Ni las oraciones, ni los ayunos, ni los cánticos, ni aquellos desfiles que duraban hasta la media noche habían logrado nada. Los grandes saltamontes se lanzaban voraces sobre los campos de trigo y los linares, sobre las huertas, las viñas y los bosques. Lo comían todo: las hojas de los árboles y su corteza, los carrizos, los puerros… Quizá también las piedras.
El enviado del Papa, que había llegado desde León en ayuda de la abadía, ordenó como solución última y más segura para conjurar el mal que se sacara el brazo izquierdo de san Primitivo dentro de su urna. Ésa era a su juicio la reliquia más conveniente, de entre todas las partes en que los santos márti-res estaban despedazados. Y ésa era la que llevaban los monjes jóvenes dentro del sarcófago cuando se abatió el enjambre sobre ellos.
– Yo soy pescador y las langostas son buenas para los peces. Cuantas más caen al río más gordos se ponen los barbos y los cangrejos. Pero los señores monjes se enfurecen cuando llegan -dijo el muchacho, sin parar de reír.
– ¿Hace mucho que llegaron? -preguntó Iscam.
El pescador miró al cielo, como si allí estuviera escrita la respuesta.
– Once días justos -contestó al cabo de un momento.
– Yo tengo un remedio para que se vayan después de mañana.
– ¿Qué remedio? -preguntó incrédulo Martín.
– Nuestras reliquias. ¿Cómo podemos hablar con el abad?
– Mi padre es amigo suyo. ¿Queréis venir conmigo?
Los condujo por la parte exterior de las tapias. Él mismo tiraba de las riendas del burro y de la mula. Los participantes en la procesión estaban ya metiéndose en el pueblo por dos de las tres entradas orientales. Aunque no demostraban tener mucha prisa en hacerlo. Ante la que parecía la puerta principal, a cuyo través se veía la fachada de la iglesia de la abadía, dos mujeres barrían con grandes escobas los insectos esparcidos por el suelo, vivos aún muchos de ellos.
El joven pescador les contó por el camino que se llamaba Munio y que vivía casi siempre en Cea, una ciudad más al norte en la que habían martirizado a san Facundo y a san Primitivo hacía muchos años. Pero tenía también una cabaña en Sahagún, fuera de las tapias, junto al río.
Mutarraf, su padre, acogió a los peregrinos como a grandes señores. Trabó a las bestias, las libró de sillas y alforjas, las puso a comer entre los juncos y ordenó a su hijo que asara algunos barbos recién pescados para sus huéspedes. Mientras cenaban, iría corriendo a la abadía a llevar el recado de Iscam. Un santo peregrino había llegado a Sahagún con reliquias que detendrían sin duda la plaga de langostas: ése era el recado.
Regresó poco más tarde, en compañía de un criado del monasterio. Iscam mandó que los esperase hasta que hubieran concluido su cena.
– Es mejor que nos aguarden con impaciencia -dijo a Martín-. Así el obispo creerá mejor que somos gente notable.
Comieron despacio, sacudieron sus ropas, preguntaron a Mutarraf sobre la abadía y sobre los monjes que mandaban en ella. Iscam buscó luego cuatro reliquias en las alforjas, las guardó bajo la esclavina y salieron hacia el monasterio. Mandó que el criado, Munio y su padre caminasen por delante para guiarlos y de ese modo pudo explicar a Martín lo que debería hacer.
Él sabía desde que había estado en la casa del emir de Cazorla que las langostas nunca permanecían más de trece días en un mismo lugar. Un sabio musulmán le había contado que ése era el tiempo justo que necesitaban para dejar sus huevos. Una vez hecho lo cual, partían a otra parte las que no habían muerto y ya cada una por su lado, sin formar plaga. Por consiguiente abandonarían los campos de Sahagún al cabo de dos o tres días como máximo. Convencería a los monjes de que esa huida sería obra milagrosa de sus reliquias, con lo cual ellos se apresurarían a comprárselas para utilizarlas en ocasiones futuras.
– ¿Qué reliquias vamos a venderles, Iscam?
