Los dos legos tiraron de los brazos del pescador hasta que éste tuvo el pecho contra uno de los troncos del puente. El cillerero hizo restallar el látigo y lo descargó sobre las espaldas de Mutarraf. La víctima no soltó lamento alguno: únicamente se encogió y rodeó con fuerza el tronco, como si quisiera fundirse en él. Los dos jóvenes habían estado entretenidos al otro lado de los pilares del puente. Cuando volvieron, Munio miró acobardado; don Alfonso, sorprendido.
– ¡Ya está bien el castigo, monje! -dijo de pronto, con voz fuerte y autoritaria el infante-. Tenías que haberme pedido permiso para azotar a un siervo en mi presencia. ¿Qué delito es ese que ha cometido?
– Ha robado dos peces de la abadía, señor.
– Pues castígale de acuerdo con la culpa. Pero no de ese modo y delante de su hijo.
El mismo prior Ecta se asustó. Jamás había visto a su pupilo adoptar una actitud semejante. Y menos, desautorizar a los monjes.
– Te quedarás sin la paga de tu trabajo. ¿Te parece una penitencia justa, cillerero?
– Naturalmente, señor. Quizá nuestras leyes son demasiado rigurosas. Debéis entender que, de otro modo, no habría orden entre los siervos.
Mandó a los legos que cargasen con el cesto y se colocó al lado del prior para decirle algo en voz baja. El pescador caminó sobre los cantos, buscó una poza no muy profunda, al otro lado del puente, y se hundió en ella. Cuando emergió frotándose los costados doloridos, volvía a sonreír.
– ¿Quién ganó la batalla de Gormaz? -preguntó al infante.
– Siguen ellos con el castillo, eso es lo que ocurrió. Y en parte por mi culpa.
– Pero matarías a muchos moros antes de caer herido -dijo Munio.
– Desde luego. A trece: los conté. -Don Alfonso se sentó en la yerba y examinó su venda húmeda-. Pero también ellos mataron a muchos buenos soldados cristianos. Vi un montón de cabezas cortadas, así de alto -señaló con la mano por encima de la suya-, en la misma puerta del castillo. Una pirámide de cabezas cortadas. Y entonces uno de sus almuédanos se subió encima de ellas y se puso a alabar a su profeta como desde un pulpito y a burlarse de nosotros, que mirábamos desde la parte baja del cerro sin poder hacer nada. Allí murió el hijo segundo de don Pedro Ansúrez, Gonzalo… Pero también conseguimos casi cincuenta cautivos. Al ver lo que hacía el almuédano, mi padre mandó que los mataran allí mismo y arrojaran sus cabezas contra las murallas. Ellos se las llevan a Toledo y las ponen en la plaza, para que todos las vean, o las atan con cuerdas y las arrastran hasta África. Pero nosotros, ¿para qué las queríamos?
El infante se puso de pie y comenzó a caminar solo hacia el monasterio. Volvió la cabeza para decir, como despedida:
– Pero la próxima vez cogeremos el castillo. Yo ya estoy curado. Mañana nos bañaremos otra vez.
Mutarraf y Munio se pusieron a soltar la balsa, que comenzó a moverse libre río abajo. Luego, subieron la corta pendiente hasta el puente y sin mirar siquiera al grupo de monjes tomaron el camino que bordeaba las tapias de adobe del monasterio, en dirección al pueblo.
No hicieron caso tampoco de un hombre que llevaba tapado el rostro con una caperuza muy sucia, se apoyaba en su bordón y canturreaba una monocorde letanía. Salía de Sahagún por el camino de los peregrinos que conducía a la capital del reino y era aquélla una hora intempestiva para continuar su viaje. Antes de cruzarse con los dos pescadores, se apartó a un borde del camino, justamente donde arrancaba el entramado de maderas del puente.
Desde la misma puerta del recinto monástico que daba a un macizo de juncos, en la curva que hacía el camino para sortear los edificios, apenas unos pasos antes del puente, el cillerero lo vio asomarse al pretil.
– ¿No sabes que tienes que tocar la esquila cuando andas por el poblado? Cada vez tenemos más leprosos por aquí -añadió hablando al prior-. El rey es demasiado generoso con ellos: les exime del pago de portazgo, ha construido dos hospitales para ellos… Van a terminar contagiando a toda la cristiandad.
