Los nueve caballeros que a la puerta de la iglesia seguían esta conversación parecían remisos al intercambio, aunque reconocieron la verdad de las últimas palabras de Iscam. Ellos no eran pobres, como habían demostrado y dicho la noche anterior; con las frecuentes rapiñas tenían posesiones hasta en las mismas fronteras del reino de Toledo. Pero apreciaban mucho sus riquezas. Claro que resultaba indudable la superioridad de la herradura y el honor que daría a su iglesia.
Finalmente acordaron el trueque: una mula, un burro -bien enjaezadas las dos acémilas-, un capote usado y un sombrero nuevo de fieltro a cambio de la reliquia. El secretario preparó el documento del traspaso mientras infanzones y peregrinos lo celebraban con vino, queso y las torcaces que habían sobrado de la noche anterior.
Poco después de la hora tercia, Iscam y Martín de Châtillon salían ya de Castrojeriz por el camino de Frómista, más ricos de lo que lo habían sido en sus vidas; asustados todavía por su hazaña, pero contentos al verse en situación tan próspera.
El mozárabe cabalgaba delante en una mula torda, grande como un caballo y mansa como un cordero. El burro de Martín era negro, pequeño, pero muy rápido de patas y de temperamento; tenía también ojos afectuosos e inteligentes.
Cuando montaron a los animales en la barcaza que hacía la travesía sobre el río Pisuerga, el barquero estuvo un rato rindiéndoles pleitesías y respetos, como si de grandes señores se tratara. Pagaron el servicio con parte del dinero obtenido por el mozárabe con su sermón y al otro lado del río, en una chopera bien tapizada de yerba, se tumbaron a descansar. Martín miró despacio su capote de lana grisácea, lo enrolló y apoyó sobre él la cabeza.
– Malos jinetes somos, Martín -dijo el mozárabe al tiempo que se dolía de sus nalgas-. Tendríamos que ir más despacio.
– O correr más. Pero nos acostumbraremos a las monturas… Si los caballeros descubren la falsedad de la reliquia, vendrán corriendo a ahorcarnos.
– No temas, hermano. Han comprado un tesoro a precio de barro seco. Atraerán a peregrinos y ganarán mucho más de lo que nosotros hemos ganado con su venta. Todos debemos estar contentos.
– Pero se quedaron con el pergamino.
– Qué importa eso… -Iscam agitó el sombrero para espantar un tábano que había volado desde la mula hasta su mejilla-. En Cardón hay buenos curtidores de pieles de cabra y de cordero. También viven allí mercaderes judíos, que tendrán seguramente papel de papiro egipcio, del que usan los poetas moros más ricos. Gastaremos todo nuestro dinero en esas materias y multiplicaremos nuestros certificados.
– ¿Dónde conseguirás las reliquias?
– ¿Dónde, Martín? -preguntó el mozárabe-. ¿Dónde conseguiste los huesos del perro de Santiago, los dientes de don Ramírez? ¿Dónde conseguí yo la herradura? Es hora de que pienses un poco, muchacho… Habrás visto que todos es-tan ansiosos de reliquias, monjes y caballeros, campesinos y obispos, peregrinos y cautivos. Necesitan reliquias para curarse, para salvarse, para moverse, para morirse… Ninguna iglesia o altar sagrado puede construirse sino sobre una santa reliquia; ninguna abadía puede sobrevivir sin tantas otras que atraigan a fieles y sus donativos. Démosles, pues, reliquias, todas las que precisen. ¿Acaso van a hacerles algún mal? ¿Y no obrarán con nosotros, por ventura, prodigios sin cuento? Ahí tienes paciendo tranquilos a esos dos seres inferiores que tan grandes servicios nos van proporcionando. ¿No es un milagro de Nuestro Señor que valgan tan poco como una herradura vieja y perdida? La caridad de Dios también debe alcanzar a pobres pecadores como nosotros.
