– Mucho temo que no se repetirá el secreto portento -dijo ben Yacún-. Morirá la gallina de los huevos de oro y la enterrarán como al peregrino persa, aunque tal vez con algunos responsos por su alma… Y don Alfonso volverá a manifestar hacia ti su benevolencia.
– Siempre que aderece una buena estancia para las dueñas de Liébana.
– ¿Y qué te lo impide? El abad comparte la voluntad del rey y no me dirás que sois pobres en esta abadía… Ahí sí encuentro yo mucha justicia en la molestia del rey, Adalbero. Pretende él hacer una obra santa y prudente y tú pones reparos a ella.
– Tenemos ya demasiadas monjas en San Pedro. Y éstas no harán sino agitar a las otras.
– Pero son mujeres santísimas, según me han dicho.
– No debo dudarlo -replicó vacilante el prior-. Nuestro señor el rey parece dispuesto a convertir Sahagún en un grandioso hospital para todo género de necesitados. Aquí manda venir a todos los que no sabe entretener dentro de su reino. Bajan los montañeses de Asturias y no piden otra cosa que vino. Nos manda sacerdotes de Galicia, que pasan los días llorando y quejándose de nuestra poca comida. A los monjes mozárabes que encuentra vagando por los caminos les dice que junto a San Facundo encontrarán cobijo y caridad… Ahora quiere que acojamos a las dueñas de Liébana. Y mañana nos pedirá que fabriquemos un albergue de san Lázaro para los leprosos. Y otro para los mendigos ciegos… Nuestra abadía terminará pareciendo el estercolero de la cristiandad.
– Has olvidado a las rameras y a los gallofos. Y también a los artesanos moros -dijo ben Yacún con malintencionado gesto. Sabía que el mismo Adalbero apoyaba su censo en la puebla.
– Ellas y ellos pagan buenos dinares por el derecho a vivir en nuestros cotos. Y no vienen corriendo al monasterio cada día a pedirnos socorro o consuelo.
– ¿Qué piensas hacer con todos esos hombrecillos santos cuando nazcan? No habrá villa o ciudad en España tan reconocida por su santidad, lo cual será asimismo muy provechoso para vosotros.
Ben Yacún intentaba con sus burlas alegrar el ánimo del prior enfermo. Adalbero le pagó con una sonrisa abierta.
– Sospecho que el rey mandará que los maten apenas hayan nacido. El mismo Papa de Roma le escribió escandalizado ante esa abominación.
– Pero tengo oído que la practican en muchas partes.
– Sin duda. Pero no lo pregonan como si fuera la nueva evangélica y el remedio para las calamidades del mundo.
– Si es un hecho santo, justo es divulgarlo entre los pecadores -objetó el médico-. No es bueno que los santos ejemplos queden en secreto; y, según he escuchado, ésa es la gran misión que vosotros y los sacerdotes os habéis encomendado.
– La misma que tú, judío; pero aplicada al alma.
– Si difícil es curar los cuerpos, cristiano, imposible me parece a mí sanar los espíritus. Bueno: al fin y al cabo tú y yo vivimos de ello, aunque no de modo equitativo.
– ¿No te referirás a mi cuello?
– En una semana lo tendrás como el mío, no te preocupes… Pero, si me das tu bendición, iré a mi casa, prior. Tengo industrias que atender y la nieve parece querer multiplicarse rápidamente.
Ben Yacún se levantó, frotó su pierna inmóvil como si intentase darle un poco de vida, y se echó al hombro un saquillo liviano en que portaba sus yerbas y herramientas. Luego, antes de ponerse encima su manto de pieles de conejos, se situó de espaldas al brasero a fin de acopiar un poco de calor para el camino.
– Aguarda un instante. ¿Piensas entonces que debo presentarme ante don Alfonso y alabar su opinión de acoger a esas dueñas?
