Habían tenido la ocasión de postrarse ante las más admirables reliquias. En un pequeño monasterio junto al río Esla habían visto un trozo grande de la piel de camello con que se había vestido san Juan Bautista y otro de las calzas de san Juan Evangelista, al lado de una piedra del sepulcro del Señor, y muchos huesos de los Siete Durmientes, de los Cuatro Coronados e incluso del señor Santiago.
Cerca de allí habían dormido los dos en el atrio de la más hermosa de las iglesias con que Martín había tropezado en su vida, dedicada al arcángel san Miguel. Estaba fabricada en lo alto, sobre las choperas del río, pero abrigada por un otero desnudo; Iscam le había dicho que era un arte medio moro, aprendido en los reinos de al-Ándalus por gentes como él mismo; es decir, cristianos que habían terminado escapando o cayendo cautivos de los reyes de León.
Toda aquella tierra fértil llena de ríos estaba también henchida de iglesias y de abadías, de monjes y de dueñas, e incluso de monasterios dúplices, lo que era muestra de su gran religiosidad y de sus riquezas; no pudieron visitarlos todos, pero en tres vendieron otras tantas reliquias. Por poco precio, sin embargo, ya que la gente solía porfiar mucho por su dinero e incluso por las piezas de cecina, por los huevos y por los embutidos que siempre Iscam solicitaba, una vez ajustado el valor. Incluso escatimaban el pan, que era blanco y sabroso, y el vino: ya que todos se decían pobres sin serlo verdaderamente.
En la capital del reino se habían quedado tres días, el primero de ellos dentro de la aljama situada a su entrada. Fue allí donde el mozárabe decidió esconder la mayor parte de sus sueldos de plata, en la casa de dos hermanos judíos llamados ben Saruq, tan ricos como respetados, y tan nobles que el mismo rey solía invitarlos a su mesa y tratar con ellos de joyas y de dinero.
Había en la ciudad tantas iglesias y tan llenas estaban de reliquias que ni siquiera hicieron intento de vender alguna. Todos los santos del cielo parecían haberse reunido allí, y aun muchos de los que seguían en la tierra.
– Tendrán que derribar las murallas si quieren encontrar espacio para los hombres -había comentado el mozárabe.
Antes de entrar en la ciudad, según su costumbre, se había despojado de su turbante carmesí, lo había guardado en las alforjas y se había cubierto la cabeza con el vistoso sombrero de fieltro negro con que los infanzones de Castrojeriz le habían pagado los oficios religiosos. Prefería ahorrarse las preguntas impertinentes sobre sus orígenes y las sospechas de que no fuera un verdadero cristiano. Martín, por su parte, se había echado el capote de piel de conejo por encima de la saya nueva comprada en Carrión, a fin de aparentar mayor dignidad y desafiando al calor.
A la sombra del castillo del rey se extendían mercados y calles, que eran como los zocos muslimes que el mozárabe recordaba. Por las puertas no cesaban de entrar y salir carros y bestias cargados de mercancías que venían, muchas, de lugares muy remotos. Los almotacenes comprobaban la exactitud de los pesos y de las medidas y parejas de soldados custodiaban a toda hora a los numerosos cobradores de impuestos.
Martín tuvo que enseñar su carta de peregrino, la que había firmado el abad de Marmoutier, para ahorrar el pago que le exigieron en la puerta. El jefe de los cobradores se quedó tan sorprendido al ver el salvoconducto de Iscam, que preguntó si debía avisar al obispo o al rey de su llegada. La carta, que él mismo había escrito en Carrión, estaba firmada por el papa Nicolás.
– Quiero que sea secreta mi peregrinación -le suplicó el mozárabe-. Tú mismo te guardarás mucho de decir una palabra sobre mi venida si no quieres acabar en la horca.
Así pues, tan sólo un posadero establecido cerca de la iglesia de Santa María había conocido la presencia de los viajeros y su categoría. Y eso porque, al llenarles de vino las calabazas, puso la mitad de agua. Lo descubrió Martín, al probar el líquido, y se enfureció tanto que amenazó al posadero con avisar del engaño al merino. Un engaño especialmente impío, le había dicho, teniendo en cuenta que ellos eran peregrinos enviados por el mismísimo santo Papa de Roma, conforme podía verlo en el salvoconducto del mozárabe. A cambio del perdón y del silencio, el posadero aceptó no cobrarles la comida y el lecho de los tres días, así como los dos azumbres de vino claro y sin mezcla que les dio para el viaje.