Casi dos terceras partes de los huesos del perro se quedaron en Frómista. En la aljama por la que fueron a pasear después de haber elegido posada encontraron a un judío que comerciaba en casullas, dalmáticas y otros lujosos ornamentos traídos de Bizancio y de Persia; vendía también cálices, candelabros, incensarios, libros de oraciones y patenas de oro, aunque precavidamente les dijo que no podía mostrarles ninguna de estas preseas, pues se le habían terminado todas unos días antes. Tenía como compradores, según confesó, a reyes, príncipes y obispos de ciudades lejanas y era tan rico y tan agradecido a su suerte que había prometido a don Fernando pagar de su peculio una verdadera catedral en aquella encrucijada de caminos en la que estaba aposentado desde hacía nueve años.
– Sólo he pedido al rey dos favores a cambio -añadió el mercader-: que conceda a Frómista la carta de Puebla Judía y que mande sacar los ojos a todo aquel que diga que los hebreos tenemos rabo o que nos llame rabudos, como ahora hacen aquí. Con ello me doy por contento. Y con que me permitan mantener mi comercio, desde luego… Y que ellos busquen a los canteros donde mejor los haya para que sea la más hermosa del reino de Castilla o de León, pues nunca termino de saber a cuál pertenecemos; que consideren a la iglesia como donación del rey o de cualquier miembro de su familia y la pongan bajo la advocación del santo que más les satisfaga… Todo eso no me importa. Aunque bien sabéis, señores -terminó con un suspiro de misterioso significado-, que Santiago es también judío, de mi misma raza, y que por este camino hacia el final de la tierra caminamos todos.
No cerró los oídos cuando Iscam le habló de las reliquias del santo perro y le mostró el certificado que poseía. Se las cambió por un paquete de buenos pergaminos nuevos y por cinco cajitas muy labradas, dos de plata y tres de madera de ciprés; las primeras con tapa de alabastro para ver su interior forrado de seda.
También, al cabo de mucho tiempo de regateo, añadió tinta, plumas, pinturas y dos sueldos en monedas pequeñas de arienzo. Sumó además un zaque de piel de cabrito que el mozárabe, nada más abandonar la tienda, se apresuró a llenar de vino en una taberna próxima abierta junto al cruce de caminos.
Junto al río Carrión, en un soto muy placentero, los dos peregrinos encontraron albergue dentro de la casa de un sacerdote de la iglesia de Santa María, que estaban reformando y, por tanto, mantenía en suspenso los cultos. Como en muchos otros lugares a lo largo del camino, Martín había visto una gran actividad constructora; destructora más bien, ya que antes de levantar una iglesia solían echar a tierra, en todo o en parte, aquella sobre cuyos muros o cimientos surgiría la nueva.
El sepulcro del apóstol hermano de Cristo atraía en cada estación a más gente, sobre todo desde que se conocieron los grandes peligros que padecían los palmeros que emprendían la peregrinación a Jerusalén y los pocos placeres que encontraban los romeros que se dirigían a la silla de San Pedro.
La residencia del sacerdote era de piedra y adobe, más de éste que de aquélla, y estaba situada en el centro de un pequeño huerto sombreado por los chopos. En él cultivaba su dueño gordas cebollas, nabos, ajos, berzas y otras hortalizas, además de cuidar un pequeño palomar en un extremo. Enfrente, al otro lado del río, se alzaban en silencio los muros torcidos de un pequeño monasterio del que sólo les llegaban los tañidos de las campanas en las horas litúrgicas.
El mozárabe Iscam había vagabundeado mucho por las montañas de Castilla antes de tropezar con el peregrino. En cierto modo, se consideraba saciado de la libertad de los caminos, después del largo encierro en el escritorio de Albelda.
– Si no tienes prisa -le dijo-, podríamos reposar unas semanas en esta ciudad. Yo conseguiré que nos resulte gratis.
Después de lo escuchado en Ostabat acerca de la desaparición de su aldea, Martín no había vuelto a tener noticia alguna de sus vecinos de Châtillon, ni siquiera de los monjes de Marmoutier. ¿Qué ayuda podía prestar Santiago a alguien que ya no existía? ¿Cuál era la utilidad de una penitencia sin objetivo? ¿Cómo iba a socorrer a su madre si nadie podía encontrarla? Debería esperar a la resurrección de la carne para encontrarse con ella, y hasta ese día tenía mucho tiempo.