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Además de un buen caballo para cada uno, delgados, negros y musculosos, el grupo tenía dos mulas con mucha carga y otra sin arguenas, pero con silla de cuero. Un esclavo negro muy grande se mantenía constantemente al lado de su amo y no prestaba atención alguna a las miradas y a los gestos de los peregrinos, que incluso se acercaban a estudiarlo desde muy cerca y a tocarlo como si fuese un santo.

Después del baño, Martín compró un pulpo rojo y humeante a una mujer que los hervía en un gran caldero de cobre apoyado en un lar de piedras. Nunca había contemplado un alimento tan extraordinario y misterioso, pero vio que mucha gente lo comía con voracidad.

La mujer le dijo que se trataba de un animal marino tan sabroso como muy santo, ya que los de su especie eran precisamente los que habían empujado la barca de piedra de Santiago desde Jerusalén hasta Compostela. Además, le vendía el más grande del caldero por sólo un cuarto de sueldo. Y con derecho a llevarse gratis dos libras de pan y un azumbre de vino del que expendía su hermana, que estaba al lado.

Se sentó a comer junto a Iscam. El mozárabe elogió en seguida la carne del pulpo, así como el jugoso pan de centeno. Entonces los descubrió el musulmán, que buscaba donde acomodarse. Hizo una gran reverencia ante ellos, les deseó la paz del Profeta y les preguntó si eran cordobeses.

– Yo soy de Cazorla, noble señor, en el reino de Granada -dijo Iscam al tiempo que se ponía de pie-. Mi hermano es francés.

– ¿Sois peregrinos?

– Mercaderes de santas reliquias.

– ¿Me permitís que repose un momento a vuestro lado? -preguntó el noble moro-. Estoy cansado de conversar únicamente con soldados… ¿Qué comida es ésta? ¿Puedo probarla?

Acercó mucho a los ojos el medio brazo de pulpo que Martín le dio, lo miró despacio, lo olió, recorrió con la lengua una de las ventosas y después lo metió en la boca. Masticó muy despacio antes de engullirlo. Sacó a continuación de la faltriquera un pañuelo de seda amarilla para limpiarse los labios.

– Está muy rico, amigos míos. Sabe como las grandes langostas del desierto asadas. O aun mejor, en realidad… Al verte -añadió mirando a Iscam y sonriéndole-, pensé que eras un hombre fiel. ¿Cómo un cristiano se cubre la cabeza con un turbante del Yemen? -Hizo un gesto con la mano para rechazar la calabaza de vino que Martín le ofrecía-. Gracias, muchacho.

– Viví muchos años en Andalucía, señor. Y es una buena prenda para quien carece en el cráneo de su natural recubrimiento, aunque sea cristiano.

Iscam levantó un borde del turbante carmesí y mostró su calvicie.

– Sabio es lo que dices. Pues vuestros sombreros, generalmente mal curtidos, hieren la piel desnuda y provocan llagas.

Martín miraba embobado el elegante porte del anciano, el lujo de sus ropas y la suave manera de mover el rostro y las manos. Se asombró más aún cuando les dijo que él era un médico algebrista granadino llamado Abul Abbás, el preferí-do del rey Badis Muzaffar, en cuyo palacio vivía y de cuya salud se ocupaba regularmente. En muchos reinos lo conocían a causa de un famoso libro que había escrito acerca de los huesos de los hombres, de cómo estaban ensamblados, para qué servían, cuál era su fuerza y de qué manera podían soldarse cuando se rompían. El tratado había sido traducido al latín por un monje siciliano y gracias a ello tenían cumplido conocimiento de él en los monasterios infieles y en las cortes de los reyes cristianos.

No viajaba a Compostela como peregrino, añadió, aunque tampoco le hubiera disgustado hacerlo de ese modo, sino en su calidad de médico. Y por ello y para su seguridad, el rey de Granada le había obligado a emprender el viaje con una escolta de los mejores soldados, aunque poseía salvoconductos de los reyes de Badajoz y de León, así como de los obispos de Coimbra, de Braga y de Compostela.

– ¿Algún noble señor tiene roto un hueso en este reino? -preguntó el peregrino.

El anciano se rio; y tanto y con tanta fuerza que se le atragantó la comida y estuvo un rato tosiendo.

