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– Mal marido es ese que te abandona de tal modo -dijo Martín.

Pero ni siquiera era tal, realmente, explicó la mujer.

Pues don Pascual, el abad, obedeciendo a una carta del Papa, había ordenado que todos los sacerdotes de sus territorios repudiaran a sus esposas y expulsaran de casa a sus hijos, incluso a los más pequeños. Ya que a la madre Iglesia no le gustaba ahora que los ministros de Dios estuvieran casados. Y en lo que a ella concernía, el rigor era todavía más grande, porque había sido cautivada entre los moros y entregada al sacerdote, el cual se había otorgado el sacramento a sí mismo. Como, por otra parte, su esposo don Gutino se había mostrado muy remiso a la obediencia del nuevo precepto del Papa de Roma, al hijo que tenían lo habían llevado al monasterio de San Facundo para cuidarlo allí entre los monjes, a él lo habían conducido a la guerra y a ella la dejaban sola.

– Tal vez puedas hablar tú con el señor abad o con el santo obispo de Astorga para que nos perdone -añadió.

– Conseguiré que te dispensen de ese canon, señora. Yo mismo te traeré la bula en cuanto llegue de Roma.

– ¿Quieres cenar en mi casa, señor legado? -preguntó llena de agradecimiento la mujer-. Todavía me quedan algunos gallos en el corral. Si me das tiempo a preparar uno.

Fueron hasta allí para dejar las caballerías, seguidos de las miradas recelosas de los leprosos. Mientras él ataba a las bestias, la mujer se metió en un cobertizo con paredes de celosía, ramas y carrizos toscamente entrelazados, atrapó a uno de los gallos que empezaba ya a adormecerse en su vara. Salió con él bajo el brazo, tomó un hocín colgado detrás de la cancela, agarró al ave por la cabeza y mientras se debatía, piaba y alborotaba, le segó el cuello de un tajo. Recogió del suelo el cuerpo todavía agitado y aleteante y mientras caminaba sosteniéndolo por las patas manaba de él un chorro de sangre que, con el movimiento, le salpicaba la pierna izquierda.

Dentro de la casa adosada a la pequeña iglesia, la mujer se sentó en un escabel muy bajo y desfondado de enea, frente al fuego que ardía en el centro, y comenzó a arrancar con mucho vigor las plumas del gallo, que sostenía entre las piernas.

Martín de Châtillon estaba en cuclillas a su lado y quedó admirado de las rodillas redondas y suaves de la mujer, de la línea del muslo que se perdía debajo de la saya verde y muy gastada. En realidad, se dio cuenta de que era una mujer joven y muy hermosa, aunque el ensortijado pelo le tapaba las orejas, el cuello y parte de las mejillas. La poca luz oscurecía aún más su piel, que brillaba sin embargo con un leve rocío de sudor. Le pareció que estaba contemplando de nuevo a Adosinda, pero mirada del revés: aquel suave pelo amarillo era aquí negro y fuerte, la piel pálida y transparente se había tornado sombría y tersa, la sutileza de movimientos se convertía en agitación y energía.

Se levantó para beber agua de un cántaro de barro que estaba en un rincón de la sala. Llenó el cuenco de su mano y volvió junto a la mujer para limpiarle de la pierna la sangre del ave. Se le enrojecieron los dedos y el líquido grana cubría ahora por completo la pantorrilla y el pie de ella. Además, el pescuezo cercenado del gallo había destilado nuevos goterones entre sus rodillas.

El peregrino volvió a recoger el cántaro, lo colocó cerca de sí y se aplicó a frotar con las dos manos la pierna manchada y después la que no había sufrido mácula. Ella separó las rodillas y sonrió, sin dejar de desplumar el gallo. Luego, se llevó una de sus manos ensangrentadas a la garganta y dejó en el arranque las huellas púrpuras de la muerte. El peregrino se situó detrás de ella para eliminarlas también, incluso las gotas que se perdieron entre los pechos y hacia la unión de sus muslos. La mujer apoyó la cabeza contra su vientre, allí donde le latía la vida, sin abandonar el gallo.

– Ahora no, legado -dijo-. Déjame que aderece esta carne.

