Martín se mantuvo perplejo unos instantes ante una de ellas, que sin duda era la de Santiago: cerca de sus pies aparecía tumbado un perrillo muy delgado, de hocico puntiagudo y lanas del color del cobre. No se parecía mucho al que le había regalado Richelde, pero tal vez el pintor no había tenido ocasión de conocerlo. Al lado de la tosca y confusa figura se abría el hueco de una ventana, tapado por una piedra agujereada en celosía.
No era muy grande la iglesia.
Desde la entrada hasta el fondo, donde estaba colocado el altar que cubría al sepulcro, no llegarían a medirse treinta pasos; y sólo otros veinte de ancho, contando las dos estrechas naves laterales. La de la derecha estaba cerrada por un cerco de cadenas atadas a las anchas columnas cuadradas, ya que no se había concluido el techo de madera: asomaban algunas lejanas estrellas a través del vacío. Ese techo era más bajo que el de la gran nave, para llegar al cual tendrían que ponerse tres o cuatro hombres unos encima de otros.
De todas maneras, Martín y el mozárabe sólo con gran esfuerzo consiguieron llegar hasta la mitad de la nave central; a partir de allí los peregrinos se arrastraban de rodillas, permanecían sentados en el suelo, o tumbados a lo largo, rezando, o estaban de pie intentando mantener los brazos en cruz. Muchos otros lloraban adormilados junto a los muros.
– Podremos verla mejor cuando esté vacía -dijo Iscam.
– Esta santa iglesia nunca está vacía.
– Pero es que vamos a ahogarnos -añadió.
A pesar de su insistencia, Martín se arrodilló, en parte sobre la capa de un peregrino, juntó las manos todavía con el cirio entre ellas y se puso a rezar en silencio. Iscam se estiró de puntillas para descubrir el arca de mármol en que se guardaban las reliquias del apóstol. Pudo únicamente ver, al fondo de la iglesia y por encima de las cabezas de los devotos, una especie de templete de piedra, sujeto por cuatro columnas redondas, que daban amparo al altar: la tumba estaba hundida más abajo. Detrás de ese cobertizo se distinguían las cabezas de tres sacerdotes que estaban oficiando del otro lado, es decir, en la iglesia de los benedictinos, unida a la basílica precisamente a través del sepulcro del apóstol.
Agobiado por el humo, las luces, las salmodias y el penetrante olor, el mozárabe agarró finalmente del brazo a Martín, le obligó a ponerse de pie y tiró de él hacia el pórtico. Afuera, la noche parecía muy negra, en contraste con las luminarias del templo. La brisa los reanimó en seguida.
– Si nos damos prisa, es posible que encontremos cena en el refectorio de los canónigos.
En el comedor de la zona habilitada como hospital estaban aún cenando dos monjes, sin duda de cierta dignidad, conforme se descubría por sus ropas; y, en un rincón, casi invisible, el criado negro de Abul Abbás. Se sentaron a su lado y esperaron a que un lego les pusiera entre las manos una escudilla de potaje, un trozo de pan y una vasija de agua para los dos. El negro los miró con aquellos ojos tan grandes y tan blancos que a Martín le producían escalofríos, y les regaló con una gran sonrisa también blanca, llena de agradecimiento.
– Mi amo quiere veros por la mañana. Podéis desayunar con él en su habitación, eso me dijo… La sopa es muy buena -añadió señalándola con un dedo-. Yo he comido tres escudillas.
Otras tantas pidieron ellos dos, pues durante el penoso regreso por las oscuras calles que no recordaban habían advertido su fatiga y su hambre.
El mismo criado los llamó muy temprano. Con el médico granadino estaba un canónigo tan viejo como él, bajo y muy gordo: abultaba al menos dos veces lo que Abul Abbás. Llevaba el cabello blanco muy corto, aunque no rapado en corona como los monjes, y bajo el mentón le colgaba una papada abundosa, fulgente y gris.
– Estos son mi secretario don Iscam de Cazorla y mi alumno don Martín, de Francia -les presentó después de saludarlos-. Don Cresconio es el canónigo deán de la santa basílica, encargado por el obispo de nuestro negocio; anoche pudisteis verlo. Además, según acaba de contarme, es hijo también de otro obispo anterior de igual nombre, el que mandó construir las murallas y torreones de la ciudad. Y al que castigaron por hereje en Reims, según recuerdo, tal vez por haber trabajado tanto… Es decir, mi amigo conoce mejor que nadie todo lo referente a la iglesia y a las reliquias de Santiago.
