Iscam no respondió, porque no encontraba argumentos contrarios. El mismo don Cresconio había elogiado en su presencia, incluso con desmesura, la sabiduría del algebrista Abul Abbás y la calidad de sus doctrinas sobre huesos que había escrito en el tratado. Sobre ellas ni el mismo Papa había objetado nada.
– ¿Entonces?
El médico se encogió de hombros.
– Me gustaría saber quién es esa mujer, don Abbás. ¿Cómo ha llegado aquí? ¿Por qué la confundieron con Santiago?
– También a mí me gustaría, aunque, en el fondo, ¿qué importa eso? Es una curiosidad inútil. Probablemente en esa iglesia está enterrada la misma reina Loba o una noble dueña propietaria de aquellos bosques, pues el sepulcro es en verdad antiguo y de cierto mérito. Mira ahí -señaló el trozo de calle que se abría entre el pórtico de la iglesia y la puerta del Santo Peregrino-: bajo esas losas están o han estado enterrados muchos hombres y mujeres. ¿Quiénes son? ¿De dónde vinieron? ¿Cuál fue su vida? ¿Eran santos o bandidos, sabios o ignorantes? Los huesos son casi siempre mudos a este propósito. Pero la tierra está llena de sepulcros, llena de huesos. Ese hecho evidente nos dice que después de muertos muy poco importa lo que hayamos sido o lo que creamos haber sido… Aunque vengan miles de peregrinos a nuestra tumba. ¿Crees acaso que esa mujer es más feliz ahora porque tanta gente venga a reverenciarla, aun sin conocerla? ¿Más que éstos sobre los que pisan los caminantes sin fijarse siquiera en que duermen para siempre aquí? Después de la vida, de lo que cada uno de nosotros hacemos con la vida, yo sólo he visto huesos tendidos sobre el polvo. Desorganizados, rotos, gastados: como los que ahí están. Y si en ellos hay algún misterio interesante, es aquel que los vivos queramos poner… ¡ Ah, aquí tenemos al buen Martín! No le hables de estas cosas, por favor.
Martín apareció con los ojos enrojecidos de llorar. Su mirada era ya una respuesta a la invitación del médico.
– Creo que deberíamos celebrar un auténtico banquete de despedida, amigos míos. Mandaré a mi criado que compre lo necesario y nos lo prepare él mismo -dijo Abbás, agitándose lleno de placer-. Al menos, en lo que sea posible. Sin pescados llenos de sal ni ollas de pesadas legumbres… Tienes que llevarte a Francia algún recuerdo inolvidable de los lejanos moros de Granada.
Iscam se desenrolló su turbante y rápidamente se pasó la mano por el cráneo, como si acabase de descubrirlo desnudo.
– Yo te daré otro verdadero recuerdo del Islam -dijo.
Sujetó la cabeza de Martín y comenzó a colocarle el turbante carmesí. Aunque no logró dejar tapados todos sus cabellos rojos, el peregrino parecía de pronto convertido en un andaluz errante.
libro segundo
1
No se sentía nada contento don Adalbero con la visita del rey.
– Pones la corona a un hombre y considera que ya está por encima de los demás hombres, y que es como el dedo de Dios -le había dicho con voz trémula a ben Yacún, que miraba y palpaba con cierta preocupación el cuello hinchado del antiguo cillerero.
Aunque le respondió el médico que para tal comportamiento bastaba una simple cogulla, e incluso una podrida zalea de pastor de cabras, conforme él mismo podía ver a su alrededor, el monje siguió considerando que don Alfonso había sido escasamente cortés con su dignidad. Y que ya no era el mismo que en otro tiempo estudiaba, jugaba y peleaba con los novicios en las huertas del monasterio y en las riberas del río.
– ¿Crees que me ocurrirá como al pobre Vismundo? -dijo Adalbero, dejando asomar un moho húmedo en los grises ojos y mientras él mismo se frotaba el gordo cuello con las dos manos.
