Tampoco podía mover las piernas. La abadesa se había abrazado a ellas y las envolvía con su largo cabello, apoyada la cabeza sobre sus muslos. Las manos grandísimas le acariciaban despacio el cuerpo, desde los pies hasta la cintura; le agarraban con fuerza cuando intentaba liberarse de ellas.
– ¡Martín, Martín! -oyó gritar al mozárabe, en el otro extremo de la habitación. Pero no conseguía verlo, porque los pechos de la otra monja le cubrían completamente la cara.
– No temas, guapo muchacho, no temas -oía decir a doña Martana-. Vas a ser nuestro ángel de esta noche. Cuidaremos de ti y entrarás con nosotras al paraíso. Vamos, vamos, niño mío. Deja que te bese.
Empezó a frotar la cabeza contra su vientre. Sintió que sus manos fuertes le separaban los muslos y luego se agarraban con firmeza a sus testículos y los amasaban como lo había hecho Oria el día que la conoció. Aunque con más presión, con más ansia. No podía impedir que su verga fuera aumentando de tamaño entre las manos de la monja.
Al intentar alejarla con los brazos, se encontró con que rodeaban la cintura de la otra dueña. Arrodillada encima de él, cada pierna situada a un lado de sus ijares, parecía intentar cabalgarlo como a un caballo. No sentía su peso, sólo la tenaza de sus muslos en los costados.
– ¡Martín, Martín, ayúdame! -oyó de nuevo los entrecortados gritos del mozárabe.
La abadesa había decidido imitar a su compañera y se le había sentado encima de las rodillas, que empezaban a dolerle mucho; aunque intentó patalear, la presión de su cuerpo se lo impedía. Tampoco sus brazos estaban libres para defenderse, pues la monja más cercana se los mantenía unidos al colchón con los suyos. Creyó que se estaba mirando a sí mismo desde las nubes, como su propio ángel de la guarda: convertido en prisionera acémila, dos mujeres muy grandes y desnudas, una junto a la otra, cabalgaban sobre él. Gráciles sin embargo, móviles; aunque sentía la angustia de no poder moverse.
Apenas se dio cuenta de que la abadesa había conseguido por fin, sujetándolo entre las dos manos, hundir su carajo dentro de ella; se trataba de una parte independizada y autónoma de su cuerpo a la que no podía gobernar. Y menos aun cuando doña Martana comenzó a agitarse vigorosamente encima de él. Le hacía daño, pero no encontraba medio alguno de salir del cuerpo de la monja, que lo apretaba y comprimía.
Intentó también pedir ayuda a su amigo y a los santos del cielo. No pudo abrir los labios: en la barbilla, en la nariz y en la boca sentía el roce del sexo de la otra monja. Olía a incienso dulce cuando lograba separar la cabeza para respirar. El vello de la dueña se mezclaba húmedo entre su barba. Iban creciendo los jadeos de las dos mujeres y Martín notaba que empezaba a dominarlo únicamente el espanto.
Luego advirtió cómo la abadesa se estremecía, cómo gritaba poseída por un satánico arrebato; él mismo tensó el cuerpo igual que el arco de una ballesta y se sorprendió de su propio, involuntario y repentino placer.
Pero las dos monjas que lo cabalgaban no parecían haber terminado aún su liturgia. Se quedaron un rato casi inmóviles sobre su cuerpo y cuando juzgaron que a él le habían abandonado por completo las fuerzas para defenderse, cambiaron de posición.
La abadesa, acuclillada ahora sobre su pecho, pesaba mucho más que la otra dueña. Pero, al menos, no se movía con tanta violencia. Tenía las manos sobre su propio sexo, que acercaba a intervalos cortos, muy abierto, a la cara del peregrino. Gemía y se inclinaba a veces para besarle fervorosamente en los labios. Detrás, con los pechos apoyados por encima de sus rodillas, la otra monja le besaba suavemente el badajo, acariciaba con lentitud todo su sexo, hasta que consiguió que de nuevo cobrara vida, y también ella misma lo introdujo rápidamente dentro de sí. Tardó mucho más que la abadesa en encontrar satisfacción, pero el mismo peregrino advirtió que le agradaba más aquel suave contacto.
