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Don Cresconio se detuvo para beber un trago de sidra.

– Pero aquella reina diabólica, doña Loba -continuó explicando el deán-, al saber que los santos varones eran seguidores de Jesucristo, en vez de inclinarse ante la sagrada reliquia que traían, manda encerrar a sus portadores bajo tierra, después de haber pedido permiso al rey de León. El mismo ángel que los había guiado los liberó en seguida y entonces doña Loba, furiosa, les presta dos bueyes y un carro para que lleven a enterrar al señor Santiago a donde ellos deseen. Mas he aquí que no eran bueyes verdaderos, sino toros indómitos y salvajes. Además, en el camino encuentran los tres santos a un enorme dragón que vomitaba fuego, mandado allí por la dicha reina. Haciendo el signo de la cruz se partió en dos pedazos el temible monstruo, que era el mismo Satanás disfrazado, como ya habréis sospechado, y se apaciguaron y domesticaron los toros; los cuales, en fin, condujeron con prisa el sagrado cuerpo a un bosque muy tupido llamado Libredón. Allí, los tres discípulos excavaron una cripta después de haber roto muchos ídolos que se encontraban en el lugar y que eran los que doña Loba adoraba; metieron el cuerpo y se sentaron a esperar su propia muerte para que los enterraran al lado… Ésta es la verdadera historia dictada por la teología, aunque hay santos padres que difieren en algún pequeño punto: que si los navegantes eran siete y no tres, que si llevaron primero el cuerpo a lo alto de un monte, e incluso al centro del sol -lo cual es naturalmente imposible-, que si doña Loba era tan diabólica porque no tenía marido, que si se desembarcó el cuerpo en Granada y lo trajeron en carro hasta aquí, que si antes estuvo enterrado en la gran ciudad romana de Mérida y lo trasladaron luego cuando llegaron los sarrac…, cuando don Rodrigo perdió su reino… En fin, menudencias. La verdad es la que os he contado. -Don Cresconio miró con gula los manjares que aún seguían en la mesa-. No conviene, pues, que prestéis oídos a las mil fábulas que os contarán en la calle gentes de toda condición, incluidos los mismos sacerdotes. Pensad en seguida que quieren sacar algún beneficio con su cuento: venderos vino de una fuente milagrosa, rezaros una misa, engañaros con una reliquia, qué sé yo… Por cierto, don Abbás, ¿no me has traído esos pastelitos de almendras y miel que tan bien hornean en vuestra tierra? Son dignos del mismísimo señor Santiago…

– Algunos te he guardado, don Cresconio. Mandaré que mi criado te los lleve, junto a otros pequeños obsequios.

– También para don Diego, supongo.

– De mi parte y también de parte de mi rey don Badis Muzaffar.

– Sobre todo los pastelillos; no lo olvides.

– ¿Pero dónde está ese monte Libredón, don canónigo? -preguntó intranquilo Martín.

– ¿Cómo que dónde está? ¡Pues aquí mismo, muchacho! Lo que hay dentro de las murallas es el monte Libredón, aunque se han cortado los árboles y se han eliminado los restos de otros templos paganos. Precisamente las cuatro columnas que rodean el altar proceden de uno de ellos, aunque fueron debidamente consagradas, claro. Y el sitio de la tumba es el mismo que tenemos en la iglesia, naturalmente. O sea, el sepulcro está donde ha estado siempre, donde lo colocaron los santos Anastasio, Torcuato y Tesefor, sin que nadie lo haya movido jamás. Más aún: la teología nos enseña que es absolutamente imposible moverlo. Ninguna fuerza humana lo conseguiría si lo pretendiese.

– De modo que siempre hubo en ese lugar una zagüía; quiero decir, una iglesia -dijo Abul Abbás.

– No exactamente, aunque esto no se sabe bien -dijo don Cresconio-. Pero ocho siglos más tarde de lo que os he contado, un santísimo ermitaño que hacía penitencia en ese mismo bosque Libredón tuvo una visión que le comunicó dónde estaba la sepultura y quién yacía en ella. Al mismo tiempo, almas fieles de San Fiz vieron brillar luces maravillosas en el bosque, producidas por estrellas que allí iban a caer; se lo dijeron también a ese santo varón que se llamaba san Pelayo, el cual corrió sin aliento a la casa del obispo de Iria Flavia, don Teodomiro, antecesor de mi venerable padre. Éste llamó al rey de Asturias don Alfonso, que vino con gran ceremonia e hizo construir rápidamente la primera iglesia. Desde aquel día, el señor Santiago, agradecido por tanta devoción, corre a luchar desde el cielo con su caballo siempre que los cristianos lo precisan.

– Y grandes victorias ha logrado -dijo Abul Abbás.

