Apenas había dado su caballo media docena de pasos por delante de los bueyes de los vinateros, entre la rosada luz del alba, le atenazó la nostalgia de aquel lugar y de la mujer cuyo aroma sentía adherido a la piel; algunos de sus cabellos negros permanecían aún enredados en su barba. Pero no podía volver atrás. Tampoco podía quedarse en aquella aldea de charcas malolientes. Sin duda pronto acabaría la guerra y el marido desearía tomar nuevamente posesión de su esposa.
Iscam le había dicho una vez en Carrión que la vida del caminante es caminar, no pararse mucho tiempo en ninguna posada, lo mismo que la del vigilante era vigilar siempre entre las mismas almenas.
Por esa misma razón sólo se detuvo en Sahagún lo preciso para dormir y para buscar nuevos compañeros de viaje. Los mercaderes de vino tenían sus bodegas media legua por arriba del río. Allí estaban también sus casas y sus mujeres. Martín empezaba a darse cuenta de que el mundo no estaba poblado únicamente por peregrinos y hospederos.
Recordó a los dos hombres que les habían ayudado, a Iscam y a él, a vender algunas reliquias a los monjes de aquel lugar, cuando la repentina plaga de langostas lo acosaba, pero no podía hacer memoria de la situación de su casa. Tampoco se atrevía a preguntarlo a los monjes de la abadía, no hubiese ocurrido algún maleficio con las reliquias e intentaran hacerle pagar por ello.
Le pareció que el pueblo había triplicado su tamaño, cuando menos. La calle principal, la que acostumbraban a seguir los peregrinos, estaba tan llena de mesones y albergues como las de Compostela. Se detuvo a cenar en una taberna iluminada con muchas lámparas de sebo y allí logró que le dieran noticias de sus amigos. Mutarraf, el padre, había muerto ahogado dos veranos antes; se sumergió como siempre en busca de la guarida de los barbos y no reapareció jamás. Tal vez lo había devorado algún monstruo del río o lo había arrastrado el mismo diablo a los infiernos, dijo el tabernero.
En cuanto a Munio, el hijo, quizás asustado por aquel destino, había abandonado la pesca y tenía ahora tres mujeres moras que entregaba a los viajeros si pagaban por ellas.
Mandaron a uno de los criados a buscarlo.
Martín lo reconoció en seguida, como si él mismo se hubiese mirado en un espejo de azogue. Pequeño de estatura, ágil, inquieto, la piel muy oscura, muy vivos los ojos… Lo mismo le sucedió a Munio.
– ¡El peregrino barbarroja, mi amigo! -dijo.
Se abrazaron y bebieron juntos.
No debía temer Martín de Châtillon por la actitud de los monjes, le explicó el hombre, que todavía mostraba su agradecimiento por el burro regalado. Los grandes saltamontes habían vuelto otra vez, en efecto, pero sacaron en procesión las mismas reliquias a los trece días justos y los hambrientos insectos súbitamente desaparecieron. Sin necesidad de llamar a ningún enviado del Papa; sin tener que pagarle viaje y limosna. Más aún, añadió: una de aquellas reliquias, la de la santa espina, se la habían regalado los monjes a la joven abadesa de San Pedro de las Dueñas, doña Salomona, en el día de su consagración. Obró en seguida tantos prodigios (había arrancado a un niño del fuego, por ejemplo, y ayudaba a que las mujeres estériles quedasen preñadas en el tercer día de su matrimonio) que muy pronto empezaron a peregrinar hasta allí gentes de toda la parte meridional del reino, incluso de Palencia, de Toro y de Zamora. De tal modo que el pequeño monasterio se había enriquecido mucho con las limosnas de esos devotos y las donaciones de muchas damas nobles.
– Si te presentas en la abadía, serás recibido como el mayordomo del rey -añadió Munio.
Él mismo, con dos hombres de su confianza, y bien armados todos, lo acompañaría hasta Carrión si no quería quedarse allí.
El peregrino prefirió dormir en su casa a llamar a las puertas del abad. Munio le ofreció para pasar la noche a la que prefiriera de sus tres mujeres. Una tenía un semblante parecido al de Zulema. Martín la eligió para que se quedase con él hasta el alba.
