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La miraron los tres como si ante ellos hubiera aparecido un demonio. El rostro de la muchacha era muy blanco, casi redondo, sosegado como el de un niño dormido; el círculo verde de los ojos estaba rodeado de la huella roja del llanto; los labios gruesos permanecían cerrados; alrededor de la alta frente asomaban apenas, bajo la capucha del manto de Martín, unos pocos cabellos amarillos.

Aquel al que los demás obedecían dio un paso hacia las sombras del altar, con las dos manos colocadas por delante del pecho. No aceptarían que aquella mujer viajase a su lado, afirmó. Ninguna mujer podría recorrer el camino con ellos, aunque fuese hermana del peregrino. Tenían hecha una sagrada promesa y no faltarían a ella ni siquiera con riesgo de sus vidas o de la vida de la muchacha. Les prometió Martín que cabalgarían por detrás de ellos, a una docena de pasos al menos, y que buscarían siempre distintos albergues y hasta pisarían otras huellas. Tan sólo deseaba su compañía porque ya el invierno se cernía sobre las montañas y más adelante había muchas muy elevadas y peligrosas. Y por tal servicio les pagaría con dos preciosas reliquias que llevaba: un fragmento grande del lienzo con el que Cristo se había defendido del sol cuando entró en Jerusalén montado en un burro, en el día de su triunfo, y un trozo de una costilla de Santiago.

Una y otra vez se negaron, sin atender tan generosa oferta. Ni siquiera aceptaron proseguir el camino hacia los valles que les esperaban un poco más abajo.

– Podemos viajar solos, no te preocupes -dijo entonces Adosinda-. Yo conozco muy bien estos lugares.

Era la primera vez que la oía hablar, la primera vez que escuchaba su palabra; y fue su voz la que le decidió a pasar a su lado lo que le quedase de vida.

Pero Dios no había querido que esa vida fuese tan larga como la que Martín pudo soñar en aquel momento.

Y ese dolor injusto era el que le impulsaba ahora a recorrer la brevedad del tiempo. Tiempo breve: aunque durante aquellos años el prior frisón se había quedado ciego y la inclinación de su espalda lo iba empujando con apresurado afán hacia su sepultura; aunque había muerto el dueño de aquellos reinos y su hijo ocupaba como rey el mismo trono; aunque durante aquellos años la barba rojiza del peregrino le hubiese cubierto ya por completo el rostro; aunque a veces creyese encontrar más confusión en su cabeza y menos fuerza en sus brazos…

La medida del tiempo era distinta según con qué se hubiera llenado, pues la porción de vida que Adosinda había completado cerca de él resultaba a la vez demasiado escasa y sobreabundante.

Ella conocía perfectamente aquellos lugares porque siempre había vivido en ellos y porque desde niña los había recorrido muchas veces. Su padre no era un conde poderoso, como había dicho doña Paya, sino un potestas de cierta calidad a quien el rey había mandado gobernar los valles meridionales de El Bierzo. Había sido, que ya no lo era, dijo Adosinda conteniendo las lágrimas.

Tres años hacía se enfrentó en una batalla con una hueste de rebeldes montañeses, que rebuscaban oro en secreto y sin permiso del rey en las antiguas minas de los romanos del monte Medulio, y a su padre don Magino le clavaron una lanza en el pecho. Su madre murió de dolor, las propiedades del potestas pasaron a las manos del nuevo capitán y a ella la había recogido una tía que era dueña de la aldea de Peñalba, aunque tan pobre como los mismos pastores de sus ásperas montañas. Sus dos hermanos se fueron a Braga a alistarse en las tropas de un conde.

– A mí terminaron entregándome a doña Marrana, para que me recogiese en su cenobio -dijo Adosinda-. A cambio de esa obra de caridad, mi tía donó a la abadesa una pequeña iglesia que tenía en Peñalba, hecha por cautivos moros y sin beneficio alguno, aunque muy bella. No por gusto mío sucedió todo esto -añadió-, sino porque es así como Dios Nuestro Señor manda que se hagan las cosas.

