Los peregrinos preferían viajar silenciosos, las cabezas oscilando sobre el pecho, caídos los brazos, las manos quietas en los arzones, adormecidas las piernas. De tanto en tanto, uno de ellos bebía un sorbo de su calabaza y daba después una palmada de ánimo en el cuello de su acémila; aunque sin soltar un grito o un suspiro. Martín tenía necesidad de cantar, pero era tan fuerte el sol y tan ancho el horizonte que se sentía cohibido; el paisaje le resultaba tan hostil como el de las landas desnudas de Gascuña, en donde había sufrido la primera tentación de abandonar su romería. Pero ahora no precisaba caminar; y tampoco se hallaba solo. Su compañero parecía estar rezando absorto o pensando en historias tristes muy remotas. Dentro de las árgueñas, las reliquias bien envueltas en lienzos, cada una dentro de su tahalí o en las cajas de plata, entrechocaban con un rumor sosegado siguiendo el paso de los animales.
El camino era casi siempre recto, hundido por haberse pisado tanto; en los bordes crecían matos blanquecinos y algunas zarzas dentro de las cuales zumbaban a su paso perezosos insectos. A veces la senda temía enfrentarse a un pequeño cerro y lo rodeaba por cualquiera de sus laderas, dejando siempre lejos un refugio de pastores construido con piedras deformes o con troncos torcidos. Solamente al traspasar una aldea, que no era sino dos cortas filas de casas de adobe en torno al camino, se cruzaron con cuatro hombres que salían a segar armados de guadañas, hoces y dallones. Los miraron con curiosidad respetuosa, pero no se detuvieron a hablarles. Tal vez los peregrinos experimentados no se aventuraban a atravesar aquel páramo inacabable en época tan calurosa. O bien las gentes del campo desconfiaban de ellos, de su paso indeciso que nunca se detenía. Vadearon un río poco profundo, un rosario de charcas tranquilas, y vieron poco después en una era a unos cuantos hombres con las cabezas envueltas en turbantes verdes vareando despacio manojos de espigas.
La llanura rasa se rompió de pronto por encima de Sahagún. El gran monasterio de ladrillo rojo oscuro -media docena de edificios arracimados y la mole más alta de la iglesia- reposaba como un animal mágico que intentara deslizarse a beber de las aguas del río. Fuera del cinturón de las altas tapias que lo envolvían, las viviendas de campesinos, criados, artesanos y pequeños nobles, la mayor parte construidas de adobe, parecían un ejército humillado y disperso de excrementos de aquel gran animal.
Los muros que rodeaban el poblado, irregulares, chatos, coronados por bardas revueltas de espinos agostados y polvorientos, nacían y terminaban en la muralla mayor, como una excrecencia suya, como una hinchazón reseca.
Pero aquellas frágiles defensas, del mismo color que la tierra de la que brotaban, recibían en aquel momento el aparente homenaje de los vecinos. Una larga procesión empezaba a rodearlas; sólo su cabecera había salido de una de sus puertas. Martín y el mozárabe se detuvieron a contemplar tan singular suceso. Apostados en lo más alto del camino, llegaban hasta ellos los cantos chillones de los participantes, que la distancia y las ráfagas de viento distorsionaban.
– ¡Nos reciben con fiesta! -dijo muy contento Iscam a la vez que golpeaba los ijares de la mula. Pese a la fatiga, los dos animales apuraron el paso.
– Deben de celebrar el día del patrón -gritaba Martín agitando los brazos-. ¡Somos afortunados!
En seguida llegaron, cuesta abajo, al flanco de la procesión. De las murallas habían salido primero ocho monaguillos tocando sus esquilas. Detrás de los seis monjes que enarbolaban altos cirios encendidos y cruces de plata caminaba un obispo grande y fuerte. Vestía una lujosa capa malva e iba escoltado por dos sacerdotes ancianos con dalmáticas negras bordadas de oro sobre los hombros. A continuación, cuatro largas filas de monjes con la cabeza descubierta, todos apretando una pequeña cruz de madera entre los dedos y cantando himnos y asperges que los peregrinos no conocían. En el centro de ellos, otros ocho monjes más jóvenes, revestidos de togas blancas, portaban unas andas con una especie de sarcófago pequeño y hundido entre espigas y flores de cardo. Los villanos marchaban detrás, desordenados: en primer lugar, los hombres, cabizbajos, susurrando entre ellos, cantando algunos, con gesto desolado los más; luego, las mujeres con sayas rojas, amarillas y verdes y grandes velos negros que les caían hasta la cintura. Algunos niños colgaban de sus manos o jugueteaban en sus brazos.
