Guacelmo, al ver al peregrino con la pieza de cecina entre las rodillas y el cuchillo dentro de ella, levantó su cayado y echó a correr, amenazador:
– ¡Ah, pecador impío! ¿No sabes que hoy es el día santo del viernes? ¿No sabes que está prohibido comer carne?
Martín no sabía que fuera viernes. Mas, en vez de excusar la ignorancia propia de un viajero acerca del cómputo de días, meses, fiestas y vigilias, apuntó con el cuchillo hacia el monje y se le quedó mirando furioso.
– ¡Hierro comerás tú sí te acercas! -le dijo.
Guacelmo se quedó parado a cinco pasos de él.
– En mi hospital tienes sopa caliente, pura y bendecida, y un diácono piadoso que te lavará los pies -dijo con ademán manso-. Por un precio muy ruin, créeme, ya que eres santo peregrino. Ven conmigo.
No estaba fría la mañana, pero Martín consideró que una sopa le vendría mejor a su estómago maltrecho que la áspera cecina de oso. Devolvió la pieza a las ánguenas, guardó el cuchillo, tomó las riendas de la mula y se puso a caminar al lado del monje.
– Poco provecho me hicieron las misas de tu santo ermitaño, don Guacelmo -le dijo-. Tendrás que devolverme los cinco sueldos y darme gratis tu sopa como penitencia por la mentira.
– ¿De qué sueldos me hablas, peregrino? ¿Quién es ese ermitaño?
El peregrino le recordó lo sucedido, aunque estaba seguro de que el monje no podía haberlo olvidado. Pero los lamentos con que éste se justificaba acabaron ablandándole el corazón.
Así había sucedido, desde luego, aunque Guacelmo podía ya reconocer a tantos transeúntes a los que había vendido falsas misas por miedo a las penas del infierno. Lo había hecho, dijo, con un santísimo propósito. Que no era otro que el de construir con el dinero obtenido, en medio de aquellos inhóspitos montes, un hospital para los peregrinos descarriados e ignorantes de las calamidades del camino. Y, al mismo tiempo, un cálido refugio para su propio cuerpo, cansado de tanto subir y bajar las sierras.
– Aquí tienes mi hospital, hermano; todavía pobre sin duda, pero muy beneficioso para todos, particularmente en el invierno -añadió-. Y tampoco creas que el engaño fue completo, pues un décimo de las limosnas que mi predicación mereció se lo entregué siempre al anacoreta Genadio, que vive por los valles de ahí abajo, a veces dentro de los vientres vacíos de los árboles. Cuando lo encontraba, claro… Si sus misas no fueron útiles, será suya la falta, no mía. Ya que debemos cumplir siempre la voluntad de Dios, amén.
– Otro remedio no nos queda, desde luego -dijo Martín.
Le dispensó sin pena del pago del dinero, aunque recibió a cambio la sosa comida de abstinencia y también un lecho cálido para pasar la noche.
El hospital estaba vacío y el peregrino muy cansado. Guacelmo y su diácono, un muchacho servicial y alegre llamado Piniolo, le entretuvieron relatándole antiguos milagros y cuentos de peregrinos, de los que sabían muchos. Se sentía tan bien en la cumbre de aquel monte, le pareció tan saludable y beatífico el aire que lo barría suavemente, que decidió permanecer cinco días en el albergue del monje para recuperar su salud. Ellos se lo agradecieron también, ya que la época era mala para su oficio, se aburrían los dos solos y aquel hombre de semblante desdichado era, cuando se animaba, buen contador de historias.
Pero Martín, pese a las comodidades encontradas con Guacelmo, se dio pronto cuenta de que debía moverse con más prisa si no deseaba que le cortaran el paso los grandes calores de la estepa, antes de pasar a Francia. Sentía que estaba obligado a hacer algo que no terminaba de desear, como si los perdidos brazos de Adosinda lo estuvieran todavía llamando a su espalda; como si caminase hacia un desierto vacío.