– Debería quizá lamentarlo, pero no puedo. -Sonrió el deán-. De todas maneras, ni tú ni yo somos hombres de espada y fierros.

– Dios sea loado.

Abul Abbás se puso de pie, sospechando que la conversación había terminado, y comenzó a pasear por la habitación. El deán decidió aprovechar unos restos del dulce de manzana, palmeó con fuerza para llamar a los servidores y se puso también de pie.

– Esta misma noche haremos nuestra piadosa labor -dijo-. Después de la segunda vigilia. Tendrás que venir sin criados ni soldados.

– ¿Podré al menos llevar a mi alumno, para que aprenda?

El deán miró con ojos plácidos a Martín. Aunque le había visto profundamente interesado en su relato, incluso con ganas de interrumpirlo en ocasiones, no parecía muy seguro de su respuesta.

– ¿Pero sabrá guardar el secreto?

– Yo te lo puedo confirmar, deán, ya que no es la primera vez que…

– De acuerdo. Mandaré que le lleven también vestidos de monje.

Cuando se quedaron solos, el médico preguntó a Iscam si consideraba peligroso recorrer la ciudad vestido de andaluz y sin guardias.

– No por los peregrinos; no creo. Yo entré anoche en la iglesia con mi turbante y nadie me miró siquiera. Pero tal vez deberías buscar ropas menos llamativas. Para que no te miren en exceso. «Abul Abbás le hizo caso e incluso mandó a su criado que se quedara en el hospital de los canónigos. Cubierto por un discreto manto marrón y con turbante negro alrededor de la cabeza, salió a la calle en compañía del peregrino y de Iscam.

El médico granadino también dijo en seguida, cuando se acercaron a ella, que la famosa basílica era más pobre que cualquiera de las mezquitas andaluzas. Tanto por dentro como por fuera había alarifes, canteros y gentes de otros oficios trabajan-do en ella. Pero con pobres materiales. Apenas se veían mármoles en las bases de algunas de las columnas, que eran de piedra sillar. El suelo era de pizarras negras, no muy hermosamente encajadas; y la bóveda principal, en parte de piedra y en parte de madera. Una espadaña colocada sobre el pórtico sostenía tres campanas pequeñas. Pero las dos torres de las murallas que estaban apenas a veinte pasos de la iglesia, al otro lado de las losas de las tumbas, y particularmente la que se había concluido ya, hacían tanta sombra a ese campanario que parecía más mezquino de lo que en verdad era.

Las pinturas que la noche anterior habían admirado a Martín no estaban rematadas ni guardaban las proporciones ni los colores debidos, ni en sí mismas ni respecto al conjunto de los muros. Iscam, que las estuvo mirando con detenimiento, afirmó que era muy escaso su valor y muy grande su torpeza. Sólo le gustaron las celosías que cerraban las ventanas y una cortina de alabastro transparente situada sobre la puerta principal, cuya tamizada luz se organizaba en misteriosos rayos.

La ciudad, en cambio, tenía tanta animación como los zocos de Granada.

Ante el mismo pórtico de la basílica y a ambos lados de la muralla, incluso en la misma puerta del Santo Peregrino, generosamente abierta a cuantos llegasen, abundaban vendedores de todo tipo de mercancías. No sólo comidas y bebidas que muchas veces relacionaban milagrosamente con el apóstol -«lo que solía comer durante su predicación por Galicia», «lo que ofreció la engañosa doña Loba a sus siete discípulos después de seis días de navegación», «agua de la misma fuente en que lavó sus pies», «vino de una viña que plantó con sus manos», «ramas jugosas del árbol que guardaba su tumba de la lluvia», anunciaban-, sino también pequeñas imágenes suyas de azófar y de madera, sombreros bendecidos por el obispo don Diego, cruces de cobre que habían estado en contacto con sus huesos, pequeñas esquirlas de plata como las de los bueyes que condujeron su cadáver, conchas veneras en verdaderas montañas, con cuerdas para coserlas al vestido, y algunas cuyo poder milagroso se garantizaba bajo sagrado juramento; trozos de tela que habían sido introducidos dentro del santo sepulcro, cajitas de madera con tierra que el apóstol había pisado, itinerarios secretos para descubrir el lugar de su arribo a Galicia, auténticas esportillas de piel de ciervo, bordones de madera del bosque Libredón, calabazas llenas de agua milagrosa que manaba debajo de la tumba… Más adelante, en una plaza amplia en que se agolpaban los peregrinos recién llegados y se despedían los que ya se marchaban, a ese género de vendedores se unían los que peleaban para ofrecer albergues, yerbas curativas, confesiones en cualquier lengua, caballerías, misas dichas por sacerdotes santos, putas limpias de Viseo y de Coimbra, comidas de abstinencia, bálsamos para los pies y ayudas de todo género.