– ¿Cómo te llamas, cautiva?

– Zulema. Pero don Gutino también me llama Beatriz, como una santa de las vuestras.

– Santa debes ser también tú, sin duda -dijo Martín.

Vencido sobre su cuerpo, la besó en la frente, en los ojos y en los labios abiertos. Ella inclinó más aún la cabeza hacia atrás y el miembro erguido de Martín, que se había levantado la saya para dejarlo en libertad, quedó preso en el hueco de su hombro y su mejilla. Zulema lo presionó con fuerza, torció el cuello para rozarlo con la lengua y después sostenerlo entre los labios.

El peregrino hundió las manos todavía húmedas entre sus pechos, recorrió con ellas el vientre liso, una y otra vez, los arcos vibrantes de las caderas, y luego las dejó perdidas entre el espeso vello, los dedos acariciando la carne endurecida de la mujer. Ella usaba las suyas para apretarlas con más fuerza, como si quisiera tenerlas allí para siempre. Separaba y juntaba los muslos a intervalos regulares; el gallo muerto y sus plumas dispersas quedaban entre ellos, también confundidos con su sexo y con las manos de Martín. Él se ladeó para encontrarse del todo dentro de su boca y cuando la violencia de un estremecimiento le agitó todo el cuerpo, vio cómo se desbordaba su semilla sobre el cuerpo de Zulema, entre sus labios e incluso sobre las brasas de la lumbre. Aun vacío y exhausto, continuó un tiempo más acariciándola a ella, besándola, hasta que obtuvo su rendición.

Serena, la mujer del sacerdote recompuso ligeramente sus cabellos y sus ropas, adoptó una postura más cómoda en la pequeña silla de juncias desgastadas y terminó de desplumar el gallo. Dijo sólo que le gustaba el sabor de Martín y que don Gutino nunca había mostrado paciencia y verdadero amor hacia ella.

Al peregrino el guiso que le puso delante, una hora más tarde, le pareció muy extraño y caprichoso, aunque ella se había excusado previamente, con una sonrisa, porque era muy tarde para haber asado el gallo entero sobre las brasas, según solía gustarles a los leoneses.

Había despedazado el ave, había frito las tajadas pequeñas en una sartén, con aceite de oliva que guardaba en una redoma de vidrio, y luego había añadido almendras machacadas, cebollas, miel y algunas yerbas que dieron al espeso líquido un color amarillo.

– Muy sabroso está, Zulema, más que ningún otro gallo que yo haya probado. Pero dicen las escrituras que las salsas y condimentos son invención de un demonio llamado Nabuzardán, así como poner en la masa del pan anisillos, ajonjolí o aceite es también nefanda costumbre de otro demonio panadero que se llamaba Ademuz. Pues cuentan que nuestro padre Adán nunca supo de guisos y de aderezos.

– Es así como mi madre aderezaba los pollos y los conejos -respondió ella-. Espero de tu bondad que no castigue esta ignorancia mía.

El peregrino le tomó las manos y fue chupando uno por uno los dedos manchados del dulce líquido. Luego se lamió los suyos.

– Cuando me nombren obispo -dijo-, te llamaré para que te ocupes de mis cocinas. Muchas veces los demonios han descubierto ciencias muy grandes y provechosas. No debemos olvidar que también son ángeles y han estado en la proximidad de Dios.

Salieron a mirar la luna después de la cena. Parecía un delgado alfange posado sobre los juncos y las aguas encharcadas. El largo, alto e infinito camino de estrellas se repetía en cada una de las lagunas.

Los dos leprosos dormían muy unidos junto al muro de la iglesia, beatíficamente arrullados por el estrepitoso croar de las ranas; algunas brasas de la hoguera iluminaban con resplandor rojizo sus harapos. El peregrino posó un brazo sobre la cadera de Zulema, la atrajo hacia sí y la besó en el cuello. Luego la empujó hasta el interior de la casa y los dos se acostaron desnudos entre suaves cobijas de piel de zorro. Allí Martín la abrazó del todo, se unió a ella como si formara parte de su propio cuerpo. Creyó incluso que no merecía una felicidad tan grande.