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Dos hombres que no hablaban acompañaban a don Cresconio y a Abul Abbás con sendas linternas de aceite. Ni siquiera respondieron al saludo de Martín. El peregrino pensó que tal vez eran realmente mudos. También ellos, fueran sacerdotes o soldados, vestían hábitos negros de monje y se cubrían la cabeza con la cogulla.

Se pusieron a andar de prisa por entre las húmedas sombras de Compostela, pero no se dirigían a la entrada de la basílica, sino al monasterio de los benedictinos.

– Este favor que nos hacen me lo cobrarán sin duda -dijo el deán al médico en un susurro-. Y caro. Mucho trabajo y tiempo me ha costado conseguirlo, ya lo sabes. El sepulcro es nuestro, naturalmente, pero ellos tienen su iglesia también adosada a él. Y son propietarios de todos los terrenos que hay detrás de la basílica. No podemos colocar una piedra de más sin su permiso y don Diego tiene intención de alargar las naves. O incluso tirar esta iglesia y construir otra mucho más amplia y mejor, tal como merece nuestro apóstol. Ya habrás visto que no tenemos espacio para tantos peregrinos… Cada día llegan más, incluso muy nobles y poderosos, y aumentan sus donativos. Pero ellos se niegan, Dios mío. Les pagamos tres diezmos de las limosnas y de los beneficios por la venta de cera y de las conchas veneras, por el tributo de los hospitales y los comerciantes, por los portazgos, por las misas… ¿Crees que están satisfechos? No. Piden la mitad. Y una parte sustanciosa de los donativos que nos entregan las personas ricas y devotas. ¿A cambio de qué? De sus terrenos, simplemente, que no valen juntos tres dinares. Porque se pasan la vida en sus coros, con sus libros delicados, con sus capítulos, con sus disputas, con su holganza… Hasta se niegan a asistirnos en los oficios y en las confesiones. Y menos aún a albergar a los romeros, desde luego… Ya ves, amigo mío, en qué calamidades se está convirtiendo la iglesia de Nuestro Señor.

Un monje tan silencioso como los de las linternas les abrió la puerta, los guió a través del claustro vacío, los condujo hasta la iglesia y se sentó en un banco, alejado, junto a los dos guardias armados que vigilaban durante la noche las reliquias.

Era aun más pequeña que la situada al otro lado del sepulcro, de una sola nave. Tres de las paredes estaban ocupadas por bancos de piedra en una fila continua; en el centro se erguía un facistol de madera que soportaba un libro de horas muy grande. Don Cresconio se dirigió de prisa al fondo, en donde estaba el altar.

Era una losa de mármol de casi un palmo de grosor, con letras romanas escritas alrededor, y sustentada por dos pequeñas columnas también de mármol.

En los cuatro extremos de esa ara se alzaban, apoyadas en el suelo, otras cuatro columnas más delgadas, de la altura de dos hombres, las cuales sostenían otra gran losa de piedra con algunos adornos labrados que hacía como de techo de la otra. Pero el deán no se detuvo ante el altar. Hizo una rápida genuflexión y giró a su derecha, hacia donde arrancaba una escalera que se hundía en la tierra, debajo de una trampilla de madera que el primero de los hombres mudos abrió gracias a una gran llave de hierro y levantó luego con gran esfuerzo.

– ¿Siguen las cámaras secretas ahí arriba? -dijo Abul Abbás mientras esperaba que le franquearan el paso.

– Dos, justo encima del altar, las de siempre. Pero hemos recibido tantas piezas de oro y piedras, telas valiosísimas, monedas y reliquias, que don Diego quiere fabricar al menos otras dos. El problema es que no sabemos dónde. Por eso intenta construir otra basílica más grande, una verdadera catedral.

– ¿Y la cruz del rey Alfonso?

Don Cresconio sonrió en la penumbra.

– Está bien oculta ahí arriba. ¿Todavía la recuerdas?

– Es la más hermosa que nunca he visto. Ni siquiera la supera aquella que el otro Alfonso, el segundo, regaló a San Salvador de Oviedo.

