– Pero su religión les prohíbe beber vino -objetó uno de los anfitriones.
– Seguramente así es -dijo Iscam-. Pero ellos lo beben de todos modos. Gozan de él y procuran ser felices cuando lo saborean… Saben perdonarse sus pecados con menos duelos y tribulaciones que nosotros los cristianos. El emir permitía que yo estuviera en el jardín con su hija, escuchando a los pájaros y pintando los colores de sus plumas. Mi padre, en cambio, aseguraba que yo era un pecador, cuando le hablaba de ella. No todos los hombres son iguales ni tampoco todos los dioses…
Iscam miró a su alrededor y sentía ganas de llorar. No le rodeaban moros notables vestidos de seda ni muchachos ruidosos y felices; no escuchaba a los músicos y a los poetas; ningún criado negro pasaba con pebeteros humeando perfumes misteriosos o con bandejas de oro llenas de pétalos de rosas que rociaba entre los cojines; nadie hablaba de la belleza de las hojas de los olivos, de la voz del agua… No podía sospechar que una muchacha como Amira lo estuviese esperando ahora en alguna parte… A su alrededor contemplaba tan sólo a ocho hombres sucios, flacos, ansiosos de su palabra; ocho extranjeros perdidos en el extremo de aquel valle lejano, envueltos en el humo acre de los piornos que ardían en el centro del refugio. Y a Martín, su compañero de viaje, que intentaba representar en su imaginación lo que él apenas se atrevía a describir.
No habían transcurrido aún siete años desde la última despedida. Amira lo tenía cogido de la mano cuando llegaron los criados de su padre para llevarlo ante él. Y sonrió al verlo partir, como si esperase que la separación sería breve. Pero antes de que descubrieran al obispo despeñado desde el torreón, muerto de miedo él mismo, había abandonado Cazorla, aquella misma noche. Vagó durante dos años por cinco reinos distintos hasta que lo aceptaron en Albelda como novicio; no por la fuerza de su fe o las riquezas de su falsa familia -heredero de un infanzón de Gormaz muerto en batalla-, de su gloria inventada, no por su dinero, sino por el arte de su pluma y el ingenio de su mano.
Todavía, después de la comida y de las oraciones de la hora nona, el mozárabe entretuvo la tarde recordando ante sus anfitriones los cuentos de su infancia y las leyendas de su juventud.
También Martín se atrevió a hablarles de la granja de cerdos de Châtillon y del ferrero de Ostabat, así como de algunas personas que había conocido en su viaje. En particular, de don Ramírez y de su santa hermana Oria, que había sido emparedada por los monjes de San Millán. Ellos mismos, los miembros de aquella cofradía de mendigos itinerantes, también habían sufrido mucho y disfrutado un poco a lo largo de sus vidas, aunque procuraban recordar mejor los placeres que las lágrimas. Casi todos eran gentes huidas, como el mismo Iscam; habían quedado varados a la orilla del camino porque no habían cumplido sus promesas o porque no sabían a dónde regresar.
– Si el santo obispo de Astorga escucha nuestras súplicas, tendremos este monasterio para nosotros y en él haremos penitencia hasta el final de nuestros días -dijo el mendigo frisón, que era el más viejo de todos y al que sin duda le quedaban muy pocos-. Cuando volváis de Santiago, os estaremos esperando y os invitaremos a permanecer con nosotros.
Iscam sospechaba que habían hecho la misma invitación, año tras año, a muchas docenas de peregrinos detenidos por la lluvia o la nieve ante el paso del Cebrero.
Ellos comenzaron a subirlo a la mañana siguiente.
El cielo estaba bajo y sombrío, pero limpio de lluvias. Cuando Martín se cansaba de caminar, ocupaba el puesto de Iscam sobre la mula y el mozárabe continuaba a pie. Así fueron alternando fatiga y reposo durante varias horas, teniendo siempre a su izquierda las aguas aún hondas y furiosas del río Valcarce. Cuando el camino no encontró lugar para abrirse paso en la montaña, saltó sobre el río a través de un estrecho puente de troncos.
