Nada dijo el infante don Alfonso acerca de aquella glorificación del cillerero, aunque medio año más tarde, después del entierro de don Tructemiro, y siendo ya rey de León, mandó un emisario para anunciar a los monjes que sería de su agrado que eligiesen nuevo abad a don Pascual, el maestro suyo y de tantos otros príncipes leoneses. No al propio don Adalbero, que tenía ganados los votos de la mayor parte de los profesos.
Al fin y al cabo, don Pascual conocía mucho los misterios de Dios y lo que habían escrito sobre ellos los Padres antiguos; recordaba todas las profecías, los viajes evangélicos de los apóstoles, los innumerables milagros de Jesucristo y de todos sus seguidores, pero ignoraba por completo cuánto vino producía una parra, cuánta harina se obtenía de una carga de trigo y cuál era el valor de cada iglesia, de cada granja, de cada pastizal del monte, de cada charca de la abadía.
El robo de los huevos de oro había sido denunciado por el sacerdote dueño de la iglesia de Terradillos, la cual no pertenecía al monasterio de San Facundo, sino a la silla episcopal de León. La aldea, por otra parte, tampoco estaba bajo el dominio de la abadía, aunque apenas distaba de ella siete millas, sino del conde de Cea.
– Eso lo sabía muy bien el rey -protestó Adalbero ante el médico-. ¿Por qué entonces dijo en el concilio de León que algunos priores menospreciaban a los santos peregrinos, que no ejercían con ellos la misericordia y que incluso no los salvaban de los juicios injustos?
– Me parece, prior -explicó paciente ben Yacún-, que tus muchas ocupaciones te han impedido comprender el pensamiento de nuestros amos. Don Alfonso no podía acusar al conde de Cea por haber renunciado a quebrar el ojo del diablo. Es uno de los varones más poderosos del reino, el que lucha con más fuerza para que el joven rey de León lo sea también de Galicia y de Castilla, por encima de sus hermanos. ¿Cómo iba a quejarse de su injusticia y de su torpeza? Pero necesitaba en aquel concilio culpar a alguien del martirio del desgraciado peregrino, sobre todo cuando estaba dictando leyes para mejorar la condición de éstos y las facilidades de su camino. Había un culpable, ciertamente. ¿A cuál debía señalar don Alfonso: a un poderoso conde o a un prior que tiene fama de ser poco clemente con los romeros? Y no soy yo el que ha difundido esa fama, bien lo sabes…
– ¿No es acaso la justicia la principal virtud de un monarca? Justo debió ser él con el conde, no injusto conmigo.
– Tampoco dijo tu nombre, Adalbero. Habló de priores y sacerdotes que olvidaban su misericordia con los peregrinos cuando éstos no podían pagar el albergue y la comida…
El prior apoyó entre sus manos la cabeza, que ahora le pesaba tanto. Con una sombra de amargura, sin mirar al médico, dijo:
– Veo que también tú te has puesto de su parte, ben Yacían, amigo mío… «Emperador de todas las Españas, defensor de las iglesias, consuelo de las viudas, tutela de los huérfanos, protector de los clérigos, batallador poderoso, arma afilada contra los bárbaros, destructor empuje sobre los sarracenos…», esos elogios y otros tales le hicieron mientras lo coronaban. Se les olvidó añadir: «punzante aguijón de los priores inocentes».
– «Y benefactor de los condes que lo apoyan» -añadió el médico.
Empezaba a caer la nieve mansamente sobre las huertas adormecidas; iba cubriendo de un borroso sudario los juncos, los chopos desnudos del río, los barbechos ennegrecidos. Con la nieve crecía el silencio, incluso en la fría celda de don Adalbero.
Al rey lo habían alojado en la habitación caldeada de los enfermos, después de haber mandado a éstos a los dormitorios comunes de los monjes; ni siquiera el prior podía ocupar un rincón de aquella cámara que daba al claustro, junto a la de capítulo, sobre la que se extendía el calor de la paja que lentamente se quemaba bajo ella. Adalbero había mandado subir un brasero cargado de leña de encina, pero proporcionaba más humo que calor. Y, afuera, la nieve anunciaba las manos tristes y lentas del invierno.
