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– ¿Cómo otra vez? -preguntó Martín al hidalgo que le hablaba.

– ¡Claro, eres franco e ignoras lo sucedido! -le excusó el otro-. Hace unos cuatro años tuvimos un mal encuentro en Llantada, en nuestra frontera del río Pisuerga. Los castellanos dijeron que nos habían vencido y tal vez tenían razón. La verdad es que nos retiramos a tiempo… Aunque llevábamos buena fuerza y nos ayudaban caballeros de doña Urraca, la dueña de Zamora, y de doña Elvira. Son las hermanas de los dos reyes -añadió ante el gesto de Martín-, aunque las dos prefieren a don Alfonso. Sobre todo la primera, naturalmente.

El hidalgo lo dijo con voz muy fuerte y quienes los acompañaban rompieron a reír; continuó:

– Nos vencieron, quizá, pero cada rey ha seguido en su reino y no hace ni tres meses que don Sancho estuvo aquí en León firmando paces con su hermano don Alfonso. Claro que con unas paces parecidas fueron los dos contra don García, el rey de Galicia, y Sancho ha sido más listo y se ha quedado con su reino. Seguramente has visto por allí al castellano, si vienes de Compostela… Desde que murió la madre no saben en qué rincón encontrarse para quedarse el más fuerte de ellos con los tres reinos. Pasado mañana tengo que ir a ver si nos ponemos otra vez a caballo. ¿Quieres luchar a nuestro lado? Ya tiene don Alfonso a muchos francos de su parte.

– No soy más que un pobre peregrino y diácono del señor -dijo Martín humildemente.

– Pues con ese sombrero y esa figura, más pareces heraldo de los reyes moros del septentrión, si es que alguno se mantiene en su trono. La venera no te sirve de mucho disfraz, no… Bah, qué importa. Si tienes ganas de cortar unas cuantas cabezas castellanas, búscame en León. Me llamo don Froila. Mi casa está junto a la iglesia de San Andrés.

El judío ben Saruq también estaba inquieto por la guerra, aunque no asustado. Era uno de los banqueros que apoyaban a don Alfonso, como había hecho con su padre don Fernando, cobrador de sus tributos a los infieles del sur, y estaba seguro de que el rey leonés terminaría venciendo a su hermano.

Recibió a Martín con grandes muestras de afecto, pese a que no habían estado mucho tiempo juntos la única vez que se habían visto. Le pidió incluso que permaneciese en su casa si quería, donde su mujer y su hija podían cuidarlo bien. Antes de que Martín le relatase su desgracia, ya ben Saruq parecía haberla adivinado.

Efectivamente, había muchos franceses en León. El joven emperador don Alfonso tenía con ellos gran magnanimidad, ya que era muy devoto de los monjes de la abadía de Cluny y también de su rey, Felipe el Capeto. Pero, además, la ciudad se había enriquecido mucho. Ben Saruq le dijo que desde que don Fernando había traído de Sevilla las reliquias de san Isidoro y había construido para ellas una suntuosa basílica, aunque todavía no terminada, el santo obispo parecía haber hecho con los leoneses un milagro cada día. El único que no quiso hacer, se lamentó el anfitrión, fue el de salvar la vida a su viejo rey. Había venido enfermo de sitiar Valencia, estuvo tres días tumbado encima de una piedra helada, frente a las reliquias, cubierto de ceniza y atado con cilicios, en medio de los fríos terribles de diciembre y mostrando una gran penitencia y una devota piedad, pero ni aun así quiso Dios apiadarse de él; durante treinta años había sido emperador de los cristianos.

En fin, lo importante era que rebosaban los mercados, cientos de artesanos de todas clases se establecían fuera de las murallas, porque dentro no cabían, venían mercaderes, maestros e hidalgos de Andalucía y de Francia…

Más de mil quinientas almas se refugiaban dentro de las murallas que sesenta torres sostenían, como desafío al tiempo en que Almanzor había dejado una sola para que pudiera saberse dónde había estado la ciudad que arrasó; palacios, iglesias y conventos crecían sin descanso entre palomares y huertos…; incluso en su mismo barrio del puente meridional sobre el Bernesga, extramuros, se habían establecido veintitrés familias hebreas venidas de Granada, donde el emir Badis había mandado matar a más de cuatro mil personas de su raza no hacía mucho. Todo aquel esplendor era mucho más digno de contemplar, añadió ben Saruq, que probar el riesgo de emprender un precipitado retorno a su patria, allí donde quienes lo esperaban podían de todas maneras esperar un poco más.

