En lo más alto de las pedregosas colinas, por encima de ese Vico de los Francos -como también lo llamaban- y fuera de unas murallas de adobe que continuamente era preciso ensanchar, había ido naciendo al mismo tiempo una extensa confusión de tabernas, burdeles, chozos de rufianes, de alcahuetas y de trujamanes, posadas, agujeros de ciegos y de leprosos, caravaneras, rediles de prófugos, bordoneros y vagabundos y, en fin, corrales y cabañas que daban cobijo a los que no podían o no querían obtenerlo intramuros.
Nínive y Sodoma habían trasladado sus pecados ante las tumbas de los santos mártires Facundo y Primitivo, y de ello se quejaban mucho los profesos benitos.
Los alcabaleros de San Facundo también cobraban buenos censos y alfardas a aquellos pobladores amigos del diablo, incluso más altos y continuados que a los de San Martín, y esa riqueza justificaba al abad para que no mandase arrasarlo. Muchos peregrinos de los que iban a Santiago, y más de los que volvían, terminaban estancando sus vidas en aquel sombrío paraje.
Los habitantes de San Martín, por su parte, y dada su condición de extranjeros, advenedizos o infieles, también pagaban más caro su derecho a vivir bajo el amparo de la abadía que los pocos burgueses libres establecidos junto a sus tapias.
Por otro lado, la misma iglesia de San Martín, levantada a sus costas por comerciantes y artesanos francos, teutones y longobardos, había pasado, aun antes de ser concluida, a la propiedad de los monjes, que habían puesto a uno de ellos a su cuidado.
– La única inquietud que aquí padezco son las risas nocturnas de los borrachos, los gritos de los ciegos y las disputas de las rameras, cuando sopla el viento del oriente -decía Hasday a sus amigos, abarcando con los brazos abiertos la acogedora amplitud de su patio-. Pero todos debemos resignarnos al progreso del tiempo. Sahagún era apenas un rincón de campesinos y de pastores cuando llegamos aquí, ben Yacún, y ahora incluso tenemos un merino para nosotros solos.
– Un merino que salvó al mismo rey -añadió el médico, falsamente escandalizado.
– De no haber sido por su generosa voluntad -dijo Martín-, no tendríais en este momento la dicha de disfrutar de este vino, queridos hermanos. Un vino que ni siquiera el abad Roberto ha conseguido probar. Y andaría yo seguramente de porquerizo en alguna granja del Indra… En cuanto a mi función, sabes bien que los dos pertenecéis a la abadía, pues sois españoles de origen. Don Alfonso me ordenó que fuera merino de los francos y de los demás cristianos que se asientan en su reino sin haber nacido dentro de él.
– Sólo espero que vengan muchos a ponerse bajo tus alas. Que construyan sus casas más arriba, para que hagan de frontera entre la mía y todos esos refugios del pecado, que se enriquezcan y aprecien las hermosas telas que podré venderles…
– Y también que sean de vez en cuando atacados de fiebres y de otros males diversos, aunque siempre menores, Dios sea loado, para que deban recurrir a mi ciencia -añadió ben Yacún.
– Grande es el salto de caminante de Dios a representante del rey, ciertamente -dijo Hasday llevándose su vaso de vino a los delgados labios-. Y todo por un azar venturoso.
– Tal vez, aunque no os guste creerme -dijo Martín mientras lo llenaba de nuevo-, preferiría seguir en mi antiguo peregrinaje a perder la vida resolviendo pleitos, apaciguando voluntades y recibiendo los tributos de mi señor, aunque resulte un oficio tan sosegado y provechoso. De hecho, sueño muchas noches con volver a los caminos. Sí, especialmente en noches como ésta.
Se levantó de su escaño para acercar la bebida a sus dos compañeros y desentumecer los miembros adormecidos por el cordero y el vino.
Noviembre avanzaba inusualmente cálido y perfumado, sin el castigo de las heladas de otros años. En el patio en el que los crisantemos empezaban a agonizar se iba desbordando una luna redonda y grande como el sol mismo, tan luminosa que incluso podían verse entre ellos el fulgor de sus pupilas. Ben Yacún se levantó también, cojeó por la parte exterior de los arcos y se llevó las manos al vientre. Luego, se rascó la barba aguzada y negra.
