas, pero calientes. Un criado huraño y encorvado los condujo a través de corredores sombríos y por una escalera de peldaños muy quebrados hasta aquel gran cuarto sin otros muebles que las camas. Quizá fuera en otro tiempo habitación de un palacio; a Iscam le parecía una prisión.