Saltaron las dos mujeres fuera de la cama y entonces Martín descubrió que su amigo estaba todavía debajo de las otras dos monjas. Sus cuerpos blancos reflejaban móviles la luz de los cirios. Veía cómo los brazos y las piernas de Iscam intentaban inútilmente defenderse del asalto, tal y como él había hecho.
Ahora se sentía tan cansado e incrédulo que no podía hacer lo que había deseado tanto: saltar como un lobo sobre aquellas mujeres y despedazarlas. Doña Martana y su amiga se pusieron las capas negras, esperaron a que las otras dos hiciesen lo mismo, una vez concluidos sus placeres, y antes de salir la abadesa dijo únicamente, con una piadosa sonrisa:
– Volveremos mañana.
Siete jornadas permanecieron encerrados allí.
De día se consolaban con el poco sol que penetraba por una ventana de troncos cruzados que se abría en una pared. De noche, recibían regularmente la visita de las dueñas, que repetían alternativamente las mismas o parecidas ceremonias. Ellos procuraron desde la tercera aceifa incluso facilitarles la tarea, para no sufrir más dolores. A través de una trampilla de la puerta les pasaban comida abundante y sabrosa, vino blanco y agua caliente para lavarse. También les entregaron sayas nuevas de lana muy fina y suave, con un hermoso bordado alrededor del cuello, dos camisas de seda, un frasco de perfume y un peine de hueso que a Iscam no le era de ninguna utilidad.
Los peregrinos no podían abrir la puerta desde dentro y cuando habían intentado hacerlo la segunda noche, en el momento en que ellas entraban, advirtieron muy pronto que las cuatro mujeres eran mucho más fuertes que ellos. Los bordo-nes y una daga que el mozárabe solía llevar oculta habían quedado junto a la mula. Los puños y las rodillas de los cautivos no eran tan fuertes como para vencer a aquellas ávidas señoras.
La última noche se presentaron antes, a la hora de Completas. Y eran cinco las que entraron con sus cirios encendidos y las capas negras. Martín quedó perplejo al ver junto a las cuatro monjas conocidas a otra que parecía una niña, aunque vestía como las demás. La propia doña Martana la colocó frente a él y la fue desnudando muy despacio.
– Tienes que conocerlo tú, Adosinda -le decía-. No debes tener ningún cuidado. Conocerlo tú misma y en tu propio cuerpo. El joven peregrino está preparado para ti y te quiere.
También tenía los cabellos amarillos, como Richelde, aunque mucho más cortos. En sus ojos del color de la miel descubrió Martín un relámpago de inquietud o de miedo. La muchacha apenas se atrevía a mirarlo. Lo hacía a golpes y mantenía los ojos cerrados mucho tiempo.
– Tus hermanas van a enseñarte, ya verás -decía la abadesa con dulzura-. Tu ángel pelirrojo te quiere mucho, no lo dudes.
Sus pechos eran mucho más grandes que los de la hija del ferrero de Ostabat, altos y puntiagudos, los pezones rosas e hinchados. El vello del pubis era también amarillo y muy escaso, reunido en ricillos dispersos entre los muslos. Se dio la vuelta bajo la presión de las manos de la abadesa, que la colocó frente al lecho de Iscam. El mozárabe parecía resignado y vencido de antemano. Sólo una de las monjas se colocó sobre él, arrodillada, y comenzó a actuar como había hecho cada noche, lamiéndole ahora la cabeza calva cuando se inclinaba. La otra, desnuda y con una mano apretada entre los muslos, permanecía sentada a su lado y se doblaba hacia atrás de cuando en cuando. Doña Martana estaba muy cerca y animaba a la joven con suaves y maternales palabras a que aprendiera de sus hermanas venerables.
– Mira, Adosinda, mira. Te gustará mucho. He aquí tu verdadera entrada al paraíso.
Martín veía su espalda larga, la estrecha cintura, la hermosa longitud de sus piernas, el cabello de oro por encima de la nuca: una muchacha inmóvil y lejana entre las sombras inquietas de la habitación. Luego, cuando las otras hubieron terminado sus oficios alrededor del mozárabe, regresó con doña Martana junto a él.
– Éste será tu ángel, el más hermoso del cielo.
Sin brusquedad, la situó sobre él.