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Todo el mundo quedó inmediatamente silencioso; la gran algarabía, la música, los alaridos de ánimo, los cantos desaparecieron. A cada siete pasos, un soldado con lanza y un ballestero impedían que los curiosos invadiesen la yerba de la liza. Luego, desde una torre baja de madera construida al lado del palco, los trompeteros, con trajes muy vistosos, lanzaron el primer anuncio hacia un cielo luminoso y azul.

A los dos extremos del prado estaban ya preparados los caballeros en sus monturas. Sendos escuderos terminaban de fijar sus arreos y armaduras: casco en la cabeza con almete y visera, peto, piezas de malla y de cuero alrededor de todo el cuerpo, ensambladas con hebillas, ganchos y correas… Y ondeando, sujeta a un hombro, la divisa de seda que cada cual defendía: los mozárabes, cárdena; los romanos, amarilla. Los caballos parecían también dragones, tan tapados estaban por antifaces, terciopelos colgando de las grupas, pecheras de hierro, flanqueras de cuero a ambos lados… Relinchaban enfurecidos y nerviosos.

– Estás a punto de perder dos talentos de oro, Martín -dijo frotándose las manos el canónigo.

– Dos más apuesto ahora mismo, si quieres.

– No tenemos cerca el abad… Y tampoco quiero que vuelvas mísero a tu patria.

– ¿Morirán los caballeros?

– Espero que dos de ellos lo hagan -dijo el otro aragonés con mucho entusiasmo.

– E irán a la horca los otros, por homicidas -dijo Martín.

– A los vencedores no les seguirá daño alguno ni habrá demanda contra ellos: ésa es la ley de los juicios de Dios. Al contrario, recibirán grandes honores y los juglares cantarán su gesta.

Atronaron de nuevo las trompetas y al mismo tiempo se lanzaron los caballeros uno sobre otro. La lanza de madera de uno se rompió al chocar contra el escudo del otro, que era el de Besalú, pero ninguno de los dos cayó al suelo. Se saludaron con un gesto de la cabeza y regresaron a sus sitios. Hubo una pausa que los espectadores aprovecharon para acariciar los zaques de vino, para animar a los suyos y para protestar de ciertos detalles de las armaduras y de los caballos que habían pasado como relámpagos por delante de ellos.

En el segundo encuentro, el conde de Grajal, don Flainiz, cayó al suelo con gran estrépito de hierro, relinchos del caballo y maldiciones. El de Besalú se acercó al obispo don Bernat para entregarle la divisa amarilla vencedora, que él ondeó puesto de pie, entre más abucheos que aplausos. El canónigo aragonés sonrió astuto y abrió su bolsa ante los ojos del peregrino. Pero la fortuna hizo mudanza en el combate siguiente.

El conde gallego no sólo derribó del caballo al paladín castellano, sino que le dejó el brazo izquierdo partido, sangrante y colocado de una manera muy extraña por encima de la cabeza.

Recogieron de prisa a Díaz de Vivar sus escuderos y se lo llevaron a su tienda entre los árboles. Don Dionís repitió el anterior rito delante del obispo de Astorga, que incluso se bajó ceremonioso del palenque para dibujarle la señal de la cruz sobre la cabeza.

Se retiró la barrera de lanceros y ballesteros, abandonaron la torre los de las trompetas para juntarse con algunas mujeres jóvenes que los esperaban abajo, hicieron grupos los clérigos en la yerba, saltaron a la palestra los vendedores de dulces, castañas y uvas secas, así como algunos grupos de músicos y goliardos solitarios que demandaban monedas por su trabajo. Arrancaron la espita de sus barriles los que repartían vino, sidra y cerveza. Los peregrinos de paso que se habían detenido a contemplar aquel juicio inesperado procuraban encontrar compañeros nuevos para el resto del viaje…

Martín y los dos aragoneses se sentaron para discutir lo sucedido y elogiar el brazo y el tino de sus luchadores preferidos. Los misterios litúrgicos que allí se estaban dilucidando parecían repentinamente olvidados por todos; quizá muchos ignoraban incluso, y desde el principio, las razones por las que los obispos habían dispuesto aquel juicio de Dios y por las que tan reconocidos caballeros se aprestaban a darse muerte.

