Se entregaron, pues, con entusiasmo y piadosa dedicación a ese quehacer; mandaron cartas a otras abadías para explicarlo, llamaron a un reconocido teólogo de la ciudad de Reims para que escribiese un libro sobre su hallazgo y pasó poco tiempo hasta que en otros monasterios anunciaran su adscripción pública a la nueva regla lebaniega.
El Papa y sus sabios consejeros de Roma se negaron a compartir la teología de ese proyecto y no sólo fue condenado y reprobado con amenaza de excomunión al que lo mantuviera como salido de la enseñanza de los Padres antiguos, sino que el sucesor de San Pedro prohibió a partir de ese momento la edificación de monasterios dúplices. Ninguna abadía de dueñas podía estar situada a menos de una milla de otra de monjes, salvo las que existían ya.
El rey don Alfonso, cuando conoció tal decisión de boca de un legado, envió al abad de Liébana a una iglesia pegada al río Duero, allí donde sus aguas se hunden en una gran hoz de piedras y discurren furiosas entre altos muros de granito, una región tan vacía que sólo las alimañas la apreciaban; esparció a los monjes jóvenes por los prioratos más perdidos en las montañas de Asturias y de la sombría tierra de los vascones; perdonó a los viejos y enfermos y, en fin, tomó la resolución de recluir a las once monjas en estado de preñez en la abadía de San Pedro, cuya vigilancia y cuyo mantenimiento procuraba la de San Facundo. A Adalbero se encomendaba la misión de cuidar de ellas, pues muchas eran hijas o sobrinas de condes y de obispos e incluso entre las beatas había una hija no reconocida del mismo rey y de una princesa toledana.
– Aquellos santos varones de Liébana podían haber hecho discreción de su fe, ¿no te parece? -preguntó el prior.
– Al contrario -dijo ben Yacún-. Yo soy de su misma opinión, pues está escrito incluso en nuestro Libro que el santo ha de proclamar su santidad en todo momento y no dejar un instante de confesar la gloria de Dios. Si ellos habían descubierto ese remedio para salvar al mundo, ¿no habría sido un gran pecado ocultarlo a los ojos de los demás mortales?
– ¿Y qué ley de la naturaleza aseguraba que esas crías iban a ser tan devotas y santas como sus padres? No debe esperarse que el pollo sea lo mismo que el gallo, tú lo has dicho. El remedio era un poco arriesgado.
– Tal vez, pero no existe salvación sin riesgos -añadió el médico-. La actitud de ese Papa de Roma vuestro me parece llena de soberbia, de ira y quizá también de envidia. Sin duda será asimismo un gran perjuicio para vosotros los cristianos.
Olía a la salsa dulce de los pichones antes de que el prior abriese la puerta de la cocina monástica. Adalbero echó una mirada curiosa a ben Yacún, cuyos ojos expresaban la alegría que le proporcionaba el olfato.
– Si a los reyes cristianos les gusta tanto vestirse como los moros, alimentarse de sus comidas, bailar con su música y gozar de sus mujeres, ¿por qué no se convierten a la fe del Profeta y sellan para siempre la paz de sus reinos? ¿Lo sabes tú, Adalbero?
– Sólo sé que tu lengua te hará morir un día en la horca, enemigo de Cristo. Tienes la fortuna de que, ante tus palabras pecadoras, soy tan sordo como el abad Tructemiro.
Ben Yacún golpeó el suelo con su pierna seca y dejó escapar una risilla aguda.
Apenas se habían acercado al fogón en el que humeaba una buena montaña de pichones, entre otros alimentos que se cocían dentro de grandes ollas de hierro o se asaban sobre las brasas, entró corriendo un novicio seguido de un camarero del rey.
– Mi señor precisa veros en seguida, don prior. Está esperando en su cámara.
– ¿Quiere encontrarse con don Adalbero? -preguntó él.
– Eso me manda.
– Dios sea loado… Y en qué momento.
Con prisas encomendó el prior a los cocineros que preparasen una vasija grande con los pichones y otros manjares que ben Yacún eligiese a su voluntad; y que llamasen a un criado para que se lo llevara todo a donde el médico ordenase. Se despidió rápidamente de él con un guiño malicioso.
