Martín se paraba a cada paso, quería escucharlo todo, quería comprarlo todo. Al fin decidió quedarse con una hermosa esportilla de ciervo, de boca estrecha y fondo ancho, adornada con una pequeña venera. Un metical de oro le pidieron por ella.
– ¿Un metical? -gritó Iscam arrancándosela de las manos-. ¿Acaso está hecha con la piel de la espalda de Santiago?
– Es de ciervo, señor; de un ciervo que pastaba la misma yerba que crecía en su tumba en el monte Libredón.
– Un sueldo de plata.
– ¡Oh, santo peregrino andaluz! ¿Quieres tal vez que mueran de hambre mis hijos? Me azotará mi mujer, que ha pasado un día entero cosiéndola y está casi ciega… Yo he tenido que pagar mucho más al curtidor, te lo juro por la sangre del apóstol… Cinco sueldos, no puede ser más barata. Mira si quieres a tu alrededor.
– De acuerdo, toma dos sueldos -dijo Iscam, resuelto.
El vendedor devolvió la esportilla a las manos de Martín, recogió el dinero y continuó caminando con su pregón. El peregrino se puso a mirarla con satisfecho detenimiento. Estaba bien cosida, en efecto. De pronto, levantó los ojos e hizo amago de echar a correr, pero el comerciante había desaparecido.
– ¿Qué ocurre, muchacho? -preguntó divertido Abul Abbás.
– Es piel de cerdo. ¡Me ha engañado ese Satanás! Ninguno logró verlo en la plaza.
Después de pasear durante casi toda la mañana por la ciudad, parándose a ver las siete iglesias que en ella había, todas más pobres que la de Santiago y alguna tan pequeña como la guarida de un lobo; de asomarse a los claustros de los monasterios; de admirarse ante la gran cantidad de casas de sacerdotes, dueñas, monjes y diáconos con que tropezaban, unas particulares y otras colectivas, así como de los míseros hospitales para los peregrinos pobres y de los no mucho mejores para los ricos, salieron por la puerta Francígena y se sentaron a comer en un albergue que se anunciaba como de Borgoña.
Las apretadas murallas se habían desbordado por sus puertas; junto a los caminos que de ella partían se agrupaban nuevos artesanos, comerciantes, serrallos de danzarinas de Cádiz, ermitas, médicos judíos, burdeles asturianos, soldados de alquiler, alfayates moros y casas y comercios de otras muchas gentes venidas de todas las partes de la tierra.
A media tarde empezó a llover y los tres decidieron correr al hospital de los canónigos.
Mientras los vendedores de las proximidades de la basílica continuaban en sus puestos, cubiertos con tabardos de piel, los peregrinos intentaban vanamente defenderse del agua metiéndose en las iglesias y en los zaguanes de los albergues, cuyos propietarios les pedían de inmediato cinco arienzos por la caridad. Los arroyos de las calles se habían desbordado y pronto el barro destrozó los lujosos borceguíes de Abul Abbás. El médico, sin embargo, sonreía y continuaba mirando curioso y alegre la agitada muchedumbre en la que se mezclaban hombres de numerosos reinos, de cabellos rubios, castaños, blancos y muy negros; de ojos azules, verdes, pálidos y del colorde la miel y del azabache; con diferentes vestidos y ademanes; hablando en distintas lenguas. Hombres casi todos iluminados por el fervor y vencidos por el cansancio.
– Quizás éste es el más grande y maravilloso de los milagros del profeta Amaea -dijo alegremente-. Tantos hombres juntos sin intención de matarse; tantos hombres con la misma fe… La barca de mármol que navegaba sin velas es poca cosa comparada con esto.
Ya en su habitación, después de una buena cena, el mozárabe Iscam de Cazorla, aunque molesto por no haber sido invitado al estudio de los huesos, prefirió mantenerse despierto junto a su amigo, hasta que lo llamara Abul Abbás. Estaba cansado del trajín del día, pero inquieto al mismo tiempo acerca de lo que iba a ocurrir.
– ¿Piensas volver a Francia, Martín? -le preguntó.
– Claro. Debo decir a los que quedan en Châtillon, si queda alguno, que su penitencia se ha cumplido. Que llegué ante el sepulcro santísimo de Santiago y recé por todos ellos y cumplí mi promesa. Y contárselo también a los monjes de Marmoutier. ¿Por qué lo dices?
– Por nada… Tienes un largo viaje ante ti.
– Ahora correré más. Ya lo he visto todo. Quería haber llegado hasta donde está la barca en que se apareció la Virgen, para contárselo a don Ramírez. Era también otra promesa mía. Pero supongo que ahora ya sabrá cómo es. Volveré de prisa, sí. León, Sahagún, Carrión, Castrojeriz, Burgos, Oca, Nájera, Pamplona, Ostabat…
– Pero el buen viajero nunca regresa por el mismo camino… Es mejor que te unas a algún grupo grande que vaya de vuelta. Coges la mula que nos queda y te vas con ellos. El invierno está cerca y es muy hostil en las montañas… Ah, y no te olvides de recuperar en León tu dinero. Ben Saruq te estará esperando, ¿recuerdas su casa? Tienes también que llevarte las reliquias que nos quedan, por si las necesitas.
– No me hace falta dinero… ¿Dónde vas a ir tú, Iscam?
– He pensado…
– ¿Por qué no me acompañas a Francia? En Marmoutier pintan también muy bonitos libros y los bosques del Indra… Seguro que encontraremos algo que hacer juntos. Las tierras eran antes muy buenas.
– He pensado decirle a don Cresconio que me permita pintar su iglesia. ¿Te has dado cuenta de lo fea que es? Se me ha ocurrido poner en las paredes las mismas estampas que hacía en los libros de la abadía de Albelda; ¿qué te parece? Todo el mundo los apreciaba mucho y pagaban tesoros por ellos… Si el deán me da casa, comida y dinero para la pintura, me quedaré aquí.
– Puedes ir a León por el dinero. Así conseguirás hacerte una casa en el barrio de los artesanos -dijo Martín.
– Sí, tampoco está mal eso.
– Pero… Quiero decir que me gustaría mucho que volviéramos juntos. Por el mismo camino o por otro distinto: tú los conoces todos. Hay miles y miles de iglesias en Francia para pintar. Y otras cosas que podrían hacerse.
– Bueno. Ya veremos. Ya veremos mañana.
Se había pasado generosamente la hora de la segunda vigilia cuando un criado trajo a Martín hábitos negros de monje y le pidió que se los pusiera de prisa.
En las dos últimas horas, Iscam había estado hablando al peregrino, para defenderlo del sueño, una vez más de las grandes ciudades de al-Ándalus, de los jardines y las bailarinas perfumadas, de su padre el obispo que se cayó del torreón, de la escuela del emir y de su hija Amira, a la que no volvería a ver nunca, de las infinitas maravillas que había contemplado antes de encerrarse en la abadía de Albelda, cuando era todavía más joven que Martín ahora… Vio cómo su amigo salía hacia la basílica y se quedó en la puerta desenrollando su turbante.