– Pues algún día te mostraré un cáliz que nos acaba de mandar el emperador don Fernando, en agradecimiento al apóstol por su victoria en Viseo: todo de oro, con ágatas, rubíes y otras piedras. Lo hicieron en Persia.

Uno de los hombres de las linternas comenzó a bajar la escalera. Le siguieron el deán, Abul Abbás, Martín y el otro encapuchado mudo. La cripta que estaba bajo el altar era bastante grande y dividida en dos habitaciones que separaba un muro cubierto de argamasa, con un vano como puerta. Bajo la bóveda muy baja, tanto que se podía tocar con la mano levantada, cabían más de diez hombres.

Allí reposaban los dos sarcófagos, casi hundidos en el suelo: dos cámaras excavadas en la piedra, con una losa encima. La de la derecha era de mármol blanco. Martín, apenas saltó del último y estrecho peldaño, se puso de rodillas en un rincón y se limpió los ojos con un borde de la cogulla. Alrededor de las dos tumbas había un mosaico de piedras de mármol negras, blancas y cárdenas, formando una orla. Sobre la losa del sarcófago se repetía ese adorno, enriquecido con círculos y la representación de algunas flores rojas muy borrosas.

El deán se colocó junto a la pared con una linterna. Mandó a Martín que se acercase para darle la otra. Los dos hombres sacaron de debajo de sus hábitos unas palancas de hierro, las hundieron en un lateral de la losa e hicieron fuerza hasta levantarla y deslizaría a un lado. Luego se colocaron uno frente a otro, en ambos extremos de la tumba, y sostuvieron en alto las linternas.

Abul Abbás parecía moverse con mucha lentitud.

Se tumbó boca abajo en el suelo, sobre el mosaico, y empezó a mirar los huesos revueltos que había dentro de la cámara. Hablaba muy tranquilo con el deán acerca de la conveniencia de reforzar la losa y de lo que estaba viendo en el fondo del sarcófago. El peregrino tardó un momento en atreverse a poner allí los ojos, como si de pronto tuviera que enfrentarse con Dios. Nunca había visto el esqueleto de un hombre, y menos aún el de un santo, y no podía discernir si aquél estaba completo y si cada cosa permanecía en su sitio.

En cualquier caso, le parecía exageradamente pequeño; si hubiese pensado antes en ello, habría llegado a la conclusión de que un apóstol como Santiago, hijo del trueno, el que tantos caminos había recorrido al lado del Señor y luego solo, sería un hombre grande; si no tanto como Ferragut o como el gigante que talaba bosques cerca de San Millán, por lo menos alto como Iscam y robusto como los soldados de don Abbás. O tal vez la falta de carne empequeñecía mucho la apariencia de hombre.

La sagrada cabeza ocupaba uno de los extremos de la cámara, pero estaba partida en varios trozos y ladeada, con los agujeros de los ojos mirando en línea perpendicular a los huesos del cuello. Las costillas aparecían enredadas y cada una en una postura diferente. Dentro del hueco que hacían algunas vio varias canillas y porciones descolocadas del espinazo, que eran iguales que las de los cerdos de la granja de Châtillon, Más abajo se esparcían entre el polvo otros huesos más grandes, cinco o seis largos que correspondían sin duda a las piernas y muchos pequeños amontonados en el espacio que deberían ocupar los pies del apóstol.

– Dame el cuaderno, Martín -oyó que decía el médico. Lo llevaba escondido en el pecho. El peregrino se tumbó al lado del médico y se lo tendió temblando, junto con una pequeña pluma y un frasco de tinta. Antes de cogerlo, Abul Abbás extendió la mano hacia el fondo del sarcófago, movió con un dedo y mucha delicadeza uno de los huesos largos, que pareció responder con un leve gemido.

Cuando se puso en cuclillas para escribir en la penumbra, Martín dejó caer blandamente en la tumba uno de los dientes de don Ramírez, que había llevado escondido en un puño. Don Cresconio miraba con gesto tranquilo los movimientos de Abul Abbás y, al cabo de un rato, se sentó en un saliente de la pared y apoyó la cabeza entre sus manos.