Ben Yacún no se atrevía a regresar a su casa, aunque lo deseaba ardientemente, hasta no ver recuperado el ánimo de su protector.
– En cualquier caso -dijo-, aquel peregrino era un verdadero ladrón enemigo de vuestra Iglesia.
– O bien el sacerdote de Terradillos había tenido una secreta pendencia con él y escondió el copón en su morral… Es una venganza muy conocida y un ardid muy viejo. Aunque más bien creo -añadió el prior- que la copa sagrada era verdaderamente suya y que su enemigo lo acusó de robo para quedarse con ella.
La gallina milagrosa continuaba encerrada en su urna de la iglesuela de Terradillos, con todas sus plumas rojizas visibles y bien ordenadas, en espera de lo que sucediese el año siguiente. Comía los granos de cebada que le daba su dueño, bebía agua en una escudilla de barro y cacareaba alegremente durante los oficios divinos.
Según aseguraba el sacerdote que la exponía a la veneración de sus feligreses y que recibía muchas limosnas de curiosos y de peregrinos, cada noche del año en que se conmemoraba el martirio del apóstol Santiago, el ave saltaba de su sarcófago como Lázaro de su tumba y ponía en el medio de la iglesia dos huevos de oro. Nadie podía tocarlos salvo él mismo, ni verlos siquiera, bajo celestial castigo de muerte instantánea. El sacerdote cogía esos huevos y los hacía ofrecer en Compostela, cuyo obispo los vendía para pagar a los canteros de la basílica o bien los entregaba a los orfebres para que hiciesen de ellos hilos de oro para adorno de sus casullas, capas y dalmáticas.
Antes de que la noche dominase por completo la solitaria llanura había pedido albergue en su iglesia un peregrino ya entrado en años; carecía de dientes y de nariz, como los leprosos, y el pelo le había crecido tanto en su peregrinaje que le caía más abajo de la cintura. Era blanco e hirsuto, como el de los machos cabríos. Viajaba desde Persia, en el otro extremo de la tierra, para depositar junto al sepulcro el sagrado copón con el que había celebrado sus misas el santo diácono Nicanor, amigo de san Esteban.
Eso es lo que relató ante el conde, durante la audiencia de su crimen.
Pero el sacerdote afirmaba que el copón de plata era suyo, que lo había tenido guardado siempre en un arca secreta, desde que se lo regaló su madre en el día de su ordenación; y que aquel hombre no sólo se lo había robado durante la noche, sino que también había escondido los dos huevos de oro que la gallina había puesto, como cada año, sobre la tierra de su iglesia. Ni el sayón ni los alguaciles encontraron los huevos en el equipaje del peregrino, pero sí el copón, que en seguida proclamó como suyo.
Sin embargo, el hombre no poseía título alguno que demostrase que fuera de san Nicanor o que lo llevaba como ofrenda a Compostela.
El conde de Cea tenía mucha prisa en aquellos días, pues estaba reclutando hombres para una guerra; no permitió que se hicieran otras averiguaciones o, al menos, un juicio de Dios, según suplicaba el romero. Mandó ahorcarlo, que hicieran cuartos de su cuerpo sobre el mismo polvo del camino y que los enterrasen luego en tierras baldías, junto al río Araduey; y sin plegarias, pues era el suyo uno de los crímenes más grandes que un hombre podía cometer.
El párroco de Terradillos estaba seguro, además, de que su gallina nunca volvería a poner huevos de oro, pues el peregrino había realizado el gran sacrilegio de ver y tocar los que aquel año ofrecía al santo apóstol. Con lo cual, muy probablemente, nadie más acudiría a su iglesia a contemplar el animal prodigioso. Pidió que le entregaran como reparación todas las riquezas que el peregrino llevaba sobre su cuerpo. Ni siquiera bastaron para dar cebada a la gallina durante dos días.
– Cuando me contaron lo sucedido -explicó Adalbero-, el conde estaba ya metido en su guerra y los huesos del peregrino convertidos en ceniza. ¿Cómo quería don Alfonso que tomara parte yo en aquella disputa? Si la gallina queda estéril de oro, cuando llegue su momento, sabremos en realidad de quién era el copón y quién se quedó con los huevos.