La áspera llanura iba quedando aplastada a su espalda, cada vez más lejos, perdidos los ondulados perfiles y apenas marcadas las huellas de los arroyos, con su escolta de verdor. Junto a los brezos y las jaras que crecían en torno a los acebos, brillaban ahora las flores anaranjadas de las gencianas y las bayas azules de los arándanos.
La tierra era hermosa, pero Martín pensaba que aquellos montes que tenían ante sí no acabarían nunca, lo mismo que antes había creído que el páramo era interminable, y así se lo comentó a su compañero. Animó con una caricia a su mula, que no respondía a otros requerimientos y andaba muy lenta y perezosa.
Desde su salida de Astorga sólo habían encontrado pueblos muy cerrados y pobres. Las casas de piedra, tan bajas que solamente se veían cuando los peregrinos estaban a su lado, ocultaban a gente huraña que apenas asomaba un ojo por las rendijas de las ventanas de madera al escuchar los cascos de las caballerías. Habían llamado en tres de ellas para comprar más vino, pero nadie los había atendido. En una abrieron un portillo para soltar a un perro, que sólo dejó de ladrar cuando la mula de Iscam lo apartó a coces.
Ni siquiera se asomó algún monje cuando se acercaron a un decrépito y sombrío monasterio muy pobre, que se agazapaba en la mitad de la ladera. Tal vez había sido ya abandonado.
Una gran cruz de ferro clavada en un montón de piedras señalaba lo más alto de la cumbre de Foncebadón. Había otras cuantas cruces de piedra muy mal labrada sembradas irregularmente por los prados vecinos, como demarcando un coto privado.
Era ya mediodía. Se apearon de las mulas para descansar. Uno de los animales, el que montaba Martín, cojeaba a causa de su esfuerzo entre los agujeros y las piedras del camino: era tan descarnado, pedregoso y difuso que los pastores habían clavado estacas cada cien pasos para señalar su curso y ayudar a los viajeros y a ellos mismos a no perderse en tan duras soledades. A la izquierda, una montaña de rostro amenazador y desnudo había estado vigilando sus pasos desde que iniciaron la subida.
– Parece la cabeza de Dios -dijo Iscam-. Por eso es un monte santo.
– También nos dijeron que desde uno de estos montes alcanzaríamos a ver Compostela, brillando como el sol. ¿Cómo se llama ése?
Iscam sacó de su esportilla un itinerario que minuciosamente había dibujado en León para darse gusto, siguiendo las indicaciones que traía el de Martín, el que le había dado Domingo de Viloria, el gigante talador de bosques.
– Teleno. En esa montaña se aparecía Dios a los pobladores antiguos, entre rayos y truenos y grandes voces, lo mismo que en el Sinaí. Pero aún falta mucho camino para Compostela.
Comieron cecina y pan y acabaron el vino de las calabazas. Martín se levantó para desentumecer las piernas. Colocó dos piedras grandes sobre el montón que ya estaba formado alrededor de la cruz para atraerse la suerte en el resto del camino y rezó de rodillas una breve jaculatoria. Fue a vigilar el pienso de las cebaderas de las mulas. La suya tenía agachada la cabeza, entornados los ojos, y parecía sin ganas de comer. Le desanudó la bolsa y la condujo al borde de un pastizal, pero tampoco el animal quiso aprovechar la yerba muy crecida y reseca.
– ¿No tienes hambre? -le preguntó.
Por la otra vertiente del monte ascendía un peregrino solitario con paso firme, a pesar de que vestía un pesado capote marrón que le llegaba hasta los pies y le dificultaba la marcha. No se apoyaba en un bordón como los suyos, de la altura de un hombre y coronado por un pequeño gancho de hierro, buena ayuda en los caminos y útil defensa contra lobos y bandidos, sino en un cayado curvo que sólo le alcanzaba a la cintura. Era el primer hombre que Martín veía desde que salieron de Rabanal, en donde un grupo de cuatro romeros alemanes se había detenido junto a ellos para darles noticias de lo desolado de aquellas montañas y de las maravillas que iban a encontrar en Compostela, de donde venían de regreso.