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– ¿Quieres bañarte, mi joven señor?

– Temo por mi herida. Y don Ecta está temblando por miedo a que pueda mojarse. ¿Está muy fría el agua? -preguntó el infante.

– ¿Quién ha dicho tal tontería? Deja tu manto a un lado y yo te diré en qué lugar del río está el agua más templada hoy y menos profunda. Y también dónde se han refugiado los mejores cangrejos esta temporada, por si te atreves a echarles mano. -Le hizo un guiño cómplice-. Claro que apenas se ven; son tan negros como los hábitos de nuestro prior. El agua del Cea nunca ha sido mala para las heridas. ¿Cuántas nos ha curado a nosotros, Munio? Recuerda que por aquí arrastró el río los cuerpos de san Facundo y san Primitivo. Son aguas milagrosas, joven señor, aunque los monjes no lo sepan.

– Yo puedo ayudarte a pescar si tienes ganas -dijo Munio-. Es mucho más fácil que atrapar a los barbos.

– Munio pesca los cangrejos con más astucia que las cigüeñas. Ya le has visto otras veces -dijo el padre.

– Y como a los monjes no les gustan, porque tienen cascara, nos los comemos nosotros.

– Cuando era pequeño me diste uno y me mordió un dedo, Mutarraf. No lo he olvidado -dijo don Alfonso.

El pescador se rio. Recordaba aquella historia y la ración de azotes que le había propinado el ayo del príncipe, el conde Pedro Ansúrez, por semejante descuido. El hijo del rey había corrido hacia él llorando, con el cangrejo prendido de su dedo como si Satanás se hubiese enganchado en su carne, y el noble no dudó en utilizar el látigo para castigar al culpable. Mutarraf sabía que él era siempre culpable de cualquier cosa que ocurriese en el río y estaba resignado a ser azotado por ello. Así era la ley.

El joven don Alfonso había pasado muchos días de verano en Sahagún, protegido por los monjes del monasterio, enviado por su padre para que aprendiese de ellos y gozase de la frescura de su huerto y del río. Desde que supo colocar un pie detrás del otro sin caerse, lo recordaba Mutarraf triscando por el prado que bajaba desde el gran edificio de ladrillo hasta el borde del agua.

Se había hecho muy amigo de Munio entonces. Unas veces lo acompañaba su madre doña Sancha, que solía quedarse poco tiempo allí; las más, lo cuidaba su hermana la infanta doña Urraca, ocho o diez años mayor, que era fuerte, jovial y tan atrevida como para bañarse por la noche desnuda en uno de los remansos. Él mismo la había visto varias veces. Ahora era ya una mujer casada con un conde de Borgoña, aunque eso no le impedía regresar a Sahagún cuando su marido luchaba en la guerra.

Esta vez don Alfonso había ido también a la guerra, pues ya tenía edad para ello, y había regresado al monasterio con la herida de un venablo abierta en un hombro. Se la había hecho un capitán moro del reino de Toledo cuando asaltaba con la hueste de Ansúrez el castillo de Gormaz.

Afortunadamente, no era grave. De todas maneras, su hermana doña Urraca había corrido desde Galicia para estar a su lado y cuidarlo. Todo el mundo en León sabía que lo amaba más que su propia madre. Incluso más de lo debido. Pero a Mutarraf le tenían sin cuidado las habladurías de la corte; le gustaba conocer al infante y pasearlo en su balsa cada verano.

Cuando la varó al otro lado, muy cerca del bosque de chopos, Munio pegó un salto y se tiró de barriga en el río. Desde allí, entre risas y salpicaduras, llamó a don Alfonso para que se aventurase con él. El infante estuvo dudando un momento, vio que el prior caminaba ya hacia el puente, de prisa, por la otra orilla; finalmente se quitó la camisa por encima de la cabeza y se dejó caer en el agua. La sintió fresca y suave. Se puso de pie sobre los guijarros y las ondas le acariciaron la cintura. No quería que le alcanzasen la venda.

Munio se sumergió, agitó los pies en la superficie y Alfonso notó que el muchacho se abría paso por entre sus piernas, como una culebra. El hijo del pescador reapareció a su espalda, riendo.