Al mismo canónigo de Jaca le inquietaban ahora menos los cantos mozárabes, que en la isla del centro del río seguía prodigando el cortejo del obispo astorgano, que las fuerzas del caballero de Besalú, una vez fuera de la liza el castellano Díaz de Vivar.

– Ya os dije que el gallego parecía don Roldan resucitado. O su fantasma -dijo muy contento Martín.

– Si afirmases tal cosa en tu patria, franco, te ahorcarían. ¿Cómo comparar a don Roldan con un necio caballero del condado de Portugal?

– No visteis su espalda en el río, mientras se bañaba… Era como las vuestras y la mía juntas. Más las ancas de mi mula.

Nuevos toques de trompeta desde el centro del prado anunciaron la segunda parte del duelo. Y se repitió el ceremonial, con gran regocijo y pasión creciente entre los curiosos.

Puñados de campesinos y de pescadores de truchas, algunos viajeros de paso y rezagados de Astorga y de León se habían unido a quienes ya disfrutaban desde el comienzo de la ordalía.

Pero la segunda parte fue mucho más breve. En el primer encontronazo, don Dionís acertó a clavar su lanza en el cuello del caballero de Besalú, por encima de su escudo; cayó el paladín romano al suelo, acompañado de un chorro de sangre que enrojeció la grupa de su caballo, la divisa amarilla, su armadura y finalmente la verde yerba.

El choque de su cuerpo en el suelo fue acompañado de gritos de júbilo, aplausos, saltos de alegría y cánticos de salmos de acción de gracias por parte de la mayoría de los presentes, que evidenciaban así su apoyo a la liturgia mozárabe o, por lo menos, al gigantesco don Dionís de Portugal.

Como la vez anterior, recogieron del suelo su cuerpo, que había quedado inmóvil después de los estertores, y se lo llevaron entre varios a donde tenía las tiendas la gente de su condado, seguido por cuatro sacerdotes que sin pararse le estaban dando la extremaunción.

Los dos obispos se quedaron un rato en sus sillas, conversando y bebiendo de unos vasos de plata llenos de vino. Después, se dieron el beso de la paz y cada uno empezó a caminar a la cabeza de sus fieles y servidores. Los curiosos los admiraron un rato, su porte, sus lujosas ropas, la santidad de sus gestos, y a continuación se entregaron a las diversiones que tenían más cerca y a las variadas comidas y bebidas que se multiplicaban junto al Órbigo.

Martín se acercó con los aragoneses ante el escribano, que le entregó los cuatro dinares ganados.

– Se ve que el diablo está contigo, franco -dijo el canónigo.

– Así es, pero tenías que haberlo averiguado antes. Y haber visto a don Dionís en el baño… Quizá también Dios lo vio y no ha tenido más remedio que darle la victoria.

– Herejes son esas palabras -aseguró el otro sacerdote.

– Desde luego. Por eso os he ganado.

Fueron caminando juntos hasta donde habían dejado los caballos.

– Si paráis en lo alto de Foncebadón, al lado del monte Irago, dad mis saludos al monje del hospital. Se llama Guacelmo. Su comida es mala, pero tampoco engaña en el precio.

Reconfortado y contento por cuanto había visto y por las dos monedas de oro ganadas, se unió a los primeros que regresaban a León después del juicio.

Cambió su sombrero de peregrino por el turbante de Iscam, cuyo hermoso color se había tornado gris y al que también había cosido una concha venera, y no le faltaron durante el camino ni conversación ni amistad.

Los leoneses se mostraban un poco inquietos porque se habían difundido nuevos rumores de guerra. Y no contra los sarracenos, lo cual hubiera alegrado a todos. Los reyes de las taifas seguían al parecer pagando sus parias y no había motivo ni prisas por atacarlos. Al-Mamun de Toledo, cuyo vasallaje había pasado en herencia al rey de León, mandaba cada año sus buenos diez mil dinares, con lo que don Alfonso podía pagar a muchos soldados. Lo mismo hacía el rey de Zaragoza con Sancho de Castilla y lo mismo habían hecho los de Badajoz y Sevilla con García, mientras fue rey de Galicia. La guerra se preparaba otra vez entre los dos hermanos más poderosos.