Así pues, le habló a su mula para que recobrase los ánimos, pues también el animal se mostraba a cada paso más apesadumbrado y remiso, sin duda a causa de los muchos años y de los pesados trabajos realizados en los valles de El Bierzo. Y, como se sentía con más fuerzas en las piernas, comenzó a bajar a pie los últimos montes, dejando a su espalda la cabeza triste del Irago y a su derecha el gorro de nieve todavía cubriendo la del sagrado Teleno. Sabía que desde allí, y hasta las montañas espesas de la Oca, le aguardaba una inmensa llanura con diversos rostros: verde, fértil y apacible en los comienzos, hasta la misma ciudad de León; luego, pedregosa, triste y árida.
En Astorga se detuvo medio día contemplando curioso las obras que el obispo realizaba en su palacio. En vez de llamar a los canteros, había mandado echar a tierra un templo de los romanos que ya no servía para nada, pues Almanzor y otros guerreros lo habían destruido mucho, y la morada también ruinosa de un antiguo gobernador romano; con sus buenos materiales estaba levantando la casa.
Las murallas de piedras sin cortar estaban menos enteras aún que las de Compostela, pero nadie había reparándolas, sin duda por escasez de enemigos. Sin embargo, por la ciudad se movían tantos o más monjes, sacerdotes y beatas que por la del apóstol. Por entre ellos, empujándolos contra las paredes, grupos de hombres que guiaban largas y chirriantes carretas cargadas de paja de centeno para colocar con gran maestría en los tejados de las casas. Ninguno se paró a saludarlo o a mirarlo siquiera: parecía gente hosca, taciturna y secreta.
Los clérigos, que estaban ociosos y eran muchos, sí que le hacían preguntas acerca del camino que traía, de la rectitud de su fe, de su perseverancia en ayunos y abstinencias, de su disposición a abominar de toda herejía…, como si quisieran confesarle en plena calle; y le conminaban a que no visitase los prostíbulos de las murallas, ya que se había declarado allí una maligna epidemia que se manifestaba con bubas purulentas en el carayuelo y una especie de garrapatillas pequeñas clavadas en los compañones, en donde mordían con gran voracidad y apremio. Uno de esos solícitos druidas que le hablaron de tal peste, muy orgulloso y firme en su profesión de intermediario entre Dios y los hombres, lo condujo casi a la fuerza a un hospital recién abierto, a cambio de que lo convidase a comer.
– Y tenemos otro que se ha empezado ya, con lo que superamos a León y a Burgos en caridad con los peregrinos -dijo muy contento, tirándole del brazo.
Se alejó de Astorga para poder dormir tranquilo más adelante, sin miedo a las solicitudes de tantos galloferos disfrazados de santos.
Al lado del río Órbigo, alrededor e incluso dentro de un bosque ya florido y perfumado, aparecían plantadas varias tiendas de caballeros; algunos grupos de soldados cantaban y bebían, unos entre los árboles, otros en los prados que bordeaban el río. Varios ciegos en grupos de dos y de tres cantaban, rezaban y pedían limosna por los campamentos; a unos los despedían con mendrugos de pan y a otros con patadas en las nalgas. Pensó Martín que toda aquella gente se estaba preparando para la guerra y, antes de preguntar lo que no quería saber, siguiendo el consejo del hospedero de Molinaseca, guio a su mula río arriba, más allá del puente, para buscar un refugio en el que pasar la noche.
Otros dos peregrinos dueños de excelentes caballos trabados junto a ellos debían de haber pensado lo mismo que él. Estaban hablando con voz débil debajo de un sauce cuyas ramas acariciaban la yerba a impulso de la brisa. Eran aragoneses y tenían prisa por llegar a Compostela y volver antes de la fiesta de Pascua.
– No es una guerra lo que tienen esos señores, aunque bien lo parezca -dijo uno de ellos al peregrino-, sino dos juicios de Dios mañana por la mañana. Nos quedaremos a disfrutar de ellos, a pesar de que vamos a perder una jornada.
El otro estaba friendo huevos sobre una lumbre de palos recogidos en el mismo lugar, según el canon de los monjes benitos: es decir, revolviéndolos, batiéndolos, volteándolos y esperando a que endureciesen y disminuyesen sobre el fuego. Sacó los seis ya cocinados para su amigo, puso más tocino en la sartén y rompió otros tantos.