Por otra parte, había quedado tan prendado de la ciudad de Carrión como su compañero. En torno al castillo de los condes se habían multiplicado los comercios y las tabernas.
A veces, hasta el mismo rey don Fernando instalaba allí su corte y se llenaban las calles de príncipes y de capitanes, de mujeres bien vestidas que bajaban a ver el mercado rodeadas de criados o en coches arrastrados por mulas, de monjes muy notables llegados de lejanas abadías, de embajadores de los reyes moros, mejor ataviados incluso que el mismo emperador; los mercaderes judíos, aunque ocultasen su riqueza, estaban rodeados siempre de señores notables; los juglares cantaban en las plazas antes de asistir por las noches a los banquetes de los palacios y a los artesanos les sobraban monedas abundantes para pagar su contagiosa alegría.
Iscam decidió aprovechar días tan plácidos y soleados para componer diversos títulos de reliquias y para colocar algunas que imaginó dentro de sus relicarios. No sólo utilizó las valiosas cajas compradas al judío de Frómista, sino que mandó que le fabricasen varias más los artesanos de Carrión, a cambio de sus servicios como pintor y escribano.
Martín lo acompañaba siempre e iba aprendiendo algunos secretos de su oficio. Leía los libros de oficios del párroco de Santa María y se entretenía copiando los himnos que le gustaban más en el envés de las grandes hojas de pergamino de ternera. Por una sola de aquellas copias, realizada por el mozárabe, el sacerdote les pagaba con cama y comida durante toda una semana. Se trataba de los primeros versículos del Apocalipsis de San Juan.
– Si pudieras tropezar con el rey -le dijo Martín-, te nombraría su escribano de confianza.
El mozárabe sonrió y denegó con la cabeza, que había vuelto a cubrir con su turbante carmesí. Estaban trabajando juntos al borde del río. Unos cuantos niños se bañaban desnudos frente a ellos, se embestían con los brazos extendidos como lanzas y cabalgaban las ondas como los caballeros en sus justas y en los juicios de Dios.
– Este arte fue el que me perdió -dijo Iscam.
El peregrino no comprendió lo que quería decir.
– A mí no quisieron enseñármelo los monjes de Marmoutier. Me gustaba mucho, pero se negaron. Sólo un poco para que contase sus cerdos y la cantidad y el peso de los tocinos y lo que valían en el mercado… Tenía que hacer mucha penitencia durante toda mi vida cuidando sus cerdos de Châtillon.
– Pero eres un chico inteligente, Martín. Incluso podrías haber sido monje. Y abad también.
– Mi madre había pecado con uno de sus novicios -dijo Martín- y por ello me castigaron. Ella me pidió que lo matara si lo encontraba alguna vez, en cualquier parte de la tierra. Es mi padre, pero lo mataré cuando lo encuentre. No por ella, me dijo, sino por mí mismo. Porque fue como si me condenara desde antes de nacer, ¿comprendes?
– Matar no alivia la condena -dijo Iscam.
El mozárabe le confesó entonces que no se llamaba realmente Iscam, sino Rodrigo; que no había nacido en Gormaz, sino en la villa de Cazorla, en el reino de Granada; y que si ahora mismo estaba ilustrando un libro junto a las aguas mansas del río Carrión y en su compañía era precisamente porque había matado a un hombre y no había logrado con ello sino su propia desgracia.
– ¿Qué mal te había hecho? -preguntó Martín.
– Ninguno, en realidad.
El mozárabe quedó en silencio, como si no deseara continuar su historia. Martín contemplaba sus dedos ágiles moviendo plumas y pinceles sobre la piel tersa, eligiendo colores y suspendiéndose un instante en vilo, como si dudasen en qué lugar depositar las tintas.
– También era mi padre.
– ¿El hombre al que mataste?
– Así es -dijo Iscam sin separar los ojos del pergamino-. Era obispo de Cazorla, uno de los hombres más respetados por el emir, a pesar de que profesaban religiones distintas. Mi padre había logrado que sus sacerdotes y los anacoretas cristianos de la sierra dejaran de entrar en las mezquitas blasfemando contra Mahoma y que no se orinasen en los mihrabs, a fin de conseguir un rápido martirio. Hizo un canon diciendo que el que buscaba la muerte de ese modo no se parecía a los antiguos mártires cristianos, sino que lo hacía empujado por el demonio. Gracias a él, por lo tanto, se paró la matanza voluntaria y las matanzas vengativas que venían después… Por esa misma razón se negaba a que yo me encontrase en la escuela de pintura del emir con su hija Amira: para que no lo acusaran de hereje y de amigo de los musulmanes. Pues el arcediano que tuvo ya había intentado matarlo… Y un día mandó a sus criados a buscarme, me encerró en una mazmorra y allí estuve durante casi medio año, condenado a pan y agua, sin ver a nadie, sin poder pintar ni escuchar los cantos de los pájaros.