El hombre de la caperuza, mientras tanto, había echado a correr hacia el bosquecillo de chopos que ponía límites a la abadía, al otro lado del río. Tenía sobrada experiencia de lo que le sucede a un leproso cuando intenta discutir con hombres sanos.
– No conviene ser tan rigurosos con esos pobres peregrinos -señaló el prior Ecta-. Algún día el Señor nos pedirá cuenta de ello.
– ¿Peregrinos? Ahora todos son peregrinos, reverendo prior. Como encuentran comida, acomodo y caridad en las iglesias y monasterios, almas piadosas que los alimentan y albergan y aun les curan sus llagas, los purulentos de todos los reinos se echan al camino con el pretexto de ganar su perdón y su salud en Compostela. Mientras tanto, viven a cuenta de los demás. ¿Llamas peregrinos a esas gentes? La mayor parte de ellos ni siquiera son cristianos, o son cristianos apóstatas que han vivido en al-Andalus adorando al Profeta de Satanás y se arriman ahora a nuestro piadoso cobijo. Y no me sorprendería que hubiese también muchos judíos entre ellos, enemigos de Cristo, viviendo bajo disfraz y buscando de dónde pueden sacar provecho. Acabarán siendo los dueños de nuestro reino.
El prior Ecta miraba cómo se perdía el leproso en la chopera. Se volvió al cillerero con una expresión sombría, al tiempo que comenzaba a subir la cuesta a cuyo término se levantaba el edificio rojo del monasterio.
– Tengo sabido, hermano Adalbero -dijo con voz muy suave-, que también tú llegaste a San Facundo como un pobre mendigo, sin ropa sobre el cuerpo y huyendo de enemigos y perseguidores en tu patria; y que fuiste acogido con mucha caridad y benevolencia por nuestro abad de entonces.
El cillerero se colocó delante de Ecta, lo detuvo en su paso y se frotó los rojos pelos que le colgaban de la corona mal rapada.
– ¡Yo no era ningún leproso, hermano prior! Ni dejaba de cumplir ley alguna, como ese desdichado… y de inmediato me puse a servir y a trabajar para el engrandecimiento de este monasterio, que bien necesitado estaba de gente como yo. Y recuerda también que gracias a mí se paró el asalto de los campesinos y se apagó el fuego que estuvo a punto de quemarnos a todos. Por no decir más, echa un vistazo a nuestras despensas y cúlpame luego de ser prófugo y extranjero.
– ¡Por san Mancio, hermano, no te enfurezcas de ese modo! -dijo el prior-. Mira que das malos ejemplos a nuestro futuro rey… Yo sólo quería pedirte un poco de compasión hacia ese leproso.
La parte trasera del monasterio, la que daba a los huertos y prados del declive y terminaba en el río, consistía en una doble fila de sencillos muros de adobe y barro. Todavía los monjes no habían reunido dinero suficiente para sustituir aquellas tapias por otras más fuertes de ladrillo. Hacía ya más de sesenta años que el caudillo Almanzor había arrasado los antiguos edificios, había matado o hecho cautivos a los monjes que no habían escapado al aviso de su llegada, había prendido fuego a las ruinas…
No había sido posible desde entonces reconstruirlo todo, a pesar de las muchas donaciones recibidas de reyes y nobles. Claro que, en compensación, la nueva iglesia y las dependencias principales del monasterio, incluyendo el refectorio, la sala capitular y el dormitorio general de los monjes, eran mucho más grandes, sólidas y confortables que las antiguas. De lo cual había que dar gracias a Dios y también al general de los sarracenos, que movió con su furia a las almas de tantos fieles y aflojó sus bolsas, como había explicado durante una sesión del capítulo el monje Adalbero. Él había sido uno de los responsables de conseguir dinero incluso del mismo rey don Fernando.
Todavía furioso con su prior por haberle recordado algo que prefería tener bien olvidado, el cillerero hizo un gesto a los legos y se puso al frente de ellos para dirigirse a la puerta occidental del monasterio. El cocinero debía de estar aguardando los peces para la cena.