Había allí tres soldados del señor del castillo de Autares, que exigieron dos sueldos de portazgo a los peregrinos, más otros dos por la mula. El jefe del grupo se cubría con una piel de oso muy gastada, que tapaba también un haz de venablos y una espada grande y tosca sujeta a un cinto de cuero. Los otros dos tenían ojos de lobo.
En vano intentó Iscam mostrarles la carta firmada por el Papa y otros documentos que poseía. Los hombres no querían leerlos y además tampoco sabían hacerlo. Inútilmente les explicó Martín que ellos eran desamparados peregrinos camino de Compostela, penitentes y devotos: con permiso del rey, en cuanto tales, para atravesar su reino sin la obligación de pagar tributo alguno.
Los soldados tenían orden clara de su señor de cobrar a quienquiera pasase por aquel estrecho valle, que era propiedad suya, y no de ningún rey. No valían súplicas, escritos, ni oraciones. O pagaban o los arrojaban del puente.
– Tal vez a vuestro gran señor le guste poseer una espina de la corona que Jesucristo llevaba cuando fue azotado y crucificado. En dinero, vale más de doscientos meticales de oro -dijo Iscam-. Y es milagrosa sobre todo contra las enfermedades de las piernas, aunque también cura los dolores de cabeza, la lepra y el frío del pecho.
Había observado que uno de los tres hombres tenía rodeado de llagas el tobillo derecho y que al jefe le moqueaba la nariz.
– ¿Es una reliquia? -preguntó ávido el de la piel de oso.
– Es la más santa de todas, hermano -dijo Iscam-. Incluso tiene en su punta la huella roja de la sangre de Nuestro Señor. Si me pagas doce sueldos de plata y nos dejas seguir, os la entregaré. Pues carecemos de dinero para pagaros el portazgo.
El jefe de los portazgueros se quedó un rato mirando a los peregrinos con sus ojos amarillos. No consultó la decisión a sus hombres. Sacó las doce monedas de una bolsa que colgaba de su cintura, recaudadas de anteriores viajeros, y se las entregó al mozárabe. Podría robar otras tantas o el doble de ellas a los peregrinos que aparecieran más tarde. Iscam estaba de rodillas en el barro, con la reliquia en la mano y gesto de gran piedad. La besó antes de entregársela y guardó con presteza el dinero.
Estaba seguro de que aquellos almotabeles jamás entregarían la espina del río Carrión a su amo del castillo. Al menos ellos dos recuperaban la limosna que tan astutamente se había llevado el monje Guacelmo.
Martín, encaramado en la mula, se torcía de risa cuando ya habían perdido de vista a los soldados.
Pero la oscuridad de los cielos aumentaba a medida que iban subiendo la montaña. Los alisos y castaños empezaban a crecer muy separados unos de otros y entre los ralos bosques se tendían gredales, calveros y laderas con vegetación muy escasa. Martín e Iscam decidieron caminar uno a cada lado de la mula, que se mostraba medrosa y con riesgo de perderse en aquel paisaje sombrío.
Cruzaron por el eje tres pequeñas aldeas que intentaban avergonzarse de sí mismas. La mayoría de las casas parecían hundidas en el suelo; eran redondas, con cortos muros de piedras groseramente apiladas e inmensos sombreros de paja trenzada como techo. De la cúspide de algunos de ellos brotaba un humo blancuzco y perezoso que en seguida se mezclaba con el cielo gris.
Las casas habían sido construidas aisladas las unas de las otras, como si estuvieran habitadas por gentes enemigas, muchas de ellas en la pendiente natural de la montaña y de tal modo que parecían a punto de deslizarse hacia los invisibles valles. Apenas podían descubrirse sus puertas y carecían de ventanas.
Soplaba un viento frío y ácido, se arrastraba sobre los pastizales como los demonios ante la embestida del ejército de san Miguel. Y con el viento llegó también sesgada la lluvia. Martín creyó que no caía del cielo, sino que brotaba de la tierra oscura. Pasó el brazo por encima del cuello de la mula y allí encontró una mano de Iscam, que había hecho lo mismo desde elotro lado. La cuesta no terminaba nunca y las sombras empujaban con prisa a la difusa luz.
– ¿Dónde pararemos a dormir, Iscam?
– Hay una iglesia arriba.