– Tal vez tengas razón, amigo mío -dijo Martín-. No estoy seguro de que alguien me aguarde en Châtillon. En cuanto a los monjes de Marmoutier, será mejor que no vuelva a verlos nunca… Compruebo además que tu hospitalidad es buena y quizá debo buscar, en esta ciudad o en otra parecida un medio de enterrar algunos recuerdos… Pero deberás dejarme ayudarte en tu casa si quieres que me quede contigo.

Martín no había olvidado en el valle de El Bierzo el arte de contar las cosas, ni tampoco el de escribir las palabras, en el que Iscam de Gormaz había ido iniciándolo. Ben Saruq apenas podía sobrellevar él solo tantos asuntos como pretendía.

Durante nueve semanas, por lo tanto, el peregrino recuperó por completo la salud y la alegría en aquella casa plácida y bien organizada. Madre e hija lo cuidaron como a uno de su sangre y él, a cambio, hizo cuanto pudo para satisfacer a ben Saruq. Acudió con él a los mercados, negoció con los artesanos, cobró dinero de sus préstamos, conoció a clérigos ilustres y departió con nobles muy ricos y valerosos…

Tuvo incluso tiempo de recoger algunas reliquias nuevas, pues en cada momento se preferían unas a las otras y surgía devoción a santos nuevos, lo mismo que ocurría con las ropas, los vinos y hasta las oraciones y los cánticos.

Sara, la hija del banquero, le ayudó muy dichosa en esa tarea, sobre todo preparando los títulos con sus letras delicadas y llenas de adornos. Incluso ella misma ideó una reliquia que ninguna iglesia del reino poseía aún: era un trozo del maná que Dios había enviado a los israelitas en el desierto del Sinaí. Hizo cinco de ellas con harina de escanda y ceniza, bien amasadas, y figura de pájaro pequeño.

Se ocupó también el peregrino de enviar a Granada, a través de un judío que decidió regresar en busca de su familia, la mitad del dinero que en el camino de ida habían dejado Iscam y él, aumentado con el beneficio del tiempo que ben Saruq insistió en pagarle. Pues el recuerdo del mozárabe no quería perderlo, ni tampoco su amor a él.

Cuando se despidió de su amigo, un día en que el estío ofrecía ya su calor seco y una deslumbrante luminosidad, había abandonado en lo más hondo de las alforjas su traje de peregrino y vestía como un mercader próspero; montaba un buen caballo, que caminaba ágil delante de su nueva mula de carga, satisfecho de que hubiesen retornado a su cuerpo las carnes que había perdido durante la enfermedad de Adosinda. Tal vez Dios lo había castigado por algún pecado que no podía recordar, pero estaba seguro de que ya se lo había perdonado por sus muchas penitencias.

En el mercado del miércoles anterior había apalabrado compañía con unos mercaderes de vino que regresaban a sus bodegas junto al río Cea. Ben Saruq le había prevenido contra el gran número de asaltantes que habían aparecido más allá del Porma: unos eran castellanos que deseaban alterar a las gentes de su enemigo don Alfonso, otros eran leoneses desertores de los ejércitos o que buscaban dinero para comprar armas y caballos a fin de enrolarse en ellos. Raramente se lanzaban sobre los peregrinos, a los que poco podían robarles, pero no tenían compasión alguna con el resto de los viajeros.

Los dos ricos vinateros, además de llevar guardias propios, encabezaban una pequeña caravana de la que formaban parte tres carretas cargadas con cubas ya vacías, seis boyeros y varios criados. Se movían muy despacio, lo cual no incomodaba en absoluto a Martín.

Era jugoso y bello el paisaje, florecían los campos y los ríos bajaban llenos y limpios. Cantaban los jilgueros y los mirlos en los límites de los bosques y los cucos extendían sus rítmicas llamadas, ocultos entre las zarzas; las cigüeñas planeaban suavemente alrededor de los humedales; los conejos saltaban casi invisibles de un lado al otro del camino.