– Tengo varias de las que preparamos en Carrión… Les diré que la más segura de todas es un trozo de la caña que Pi-latos puso en las manos de Nuestro Señor cuando estaba atado a la columna, para burlarse de que fuese rey de los judíos. Esa reliquia ha demostrado en muchos lugares que es muy eficaz contra las plagas de langostas, de tábanos y de mosquitos. También les llevo dos auténticos lignum crucis, que son milagrosos en cualquier caso. Los trozos de la cruz del Señor espantan a los demonios. Y, por fin, una verdadera espina de la corona con que fue atormentado. Habrás oído en muchas partes que esas espinas obran grandes prodigios contra todo género de tribulaciones y calamidades. Incluso hacen andar a los cojos, dan visión a los ciegos y sanan las heridas de los leprosos a su contacto.
– Sí, yo vi una en Lusignan -dijo Martín-. Y era muy milagrosa. Había resucitado a una mujer que se ahogó durante una tormenta.
– En efecto; es una de las reliquias más beneficiosas y venerables. Si no fuera porque hay tantas, valdría tanto oro como el que cabe en nuestras alforjas… Diremos a los monjes que las cuatro juntas serán el más grande tesoro que podrían soñar para su abadía.
Sólo había dos de ellos en la sacristía donde los peregrinos fueron recibidos. No estaban el vicario del Papa ni tampoco el abad Tructemiro, aquejado de fiebres, según les dijo el criado antes de entrar. Martín se sorprendió mucho al ver frente a él a un hombre que tenía también el pelo rojo y unos ojos grises parecidos a los suyos. Era el cillerero don Adalbero, que miró a los dos visitantes con un gesto receloso y agrio, como si acudir a aquella cita le hubiera impedido actividades más provechosas. El otro monje era el prior don Ecta.
Iscam se inclinó ante ellos y les explicó por qué razón había deseado verlos. Sacó las reliquias, se arrodilló ante ellas para rezar una oración, mostró los preciosos escritos que las acompañaban y les pidió que se las llevasen al vicario del Papa. Si salía con ellas en procesión al día siguiente, se retirarían las langostas. No cabía ninguna duda sobre ello, pues el trozo de caña ya había liberado a una ciudad de Navarra de otra plaga semejante.
Don Ecta las miró, leyó los escritos e hizo numerosas preguntas a los peregrinos. Iscam dijo que él venía de Jerusalén, aunque era nacido en Egipto, y que a su hermano lo había encontrado por los caminos de Borgoña.
– ¿No eres franco, muchacho? -preguntó Adalbero.
– No, señor. De Borgoña, de las montañas -dijo Martín.
– En realidad, tienes cara de bretón.
– Eso mismo le dije yo al verlo… -Iscam prefería acortarlas averiguaciones-. También con él obraron un gran milagro mis reliquias.
– ¿Qué milagro? -preguntó don Ecta.
– Martín era mudo cuando lo encontré; mudo desde el día en que nació, pues su madre lo había abandonado en un bosque y fue amamantado por una cierva. No pudo aprender a hablar ni una sola palabra. Le di a besar el lignum crucis e inmediatamente se puso a cantar loas al Señor.
– ¡Qué prodigio! -exclamó don Ecta.
– Desde ese día me puse en camino a Santiago para dar gracias por ese don -dijo Martín-. Y prometí servir a las reliquias y a don Iscam hasta el día de mi muerte. Amén.
– ¿Qué pides por servirnos de ellas, peregrino? -preguntó Adalbero.
– Oh, tan sólo una ayuda para continuar nuestro peregrinaje. Lo que bien te parezca. Y si pensáis que os convienen para vuestra abadía, yo podría venderos alguna, pues recogí varias más en Jerusalén. Sacadlas mañana en procesión y, si las langostas se retiran, podremos hablar de ello.
El rey emperador don Fernando había dado unos meses antes el mandato de que el monasterio de Sahagún estaba obligado a albergar y alimentar durante tres días a todos los peregrinos que en él pidieran cobijo. Para lo cual él mismo ofrecía una cantidad suficiente de trigo y de vino, así como otros beneficios a los monjes. De esa manera, San Facundo alcanzaría el primer lugar entre todas las abadías del camino a Compostela y sería conocido y alabado en toda la cristiandad. Lo cual satisfaría mucho a tan gran señor.