No pidió a Martín que se quedase con ella, sino que la abandonase en cualquiera de aquellos secretos valles en los que mucha gente la conocía y sin duda no la había olvidado. O que la devolviese a su tía o a un hermano de su madre, que era ferrero junto al río Compludo, ya que no deseaba, ni con súplica de los mismos ángeles, continuar encerrada en la abadía de las monjas de santa Egeria. Aunque le mostró en seguida, con sonrisas, besos y muchas palabras, su agradecimiento por haberla sacado de aquella prisión, tampoco quería alejarse para siempre de su país y viajar hasta las tierras desconocidas de Francia.

Cabalgaron los dos juntos y solos hasta uno de aquellos valles, entre bosques dorados, ríos felices y viñas y árboles cargados de frutos.

Un monje refugano que por aquellos campos predicaba una herejía antigua les indicó una choza en donde pasar su primera noche. Durante la cena, a lo largo de un crepúsculo que el viento iluminaba, Martín quiso convencerla de que continuase con él, pero no sabía recitar con ajustadas palabras las maravillas de su tierra natal. Se le habían olvidado casi todas, habían quedado borradas por el polvo del camino. Adosinda, en cambio, no había dejado de soñar con las alegrías de su infancia, y tan deliciosos le parecían los inclinados campos de centeno como las truchas de los ríos, las canciones de los pastores como la soledad de las montañas, los espesos mantos de nieve como los cuchillos invernales del frío.

– Puedes quedarte conmigo.

– ¿Aquí, para siempre? -preguntó Martín.

– Hasta la llamada de Dios.

Durmieron muy abrazados, para darse calor y para transmitirse los fuegos de un amor que no intentaban comprender.

El peregrino se despertó muy pronto a causa de los aullidos del viento; permaneció inmóvil mucho tiempo para que ella no padeciera sobresaltos, queriendo mirarla en la oscuridad, aturdido por el aroma de su cuerpo. No podía encontrar la huella de su destino. ¿Dónde estaba? ¿En qué dirección debía seguirlo? Quizá su obligación era regresar a casa, buscar en las cenizas de Châtillon un alma a la que dar cuenta de su fidelidad a la promesa, perseguir el rastro borroso de su madre…

No todo podía haberse perdido tan pronto. Pero también imaginaba que quizá lograse ser más dichoso varado para siempre junto al camino en el que había descubierto una vida nueva, al lado de aquella muchacha que respiraba dulcemente a su lado.

Volvió a dormirse, a pesar del viento y del desasosiego, y tuvo una visión luminosa y clara. Su maestro don Ramírez estaba sentado sobre una piedra, con la saya por encima de las rodillas, como tantas veces en su casa, riendo mientras comía una flor. Martín sabía que solamente se tienen visiones en las proximidades de la muerte, pero el brillo que rodeaba a aquel hombre santo, su piadosa risa y la serenidad de sus ojos, eran como un sermón de paz y de vida. Le estaba señalando que debía sentarse a descansar de tantas fatigas; y en el mismo lugar en que se hallaba.

La tía de Adosinda no quiso volver a aceptarla en su casa, pero el hermano de su madre les cedió una cabaña de piedra, vecina de la ferrería, a cambio de ayuda por parte de Martín. Las aguas del río que saltaba por lo hondo del valle levantaban un tronco enorme, a través de un mecanismo que al peregrino le pareció al principio diabólico, y ese tronco, armado de una cabeza de hierro, golpeaba al caer las piezas de metal enrojecido colocadas sobre un yunque.

Él se ocupaba principalmente de atropar leña y de transportar en su mula por la comarca las piezas que salían terminadas de la fragua.

Sólo la proximidad y los brazos siempre afectuosos de Adosinda retuvieron a Martín tantos años en aquellos valles remotos. Y allí habría seguido en aquella hora si la llamada de la trompeta de Dios no hubiera sonado con tanta precipitación y quebranto. Tal vez el prior ciego era o había sido uno de los monjes trasfuganos, pero aun así se escandalizaba ahora de lo que el peregrino había visto y torpemente le contaba.