– Deberíamos dar un paseo antes de dormir. Hemos comido y bebido más de lo oportuno.
– Me dijeron los criados que habría bailes entre los chopos -dijo Hasday-. Por el plenilunio. Y como anuncio de las fiestas de los santos Facundo y Primitivo. Apenas tres semanas faltan.
– ¿Vendrá el rey este año?
– Nada me han dicho -respondió Martín-. Pero en esas fiestas de la luna no es conveniente que vean a gentes como nosotros. He ahí una carga de la regia dignidad…
– ¿Por qué no? -preguntó ben Yacún-. Siempre hay heridas que curar y disputas que resolver.
– Los monjes siguen enfureciéndose mucho con esas ceremonias. Perderás su favor si se enteran de que te mezclas en ellas.
– Tienen ellos bastantes dialécticas y controversias con sus oficios como para inquietarse por los conjuros de la luna -dijo el médico-. Adalbero me ha contado que ya han sacado a relucir las estacas y los puños más de una vez para defender sus creencias. Uno de los franceses recién llegado de Cluny estuvo a punto de perder un ojo.
Martín sentía también pesada la cabeza y decidió airearla junto al río, a pesar de los escrúpulos manifestados. Apenas llevaba año y medio como merino y no terminaba de acostumbrarse a portar méritos que no le parecían suyos. En realidad, sabía muy bien que no eran tantos, aunque sus dos amigos judíos intentaran siempre engrandecerlos y alabarlos. Seguían muy satisfechos de la benevolencia del rey hacia aquel peregrino extranjero que había logrado conducirlo salvo hasta el monasterio.
Pero no había sido suya la habilidad, sino de Munio, como muy bien se lo había señalado Martín a don Alfonso. El pescador había sabido encontrar los senderos más solitarios, mantener el ritmo justo del paso de los caballos, encontrar agua y comida, eludir a espías posibles y conducirlos a todos a Sahagún por la vereda del río. Tal vez el rey, en consecuencia, no se dejó vencer por el primer sentimiento de gratitud, que bien manifestó hacia Munio con un puñado de monedas de oro y otras mercedes, sino que meditó la concesión de sus favores a Martín a lo largo de los siete meses que anduvo por San Facundo disfrazado de monje.
Durante ellos lo llamó muchas veces a su lado, primero para que lo entretuviese con la historia de sus peregrinaciones y con el relato de las costumbres de los francos, a los que admiraba mucho; luego, para que le enseñase su lengua.
– ¿Por qué volver con los tuyos? -le había preguntado un día-. Nadie te espera en verdad, según me has dicho, y tampoco tienes una casa en la que guarecerte o una mujer para calentar tu cama. Ya ves que son muchos los que buscan en mi reino algo que sin duda no encuentran en el suyo. Se quedan los canteros y los otros artesanos, vienen soldados y monjes, incluso obispos. Recibo embajadas de nobles que quieren casar a sus hijas con mis condes y mis capitanes o con miembros de mi familia… El mismo Papa tiene continuamente los ojos puestos en León, lo mismo que en Navarra y en Castilla, incluso con demasiada fijeza. Pues ha dictado no hace mucho que estos reinos hispánicos son propiedad de la silla de San Pedro, es decir, de él mismo, y que sus reyes no son otra cosa que vasallos suyos. Algún sabio profeta habrá dicho a todos ellos que más tarde o más temprano conquistaremos las tierras sarracenas del sur y que seremos entonces verdaderamente ricos y poderosos… Como halcones andan volando sobre nosotros, especialmente el monje Hildebrando, que no tardará sin duda en conseguir la cátedra de Roma… Parece que no se contenta con lo mucho que he dado ya a sus hermanos de Cluny. En fin, ¿por qué vas a traicionarme tú, que eres amigo mío, regresando a tu patria? Yo buscaré para ti una dignidad que te permita vivir como mereces.