– ¿A que no lo haces tú? -dijo.

El infante pensó que no podía permitir que un siervo de los monjes hiciese algo que a él le estaba vedado; aunque fuera su amigo. Así pues, se metió en lo profundo con un impulso; pero no sabía abrir los ojos debajo del agua y no acertó con el arco que Munio le ofrecía. A la tercera vez lo logró y se sintió tan feliz que comenzó a gritar y a intentar encaramarse en los hombros del otro. Estuvieron así jugando un buen rato, mientras Mutarraf los miraba sentado con las piernas fuera de la balsa y la mano en la pértiga. Luego, se puso de pie.

– El prior nos está esperando, joven señor, y puede castigarme. Vamos con él.

Fue Munio el que obedeció primero y el infante, como si tuviera miedo de permanecer solo en el río, lo siguió hasta la balsa, riendo aún y salpicando gotas de agua clara sobre la cara de su compañero.

– Cuando me proclamen rey, te nombraré conde, Mutarraf -dijo-. Conde de los barbos y de los cangrejos. -Se rio-. Y también Munio será conde. O infanzón, por lo menos. Infanzón del Cea. Pero tienes que decirle al prior que me resbalé sin querer en la balsa; que no me lancé al agua por gusto. ¿Te gustaría ser conde?

– Yo no sé lo que es eso, joven señor. Seguramente no me va a gustar ni sabré qué debo hacer siendo conde… A mí me place pescar truchas y barbos y cangrejos, y ver todo lo que hay debajo del agua. Pero si es tu gusto, seremos condes del Cea los dos. O lo que tú nos mandes. De ese modo los monjes no volverán a azotarnos, ¿no es así?

– Sólo yo podré azotaros, porque seré el emperador de España y nadie estará por encima de mí.

Bajo los gruesos troncos que sujetaban el camino de madera por encima del río, el prior Ecta estaba sentado con dos legos y el cillerero del monasterio. Este último, un hombre en la cuarentena, robusto, alto y de pelo rojizo, mordisqueaba un junco y escupía al agua de tanto en tanto. Se había remangado el hábito hasta la altura de las rodillas y tenía las piernas dentro del agua.

– ¿Cuánto has pescado hoy, Mutarraf? -preguntó al pescador antes de que amarrase su balsa junto a ellos.

– Los buenos hermanos tendrán para una cena, y aun les sobrará para hacer caridades.

Con la ayuda de Munio descargó el cesto lleno de barbos. Don Alfonso saltó directamente a tierra. El cillerero miró los peces, sopesó algunos de ellos, hundió el brazo en la resbaladiza cosecha y se quedó pensativo. A continuación, subió de un salto a la balsa y comenzó a hurgar con los pies en el atado de carrizos. Allí descubrió ocultos otros dos barbos.

– ¡Ah, ladrón! ¡Has vuelto a robarnos pescado! -gritó-. ¡Has vuelto a ocultar parte de nuestros peces!

– Yo no he hecho eso, señor. Quizás han saltado del cesto y se han quedado enredados en las juncias. Se habrá descuidado mi hijo…

– No me engañas, Mutarraf, moro infiel. ¡Vamos, agarradlo! -dijo a los legos-. Ya sabes que los peces del riel y todo lo que se mueve en sus aguas son propiedad del santo monasterio y de sus monjes. Y tú no eres sino nuestro siervo. Siete veces siete te lo he explicado, sarraceno. Puedes pescar cuanto quieras, siempre que nos entregues toda la pesca y que te metas en el río cuando yo te lo ordeno. Pero esa lengua pare-ce difícil para tus oídos réprobos. Sin duda el vergajo te ayudará a aprenderla más de prisa… Con tu venia, prior.

Llevaba él mismo un auténtico vergajo de buey atado a la cintura, lustroso por el uso, largo y flexible. Todos los hombres que dependían de la abadía de San Facundo, los campesinos, los artesanos, los comerciantes venidos de lejos y que iban aposentándose alrededor del próspero monasterio; todos conocían la maestría y la frecuencia con que el cillerero lo utilizaba. De tal modo que ni los mismos servidores del cenobio se atrevían a asomarse a las bodegas y despensas que custodiaba aquel hombre irascible.