– No creo yo que vayas a morirte de esta hinchazón, prior. Tal vez has comido algún alimento que ha frenado la natural marcha de los humores a través del cuello; se han quedado ahí estancados, como las aguas del río cuando construyes una presa… Abstente tres o cuatro días de probar comida sólida, ni siquiera pan; y también del vino. Incluso bebe la menor cantidad posible de agua. La mortificación del ayuno te será muy conveniente.
– El pobre Vismundo hacía muchas penitencias en la mesa y sin embargo…
Ben Yacún volvió a explicarle las razones del terrible tránsito del monje escriba, cuyos restos habían abandonado el día anterior de la llegada del rey en una zona soleada y muy santa del claustro, debajo de una recia piedra grabada con su nombre. «La naturaleza cobra su precio a quienes no la respetan», añadió el médico.
Vismundo había pasado más de dos terceras partes de su vida -que no fue corta- sentado ante una mesa, escribiendo diplomas, copiando libros interminables, relatando al pormenor la historia de la abadía que los sucesivos abades le dictaban. Poco a poco iban engordándole los brazos, que mantenía durante muchas horas encima del tablero; los tenía más gruesos que los muslos. Ya le había suplicado ben Yacún que se detuviera en el infatigable curso de su pluma, que cavase un rato en las huertas o pusiera pinturas en lo alto del techo o rezara a Nuestro Señor con los brazos bien alzados al cielo… Se negaba siempre, porque siempre tenía libros que concluir y documentos que completar.
Hasta que una tarde, cuando se hallaba como de costumbre inclinado sobre un pergamino, le reventaron los brazos igual que una vejiga de gocho llena de aire entre los pies de los muchachos. No se movieron los huesos de su sitio, pero la carne y los nervios y los conductos de la sangre se derramaron sobre la mesa, al tiempo que aquélla teñía de rojo las preciosas letras negras y el amarillento cuero de cordero. Vismundo necesitó toda la noche siguiente para morir, entre grandes dolores, aunque confesando en cada minuto la grandeza de Dios y su misericordia.
– También al emperador le ha engordado mucho el pescuezo -dijo malévolo ben Yacún-. El poder y la fuerza se aposentan en ese lugar; ya lo afirmaban los grandes maestros de la antigüedad… Si renuncias a tu cargo de prior, no dudo que te menguará esta santa columna. Cuando eras cillerero, podías acercarte al emperador y ofrecerle el mejor vino; y él te manifestaba sus confidencias y escuchaba tus palabras.
– Don Fernando tenía buen trato también con los priores. Sentaba a don Ecta a su mesa y escuchaba sus consejos.
– No pidas que el pollo sea lo mismo que el gallo, Adalbero. Se detendría de ese modo el progreso de la naturaleza.
Don Alfonso hablaba mucho con el abad don Pascual, su antiguo ayo y maestro; rio entre todos durante los banquetes, mientras recordaba feliz sus años de niño y de adolescente en Sahagún; multiplicó las dádivas y los favores a la abadía. Pero en ningún momento había tenido una palabra de afecto hacia él; en ningún momento le ofreció una sombra de promesa, como siempre suelen hacer los reyes a cuantos les ayudan a serlo. Y todo, quizá, porque el nuevo prior había puesto algunas trabas a un deseo del joven monarca referido a las monjas preñadas de Liébana.
Al menos, eso es lo que sospechaba don Adalbero.
En realidad, la aparente malquerencia real se había manifestado ya en el asunto de los huevos de oro. Don Adalbero no había tenido ni culpa ni conocimiento del cruelísimo e injusto castigo sufrido por el peregrino al que habían acusado de robarlos. Entonces, ni viajó a Sahagún don Alfonso, al que el testamento de su padre acababa de conceder el estrecho reino de León contra el deseo de todos y las normas de la razón; no hizo otro comentario que lamentar la indiferencia del prior de San Facundo ante lo ocurrido: suficiente palabra para que a él le punzase el rencor de la sospecha.
Don Adalbero había sido elevado al priorato del monasterio después de la muerte de don Ecta, la cual antecedió, con violencia de todas las profecías, a la del anciano y sordo abad Tructemiro. Los dos corrieron a la mansión de los ángeles sin haber logrado ser obispos de León, cosa que por tanto tiempo apetecieron.