– Quizá don Alfonso me ha perdonado -dijo.
El rey caminaba con pasos largos por la cámara de los enfermos, tan caldeada y henchida de aromas que Adalbero quedó por un instante aturdido. Estaban también en ella el abad don Pascual y dos consejeros de don Alfonso, todos ellos sentados sobre una colina de cojines moriscos, además de los dos soldados que guardaban la puerta.
El rey de León se encaminó hacia Adalbero apenas traspasó la puerta, pasó un brazo por sus hombros y sonrió con la misma jovialidad que había mostrado siempre de muchacho, cuando aprendía a pescar en el río y hacía arriesgados equilibrios en las ramas de las encinas. Parecía aún más vigoroso que en los años de su mocedad.
– ¡Aquí tenemos a mi sabio prior de San Facundo!-dijo.
– Vengo corriendo y sofocado ante vuestra llamada, mi señor.
– Siéntate, siéntate, Adalbero.
Don Alfonso esperó a que lo hiciera; luego, continuó dando buenas zancadas de un lado a otro de la habitación, y tan afanoso que se le enredaba la túnica de seda azul en las rodillas cuando realizaba los rápidos giros.
– Quiero que me ayudéis los santos monjes de San Facundo -dijo sin detenerse- a que esta villa sea reconocida y alabada en el mundo entero tanto por sus riquezas como por su caridad. Y que el nombre de sus moradores merezca las mismas alabanzas. El Papa de Roma tiene el mismo empeño, así como el señor abad de Cluny… Para contentarlos os he pedido que cuidéis en San Pedro de las monjas de Liébana, sin dejarlas salir fuera de sus muros y sin permitir que nadie entre a visitarlas, salvo quien lleve cartas con mi sello. Con ello nuestro Santo Padre se sentirá muy contento…, y tal vez desista de su intención de gobernar con mayor ahínco en mi reino.
– No tengáis cuidado por ello, señor -dijo Adalbero-. Las beatas se guardarán encerradas y yo mismo vigilaré para que no sufran quebrantos o necesidades. Según vayan llegando los alumbramientos, os avisaremos para que nos expongáis vuestra voluntad.
Don Alfonso se paró delante del prior, que intentó ponerse de pie como manifestación de respeto. Sin embargo, el rey se dejó caer a su lado en el hueco que quedaba libre entre él y don Pascual.
– Pero esto no va a engrandecer el nombre de Sahagún, señor prior, sino sólo salvarla de posibles rapiñas que la acechan. He decidido también construir un gran hospital para peregrinos, con sesenta u ochenta lechos para que descansen de sus fatigas. Yo mismo pagaré la fábrica y enviaré cada año dinero para proveer a lo que sea necesario. También mandaré harina y vino para hacerles la caridad de sostenerlos. Preparad mañana los documentos oportunos. -El rey se dirigía a sus dos silenciosos consejeros-. Prior: tu abad y venerado maestro mío, don Pascual, me ha convencido de que nadie mejor que tú podrá llevar a término esta encomienda.
– Tengo ya previsto el lugar de ese hospital, mi señor. Hay fuertes muros al lado de nuestras defensas, en donde en otro tiempo se recogieron las ovejas. Y cerca del río. Bastará repararlos, poner techo y establecer el conveniente aderezo en el interior. Allí podría fundarse el hospital. Y no costaría mucho.
– Don Pascual estaba en lo cierto -dijo el rey-. ¿Lo tendrás terminado en un par de años?
– Incluso en uno solo, si encuentro buenos alarifes.
– Los encontrará, don Alfonso -dijo el abad con una sonrisa-. Los encontrará.
– Algún premio obtendrás por ello, Adalbero. Y duplicado si rebajas vuestro censo a los nuevos pobladores… Hemos de conseguir que se asienten en Sahagún los artesanos que huyen de sus reyes sarracenos, los canteros francos, los peregrinos que no tienen adonde volver, los monjes de los monasterios incendiados, los caballeros expulsados de sus dominios… Muy pronto Sahagún dejará de ser puebla fronteriza y necesitaré gente para que ocupe los nuevos campos del sur, hasta Toledo y aun más allá. Esta abadía será el semillero de nuevas ciudades. Os compensaré por ello y también a la villa misma.