Iban todos rodeando la indecisa tapia de barro, que el obispo rociaba de cuando en cuando con un hisopo mojado en un acetre de oro. Un monje revestido lo ponía a su alcance antes de cada aspersión.
Martín oyó de pronto un fuerte zumbido a su izquierda, por la cola de la procesión. Miró hacia allí y su espanto fue tan grande como la admiración en que estaba sumido. Creyó al principio que eran pájaros pequeños, pero casi de inmediato las primeras langostas chocaron contra él, le golpearon los brazos, la cara, las piernas. Sintió una masa pegajosa en la barba; las manos se le llenaron de grasa cuando intentó librarse de ella. El asno se puso a cocear, enloquecido, y el peregrino cayó al suelo al lado mismo de Iscam, que se debatía en el polvo entre una nube de insectos, mientras la mula se alejaba corriendo colina arriba. Las alforjas oscilaban muy rápidamente en sus lomos.
– ¡Las reliquias! -gritó el mozárabe sin dejar de bracear y patalear.
Pero su mirada pasó en seguida de la mula a la procesión, que ruidosamente se dispersaba como una bandada de grullas perseguidas por el zorro. Corría cada cual hacia donde lo empujaban sus pies; unos se pegaban a la tapia e intentaban fundirse en ella e incluso trepar encima para resguardarse en el pueblo; otros se tumbaban en el suelo, se cubrían la cabeza e intentaban permanecer inmóviles; los más agitaban los brazos desesperadamente; gritaban muchos y escupían algunos las langostas que se les habían metido en la boca al hacerlo. Monjes y campesinos se mezclaban y confundían, incluso los más conspicuos de aquéllos.
Los niños harapientos pretendían acurrucarse bajo las vestiduras del obispo; los cruciferarios utilizaban como armas sus santos estandartes. Blasfemaban los hombres, y las mujeres luchaban por cubrir con los velos a sus hijos más pequeños. Sólo los portadores del sarcófago, aunque tambaleándose, permanecían juntos e intentando resistir el ataque de la plaga.
Apenas duró lo que un sonido de campana.
La nube dorada que componían millones de langostas siguió su vuelo, después de dejar en el escenario de la procesión una especie de barro formado por los insectos muertos sobre el que aleteaba, espasmódica, la masa de los moribundos. Martín se puso de pie, sacudiéndose la ropa y el pelo. A su lado había un muchacho de su edad, de piel muy oscura, que se reía. Estaba casi desnudo y no parecía haber sufrido el asalto de aquellos repentinos demonios voladores.
– ¿Qué pasa? -dijo el peregrino.
– La plaga, otra vez.
– ¡Iscam, Iscam!
El mozárabe había echado a correr detrás de la mula, que permanecía quieta a unos cien pasos, como sorprendida también de lo sucedido. Iscam no se detuvo. El muchacho de piel oscura se lanzó cuesta arriba detrás de él, en dirección al burro. Lo sujetó por el ronzal, le golpeó tres veces el cuello para tranquilizarlo y regresó a devolvérselo a su dueño. Iscam llegó detrás de él, comprobando sin pararse que las alforjas seguían bien atadas a la caballería.
– ¿Qué ha ocurrido? -volvió a preguntar Martín.
– Es la octava plaga de Egipto -respondió el mozárabe.
– Ni el enviado del Papa consigue pararlas -dijo el muchacho riendo.
– ¿Qué enviado?
Era el que había estado hisopeando las tapias, explicó el muchacho: un vicario del Papa que los monjes de San Facundo habían llamado para frenar aquel castigo de Dios. Hacía cuatro días que estaba en el pueblo y en cada uno de ellos, después de públicas mortificaciones y plegarias, salía al atardecer presidiendo la procesión de rogativa.