– Por ese camino te nombrará abad, Adalbero…
– Está bien. -El prior se levantó de su cátedra de madera y cuero, la que había usado el abad don Pascual para sus enseñanzas. Para ello se agarró del brazo del médico, como si precisase ayuda-. Acompáñame a la cocina, ben Yacún. Sé que van a ofrecer esta noche al rey una generosa bandada de pichones guisados a la manera de los mozárabes. Tomaremos unos cuantos para que cenes y niegues por mi salud. Todavía no hemos entrado en la Cuaresma… Ah, no te inquietes. Obedeceré tus prescripciones y me iré al lecho con medio vaso de agua.
– Será más provechoso que comiences mañana la dieta. Goza hoy de esos manjares, pero no olvides luego que debes hacerme caso. En tu propio beneficio, don Adalbero.
Salieron al corredor, que estaba oscuro pese a que no había llegado la hora nona. Algún criado había cerrado los postigos para que no penetrase la nieve. En el muro a cuyo lado descendía la escalera de piedra incluso habían prendido lámparas de sebo que, sin embargo, parecían con su precaria luz más anunciar la noche y sus fríos que alejarla.
– Once son, como los santos apóstoles después de que Judas se colgara del árbol… -iba susurrando el prior.
– ¿Quiénes? -preguntó el médico.
– Las de Liébana. Y en la abadía de San Pedro no hay espacio para tantas. Tendré que mandar ensanchar el edificio.
– Y cuando paran a sus vástagos, será preciso que levantes una iglesia para cada uno de ellos.
– Si el rey los deja con vida y los olvida, como sin duda ocurrirá muy pronto, mandaré que los devuelvan a ese famoso valle en el que fueron engendrados. Y que sus santos padres monjes se ocupen de sus beneficios… ¿Conoces tú la razón de tanta munificencia por parte de don Alfonso, ben Yacún?
– Imagino que será por dar gracias a Dios.
– ¿Cómo te atreves a proclamar tal herejía? -dijo don Adalbero, parado en uno de los peldaños-. El Papa escribía en su carta que era una creencia réproba e inspirada por Satanás, aunque algunos antecesores suyos la hubieran bendecido. No, no… Según creo, vivió en ese monasterio de Liébana, hace muchos años, un hombre muy sabio y muy poderoso llamado don Beato. Ese hombre fue el que impuso en el reino a uno de los abuelos de don Alfonso, cuando la corte estaba en Oviedo, después de grandes disputas entre muchos herederos al trono. Uno de los clérigos que aconsejan a nuestro rey se lo ha contado y le ha enseñado documentos antiguos, señalándole que si él posee ahora el cetro de León, aparte de sus grandes méritos, es por obra de aquel monje. Aquí tenemos un hermoso libro de comentarios al Apocalipsis escrito por él mismo y bien iluminado con hermosas pinturas que realizó el desdichado don Vismundo… Ese consejero fue profeso en Liébana, naturalmente… Así pues, don Alfonso desea agradecer aquellos favores antiguos acogiendo ahora a las dueñas. Y salvando de paso la vida de una de sus hijas secretas, que está entre ellas… Ahí encuentro yo la razón y el motivo de tan apresurado e inquieto viaje.
El prior reinició su marcha hacia la cocina, seguido por el paso renqueante del médico.
A ben Yacún le provocaban más risa que indignación todas aquellas inquietudes de su amigo. Sobre todo cuando recordaba a los niños que él mismo había visto nacer, o cuyo proceso dentro del vientre de sus madres había seguido, en la abadía de San Pedro. Más de uno era sin duda hijo de Adalbero.
Pero los monjes de Liébana no se habían limitado, al parecer, a fornicar con las monjas que vivían en la casa aledaña de su monasterio dúplice, cosa que todos sabían y justificaban como propia de esas abadías e incluso de otras que mantenían a las beatas más alejadas -por ejemplo, la de San Facundo-; aquellos santos varones, con su abad a la cabeza, habían determinado que esos ayuntamientos eran el mejor medio de allanar los caminos del Señor y de preparar su morada. Pues si hombres santos, como ellos eran, y mujeres santas, como lo eran sus vecinas, procreaban en abundancia, el Reino se iría poblando con tanta certeza como fecundidad de hombres santos, los cuales acabarían por expulsar a Satanás de la tierra.