Había dejado ya el sol el centro del cielo; hacía más de una hora que los cuatro hombres habían reiniciado la marcha, después de comer y sestear un poco, por los vastos pedregales quemados, cuando descubrieron en una pequeña chopera a dos hombres que los llamaban a gritos. Empujó Munio su caballo hacia el arroyo seco junto al que estaban y volvió rápidamente.
– Quieren hablar contigo, don Martín -dijo temblando.
– ¿Tal vez me conocen?
– Quieren hablar con el hombre al que vamos custodiando.
– ¿No serán bandidos, Munio?
– Es el rey de León.
Uno de ellos, con aspecto profundamente abatido, era el rey de León. Martín se rio al escucharlo. ¿El rey de León, solo y perdido en un mal soto?
Llamó a los hombres de su guardia, que habían quedado rezagados. Los tres se pusieron en seguida de rodillas a los pies del que recostaba la espalda contra un árbol. Munio estaba ahora seguro de que aquel hombre sí era el rey; a pesar de su túnica roja, sucia y rasgada, a pesar de sus ojos agónicos, de su quebrantada apariencia. Lo conocía desde niño.
– Señor, señor, soy Munio, el pescador del Cea, el de la balsa de Mutarraf, mi padre. ¿No te acuerdas de mí?
– Claro que me acuerdo, amigo mío. Vamos, levántate del suelo y dame la mano. Y también tus amigos, levantaos… -El rey se puso de pie con mucha dificultad-. Doy gracias a Dios de que hayas venido tú a salvarme. Mi amigo Munio… ¿Cómo iba a olvidarte? Me has enseñado a pescar cangrejos… ¿Quién es tu amo? ¿Dónde está tu padre?
– Soy Martín de Châtillon, señor. Un peregrino franco que vuelve a su patria.
– Mi padre ha muerto, don Alfonso.
– ¿Querrás ayudarme a llegar a Sahagún, peregrino? Dios lo tenga en su gloria. -El rey miró a Munio, apoyó su mano derecha en su hombro para sostenerse en pie; siguió hablándole a Martín-: Vienen persiguiéndome los castellanos. Todavía lejos, creo; pero vienen. A mi vasallo don García Ordóñez tampoco le quedan muchas fuerzas. Yo te compensaré por ello.
Martín sacó el zaque de vino de sus alforjas y se lo tendió al rey. Era un hombre de su edad, al igual que don García. Don Alfonso bebió despacio y poco; su vasallo hizo lo mismo.
– No es mucha ayuda la que puedo daros, señor -dijo Martín-. Ni siquiera sabemos combatir, aunque mis amigos aparezcan armados. Y tampoco quiero recompensa alguna. A mí me han ayudado muchas almas en este camino y sería indigno siervo de Dios si no hiciese yo lo mismo. Conseguiremos llevaros a Sahagún, si ése es vuestro deseo.
– Conozco muy bien estas tierras, don Alfonso -dijo Munio-. Bajaremos por sendas de pastores y por despoblados. Nadie os descubrirá.
Don Alfonso sonrió a su antiguo maestro de pesca. Parecía un cuerpo sin alma, como su compañero. Demacrado, la barba apelmazada por el sudor o el miedo, frágiles las piernas, los ojos hundidos, agitado el pecho y sin fuerza los brazos.
– ¿Ha habido una batalla, señor? -preguntó Martín.
– Una batalla perdida -dijo el rey-. Y tal vez un reino para siempre perdido, el que me entregó mi padre… Pero nosotros venimos huyendo desde Burgos, sin un instante de reposo. Hasta que murió mi caballo.
El peregrino se fijó entonces en el animal, caído de bruces sobre el arroyo seco. La cabalgadura de don García tenía poca más vida en su cuerpo; apoyaba el cuello sudoroso y herido contra un chopo. Don Alfonso contó entonces, con voz entrecortada y débil, que tres días antes habían planteado batalla a don Sancho de Castilla, su hermano, cerca de Carrión, en el valle de Golpejar.
Habían sido derrotados los leoneses y a él lo habían cogido cautivo. Sin pérdida de tiempo lo habían cargado de cadenas y conducido a Burgos para encerrarlo en el castillo y arrancarle allí los ojos. Así lo habían mostrado en varios pueblos y ciudades del camino, para que se burlasen de él sus antiguos súbditos. Pudo escapar en el mismo puente de la fortaleza, con su vasallo, después de que un capitán de don Sancho traicionara a su señor librándolos de sus cadenas, y habían cabalgado sin descanso hasta que los caballos se negaron a continuar.