– Así es, muchacho. ¿No se lo contaréis a nadie? Pues se trata de un terrible secreto -dijo con alguna malicia-. Nos ahorcarían si se divulgase la noticia y después nos cortarían la lengua. ¿Tengo vuestra promesa de secreto?

Pero no esperó a obtenerla, sin embargo.

– Es el más noble de todos los señores, ciertamente, el mismísimo profeta Amaea el que tiene muchos huesos rotos, al parecer. E incluso varios que le faltan y hasta otros que le sobran… Vuestro apóstol Santiago, quiero decir. El obispo de esta sede, con el asentimiento de nuestro emperador don Fernando, me ha mandado llamar para que recomponga el esqueleto y señale con precisión cuáles son los huesos que faltan o exceden. Como sin duda sabréis, hay muchas iglesias y abadías que se glorian de poseer ya un brazo, ya una rodilla, ya un dedo, ya varias costillas de Amaea… Pero solamente existe certeza de que un rey de Asturias llamado Alfonso, el segundo de su nombre y el que encontró el cuerpo, regalase el hueso frontal del profeta al emperador de los francos Carlomagno. Lo hizo para que prendiese la devoción en aquel reino y para alentar la venida de peregrinos. Y también, ¡que Dios misericordioso se haya olvidado para siempre de él!, a fin de que le prestase soldados para luchar contra nosotros. En consecuencia, han decidido conocer cuántos huesos quedan en el sepulcro. Qué es lo que vayan a hacer con ese conocimiento no es de mi incumbencia: si piensan traer los que faltan y expulsar los que sobran, si quieren declarar como falsos a los que están en otros relicarios, si piensan vender o regalar algunos… Mi señor Badis Muzaffar me preguntó si aceptaba tal trabajo, por el cual el rey de León tendría para siempre deuda con él, y debo aseguraros que me gustó mucho la tarea. Ya otra vez me llamaron a Compostela a soldar la espalda de un gran príncipe que se había caído de un caballo. Así es mi vida… Imagino que mañana mismo podré desvelar esos secretos que ahora inquietan a tan altos personajes y que también pican mi curiosidad, por qué no.

Martín quedó tan admirado de aquel discurso que no supo qué responder. Iscam, por el contrario, habló al médico del tráfico de reliquias gracias al cual se mantenían ellos e incluso de qué manera había contribuido a multiplicar las del apóstol vendiendo una herradura de su caballo; además de los cinco pelos de su barba que tenía ya preparados en sus correspondientes relicarios.

Abul Abbás se rio de nuevo con muchas ganas.

– Las barbas de los grandes profetas podrían hacer ricos a la mitad dé los hombres -dijo-, así que podéis perseverar en ese negocio, que tiene mucho futuro. Barbas y dientes son lo mejor, sin duda. En mis muchos viajes he rezado al menos ante cincuenta pelos de la barba de nuestro santo profeta Mahoma. Y debe de haber otros miles en las mezquitas del Islam.

– Dientes también tenemos unos pocos -explicó Martín-. Y la espada de Roldan era tan fuerte porque en su empuñadura ocultaba uno de san Pedro. O de san Esteban, no se ha sabido muy bien.

– Podían haberme llamado a mí para certificarlo -respondió el médico con magnífico humor-. Debo reconocer que me gusta mucho este género de viajes.

Abul Abbás transportaba pasteles de almendras y miel en su equipaje.

Llamó al esclavo negro y le pidió que trajera unos cuantos para compartirlos con sus amigos. El gigante volvió con ellos amontonados en una brillante bandeja de plata; a su lado oscilaban una pequeña vasija también de plata, con un largo pitón que partía casi de su fondo, y tres copas minúsculas.

Lo seguían media docena de peregrinos admirados del hombre y de lo que portaba; jamás habían visto una cosa semejante. Se quedaron quietos a unos pasos del grupo, aunque el médico intentó espantarlos con firmes ademanes. Abul Abbás ofreció los dulces a los dos romeros y después vertió el licor en las copas y también se las entregó. Era hidromiel perfumado con yerbabuena: Iscam todavía lo recordaba de su infancia. Martín paladeó tales desconocidas delicias y estuvo un rato haciendo gestos afirmativos con la cabeza, como una lechuza.