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– Creo que han reservado un buen albergue en Compostela para mí y para mis hombres -dijo Abul Abbás al tiempo que despedía al criado-. Por lo menos, eso es lo convenido. Sin duda habrá también espacio para vosotros. Si os parece, os haré pasar por familiares o servidores míos. Tú serás mi secretario, Iscam. Y al joven Martín lo convertiremos en estudiante francés de medicina. Siempre tendrá esa condición más ventajas en Compostela que la de vulgar peregrino, ¿no os parece?

Estaba el sol en lo más alto cuando la comitiva cruzó el río Lavaméntula en dirección a Compostela.

A Martín se le ocurrió la idea de colocarse la camisa verde por encima de la saya limpia, además de un turbante del mismo color que le dejó el capitán de los soldados, con lo que cambió mucho su aspecto y no parecía ya un verdadero peregrino. Montado ahora en la mula del esclavo, que caminaba junto al caballo del médico, flanqueado por los llamativos soldados moros, se sentía más grande y dichoso que un príncipe. Incluso se puso a tararear un aire alegre de las llanuras del In-dra, que Abul Abbás acogió con una afectuosa sonrisa.

Apenas unas tres millas más adelante llegaron a lo alto de una pequeña loma, que les habían nombrado como la Monjoya y también como el monte del Gozo.

Entre los claros que la maleza dejaba, subidos a los escasos árboles, tapando incluso el propio camino, se habían parado muchos peregrinos para contemplar por fin la meta de su largo viaje. Emocionados e incrédulos.

La mayoría estaba de pie, pero muchos se habían arrodillado a rezar, con las manos abiertas y extendidas hacia el occidente, los brazos en cruz, doblados con la cabeza en la tierra, cubriéndose con los sombreros las lágrimas de los ojos, balanceando en éxtasis la cabeza. En el centro del camino, un grupo de ocho o nueve, en el que había también dos mujeres, cantaba fervorosamente el Te Deum. Apenas podían hacerlo, pues se atragantaban con las lágrimas de alegría y debían comenzar de nuevo.

– Santo es verdaderamente este lugar -dijo el médico musulmán-. Nunca he visto gentes con fe tan grande.

El capitán intentó seguir la marcha por un lateral del camino, pero a los pocos pasos apareció un sacerdote con un báculo en alto para detenerlo.

– ¡Alto, infieles -gritó-; no holléis la tumba de san Fobberto!

– ¿Quién es ese santo, Fobberto? -preguntó Martín.

– Aquí está, casi bajo vuestros pies.

Era una losa de pizarra rojiza, apenas visible entre el polvo y la yerba agostada. El sacerdote, con los hábitos muy ajados y ojos de fuego, estaba frente a ella, ronco de anunciar la vida y la gloria de aquel desconocido. Se agarró al ronzal de la mula de Martín para que no siguiese adelante. Se pararon también los otros y prestaron atención al entrecortado relato del hombre. El lorenés Fobberto había sido objeto del último milagro de Santiago, dijo, quizá del penúltimo, ya que el santo apóstol estaba constantemente realizando prodigios. Abul Abbás se inclinó en su caballo para escuchar de qué milagro se trataba.

El sacerdote contó entonces que aquel peregrino, que había salido de su tierra con otros treinta, se puso de repente enfermo cerca de Roncesvalles. Continuaron todos el viaje, salvo uno, que se quedó para cuidarlo. Pero Fobberto murió al día siguiente, en lo más espeso de un bosque, y su compañero no tenía ya ni fuerzas para enterrarlo. Lloraba con gran desesperación, rezaba a Santiago y pedía vanamente socorro.

Al cabo de un rato apareció un caballero y preguntó que qué le pasaba. Después de escuchar su pena, añadió el sacerdote, el caballero dijo: «Ponme sobre el arzón el cuerpo y monta tú a la grupa hasta que lleguemos a algún lugar en el que pueda ser enterrado.»-Y al alba estaban los tres en este mismo lugar y vinieron los canónigos de la iglesia, sin que nadie los hubiese llamado, a dar sepultura a Fobberto. Luego, antes de desaparecer, el caballero dijo al peregrino que regresara a su casa y que al encontrarse en León con sus compañeros les dijese que Santiago no aceptaría su peregrinación, salvo que hicieran grandes penitencias, por haber sido desleales a su amigo. ¿Sabéis quién era tal caballero? ¿Queréis también que os cuente quién era san Fobberto y qué había hecho en la vida antes de peregrinar?