Don Cresconio les ofreció la mano para que se la besaran y luego insinuó una leve bendición sobre la cabeza de los peregrinos. Abul Abbás seguía hablando con muy buen humor, al tiempo que se ocupaba sin excesivo entusiasmo del desayuno que habían servido para todos en una mesa: huevos cocidos, pescado salado, pan, manteca, sidra y manzanas en dulce.
– Estaba empezando a ilustrarme sobre la historia milagrosa del profeta Amaea, vuestro Santiago. Imagino que ya la conocéis.
– A mí me han contado sus predicaciones por España y cómo decidió marcharse a Jerusalén a que lo martirizaran, porque nadie creía en sus palabras -dijo rápidamente Martín-, después de que tuviera varias apariciones de la madre del Señor. Un gran maestro llamado don Ramírez me lo enseñó en Pamplona.
– ¿Y sabes cómo regresó hasta nosotros, muchacho? -preguntó el deán con la boca llena y una cordial sonrisa-. Porque eso es lo más importante ahora.
– Creo que unos pulpos marinos lo trajeron.
El deán soltó una carcajada tan fuerte que roció de comida al médico y a los peregrinos. Luego tosió, se golpeó en la nuca, se secó los ojos húmedos, bebió un largo trago de sidra.
– ¿Dónde has oído semejante patraña, joven estudiante? Es graciosa, desde luego, pero no tiene fundamento teológico alguno. -Luego se dirigió a Abul Abbás-. Ya ves, venerable médico, hasta qué punto son inútiles nuestros esfuerzos. Predicamos, enseñamos, ofrecemos las reglas de la fe, vigilamos día y noche para mantener la recta doctrina, escribimos libros, nos juntamos en aburridos concilios… ¿Para qué? Pues para esto, para que la gente crea cualquier invención, cualquier ensueño, por locos que sean… Así pues, no debe extrañarte que nuestro apóstol tenga cinco cráneos, veinte canillas, nueve mandíbulas, cuarenta rodillas y un número infinito de otros huesos. Lo cual sería un portento diabólico, ya que iría en contra de la naturaleza humana y divina… Pero como tales los adoran en mil lugares diferentes. ¿Qué podemos hacer nosotros?
– Cuando menos, contar los verdaderos.
– Eso es, eso es… Para eso hemos suplicado fervorosamente tu venida. Pero, dime, don Abbás: no comes nuestro pescado, ¿acaso no te gusta?
– Disculpa mi impertinencia, don Cresconio, venerable deán y amigo. Tiene mucha sal y su exceso es perjudicial al humor sanguíneo.
– Bueno, Dios nos proteja.
El deán se llevó a los dientes medio lomo de un pez delgado y seco, ablandado en una vasija de vino blanco. Después se acomodó en la silla de cuero, dejó reposar las manos sobre su vientre e inició la historia que tanto deseaban escuchar sus huéspedes.
– Una vez que Santiago fue decapitado con un hacha por Herodes en Jerusalén -empezó a contar el deán-, sus tres discípulos más queridos, san Anastasio, san Torcuato y san Tesefor, robaron su cabeza y su cuerpo a los judíos, que los habían arrojado fuera de la ciudad para que los devorasen los cuervos y los perros; llevaron tales sagradísimas reliquias a la orilla del mar, las colocaron en un pequeño barco de mármol sin velas ni timón, que allí los esperaba, y dentro de él se aventuraron todos en la mar incógnita… -hizo una pausa para recoger con los dedos una porción de dulce de manzana y llevarla a la boca; luego, se lamió despaciosamente los dedos-; guiados por un ángel y ayudados por una estrella refulgente que les marcaba el rumbo; y no empujados por los pulpos, desde luego. Llegaron en el séptimo día de navegación a una parte de la costa que está a unas diez millas de aquí… En Galicia gobernaba por entonces una reina pagana llamada doña Loba. Dos caballeros que ayudaron a los discípulos a sacar de la barca el cuerpo del apóstol se encontraron al volver a la tierra con que a sus ropas se habían agarrado numerosísimas conchas veneras, lo cual fue sin duda también milagroso, ya que estos animales no muerden, como todos sabemos, sino que viven medio hundidos en la arena. Pero no fue el único prodigio, como veréis: al colocar el santo cuerpo sobre una piedra de la playa, ésta se derritió como cera, adquiriendo la forma acostumbrada de sarcófago.