– ¿Cómo lo mataste, con una daga?
– En realidad, no pretendía hacerlo. Fue más tarde, cuan-do ya estaba libre. Volví junto a Amira y me amenazó con enviarme a una abadía de Navarra, allí donde más altas y frías son las montañas… Porque fue ella misma la que se lo dijo a través de un mensajero… ¿Por qué lo hizo? -Iscam dejó la pluma en el escritorio de madera, dudó un instante y luego se puso a limpiarla con un paño húmedo-. ¿Por qué lo hizo? Tal vez imaginaba que de ese modo, vencido mi padre, permitiría que nos casáramos. O quiso burlarse de mí… No lo sé. Estábamos hablando en lo alto del torreón del castillo, al caer la noche, y allí mirábamos las estrellas. Si yo me casaba con una mora, me dijo, a él dejarían de respetarlo sus sacerdotes y los demás obispos que se habían quedado a vivir entre los muslimes, tanto los secretos como los que oficiaban a plena luz y eran bien considerados, como él mismo… Qué importaba un Dios u otro, le contesté, si todos eran igualmente injustos y malvados. Al oír aquella blasfemia, me golpeó con su báculo, yo intenté defenderme y lo empujé. Cayó por entre dos almenas, en silencio, agitando los brazos como si quisiera volar. Y fue a chocar mucho más abajo, contra las rocas.
Martín se quedó callado, esperando el término de la historia, pero su amigo callaba también. Al final dijo:
– Eso no es verdaderamente matar.
– Sí lo es, Martín. Porque cuando lo veía caer sentí alegría de que estuviera cayendo, ¿comprendes? Tanto si lo hubiese empujado yo o el arcediano o el esclavo negro que teníamos…, sentí gozo de que desapareciese la barrera que me separaba de Amira. Eso también es matar: desear en tu corazón la muerte de alguien.
– Entonces, es como si también yo hubiese matado a mi padre; al que nunca he conocido.
– En efecto -respondió el mozárabe.
– No puedo entenderlo, Iscam. ¿Se te quita el hambre sólo con pensar que estás comiendo? ¿Se te quita el sueño por que desees ardientemente dormir? No me satisface lo mismo pensar que estoy con Richelde que cuando realmente estaba con ella…
– ¿Quién es Richelde?
– Pues…, como Amira, supongo. La hija del ferrero de Ostabat.
– Háblame de ella -pidió Iscam. Acababa de decidir el abandono definitivo de su trabajo: apartó la pequeña mesa con las tintas, las plumas y los pergaminos; estiró las piernas sobre la yerba fresca, los ojos perdidos en el secreto de los muros del otro lado del río. Sonaba una campana ronca y lenta. Sin duda estaba llamando a Vísperas a los monjes que se ocultaban detrás de ellos.
Richelde tenía los cabellos cortos y amarillos, dijo Martín, porque eso era lo que mejor recordaba ahora y lo que le sorprendió más cuando por primera vez la vio junto al río. Por entonces, él estaba muy cansado ya y seguro de que jamás llegaría a Compostela. Vio a la muchacha en el mismo instante en que hundía los pies en las aguas heladas del río Bidouze; ella estaba llenando una herrada de azófar para llevársela a su padre. En seguida suplicó permiso para lavarle sus pies de peregrino, conforme le había enseñado el sacerdote de su parroquia.
– A mí nadie me había lavado los pies nunca -añadió Martín-. Ni siquiera mi madre. ¿Te han lavado los pies a ti antes de ser peregrino? Después de la alegría con que salí de mi aldea, alentado por las oraciones y los cánticos de todos, tan sólo había conocido hambres, fatigas y penalidades a través de Aquitania y de Gascuña. Habría regresado a casa si no me lo hubiera impedido la promesa. Y ella, al verme, dijo que todavía lo más difícil del camino estaba delante de mí, en las montañas de Cize y al otro lado, donde había más montañas y campos hostiles y gentes que robaban y asesinaban a los peregrinos desarmados. Yo tenía los pies muy magullados y llenos de heridas; los lavó y los frotó con yerbas que conocía y cuyo jugo era benéfico.