– Ya es suficiente, hermano mío -contestó rápidamente Iscam-. Tu historia nos ha llenado de emoción, pero tenemos prisa. Toma una limosna para que digas una misa por nosotros ante su tumba. -Y le entregó medio sueldo sin bajarse de la mula.

Martín, en cambio, dio un salto desde la suya, se arrodilló un momento sobre la losa y con los ojos cerrados recitó una breve jaculatoria.

El camino de descenso de la colina estaba muy animado a causa de las fiestas de San Miguel, que junto a las de Pascua eran las que a más romeros atraían. El día en que se conmemoraba el martirio del apóstol, en cambio, se veía mucho menos concurrido, pues a los tres días de las calendas de enero solía hacer mucho frío y las nieves tenían siempre cerrados los pasos de las montañas.

Numerosos peregrinos recorrían agitados y nerviosos la media legua que separaba al montículo de las murallas de la ciudad, por entre cultivos, arbolado y algunas granjas campesinas.

La basílica de Santiago apenas se distinguía entre las demás iglesias y monasterios, semiescondida al otro lado de dos gruesas torres cuadradas, que flanqueaban la puerta de sólidos troncos hacia la que se dirigían ellos, y del propio muro de mampuestos y barro seco. Eso no impedía que los dos peregrinos, e incluso el médico Abul Abbás, sintieran una asombrada excitación ante la visión del santísimo templo.

Habían llegado al final del camino. Otros romeros corrían a su lado cuesta abajo, descalzos muchos de ellos; daban gritos de entusiasmo y congoja, reían y lloraban, echaban al aire sus sombreros, ondeaban calabazas, esclavinas y bordones, rezaban con grandes voces en lenguas diversas.

Martín miró el semblante sereno del médico e intentó comportarse como él. Pero se le agolpaban en el corazón, como un enjambre de abejas inquietas e imposibles de singularizar, el clamor festivo y lacrimoso de sus perdidos vecinos de Châtillon, los brazos de su madre, los besos dulces de Richelde, las miradas de Oria detrás de un muro, los ladridos del perrillo dorado, el gruñido de los cerdos, los sermones pacíficos de don Ramírez, ríos, montañas, salmos, reliquias sagradas del río Carrión, barqueros friolentos y portazgueros mal encarados, nieblas, monjes cantando o brincando en los bosques sombríos, soldados, los rizos amarillos entre los muslos delgados de Adosinda, sus propias manos hundiéndose dentro del vientre de un carnero asado, la lluvia, el cuerpo desnudo del obispo de Ataun que cabalgaba sobre él, tres hombres encadenados y silenciosos, los agujeros nocturnos en los fríos arenales de Gascuña-Si no lo hubiesen estado vigilando aquellos gentiles soldados moros, si no hubiera tenido tan cerca el gesto indeciso y afectuoso de su amigo Iscam, habría echado pie a tierra y se habría unido a los que deseaban entrar corriendo en la ciudad santa. Le hería el sol poniente en los ojos: se le llenaron de agua y dos lágrimas lentas le mojaron las mejillas.

Los rayos de oro iluminaban sesgados los tejados de los templos, los claustros monacales, algunos campos con árboles y las apiñadas casas de los habitantes de la ciudad, separadas por calles muy estrechas, en las que se advertía el hormigueo impreciso de la gente.

Cruzaron apretados el puente sobre el río Sar, entre los primeros vendedores que se lanzaban ya sobre ellos, mendigos, sarabaítas que ofrecían misas, mujeres que insinuaban la calidez de sus regazos y posaderos pregonando sus albergues; siguieron el camino ahora más ancho, por entre campos labrados y, poco después, algunas casas nuevas de piedra construidas a su orilla; muy pronto llegaron a la puerta de la muralla llamada la Francígena. La guardaba una torre cuadrada rodeada por un foso, más por miedo a los normandos que venían del mar que a los lejanos soldados del Profeta; los guardias de vigilancia no sólo no frenaron a la comitiva andaluza de Abul Abbás, sino que saludaron respetuosamente a su jefe, como a noble dignatario. Les preguntó éste por la casa de los reverendos canónigos de San Agustín, en donde le habían indicado que habitaba temporalmente el obispo de Iría Flavia, don Diego Peláez, en espera de que concluyeran su nuevo palacio; el capitán de los guardias llamó a un rapaz para que los guiara.