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– Me ofreció el cargo de merino de francos tan sólo por un motivo: para que no volviera a mi país. Así me lo dijo él mismo. Porque quería tenerme cerca por si me necesitaba… ¿Cómo podía negarme? Un cargo con escasos beneficios y tampoco con mucho trabajo, como bien sabéis. Es el único lugar del reino en que tal oficio existe, según creo. Un merino para los extranjeros, para los peregrinos, para los que van de paso o se quedan sin saber por cuánto tiempo… Pues el verdadero merino, el juez, el almotacén, el señor y el padre de todos los facundinos es el santo abad Roberto.

– Al cual nuestro rey también ha llamado de Francia, por cierto…

– Lo mismo que tú buscaste en Córdoba a los alarifes que han levantado tu casa -dijo Martín con una sombra de enfado-. Don Alfonso cree que sólo los monjes de Cluny pueden poner orden en los monasterios de su reino.

– Si tú llamas orden a las contiendas que se traen entre ellos… -dijo el médico.

– Es el rey quien lo piensa, no yo. Aunque cristiano, ignoro tanto como vosotros mismos por qué discuten con tal furia sobre si han de cantar de una manera o de otra. Incluso he visto cómo un hombre moría en un juicio de Dios por defender una de las opiniones.

Habían llegado al sendero que acompañaba el curso del río. Los que habían abandonado sus casas para festejar el plenilunio cantaban y bailaban en un soto de chopos y juncos, algo más al norte. Se oían gaitas, darbucas y, sobre todo, el griterío de las mujeres. Para muchas de ellas aquel rostro blanquecino, luminoso y frío de la luna era una comunión misteriosa con los hijos que habían tenido o con los que deseaban tener, una mano que las elevaba, las santificaba y las envolvía.

Martín recordó que también Adosinda había pedido hijos a la luna, que también había bailado y cantado a su luz, pero no quiso revelarles el secreto a sus amigos.

– Mucho han escrito los sabios sobre ello, pero aún nadie ha podido explicar ese resplandor blanco, esa regular presencia de una luna tan grande -dijo ben Yacún-. Fijaos, incluso cubre el resplandor del camino de las estrellas que conduce al sepulcro de Santiago.

– ¿Cuál es el misterio? -preguntó Martín.

– ¡Ah, si pudiera yo conocerlo! ¿Es el otro rostro de Dios? ¿Es la Diosa que desconocemos? Sólo sé que, en todas las tierras, las mujeres sienten una atracción tan especial como antigua por esa luz.

– Yo recuerdo también… -dijo Martín, pero no quiso continuar.

– ¿Qué recuerdas?

– Es…, es un pecado, quizá. Pero los judíos no sabéis lo que es el pecado.

– ¿Cómo no vamos a saberlo? -preguntó Hasday-. Hemos sido nosotros quienes lo descubrimos, quienes lo inventamos, quienes lo hemos transmitido a todos los pueblos. ¿No es cierto, ben Yacún?

– Así es -dijo el médico-. Aunque también hemos hecho don de otras cosas más útiles… ¿A qué pecado te refieres?

– No era más que un muchacho. Y lleno de miedo, además. En realidad, fue otro hombre, un obispo loco, el que me obligó a adorar a la luna. Me ataron a un árbol, en la soledad de un bosque, me desnudaron y me pidieron que rezase al cielo inmenso del plenilunio. Así lo hice y ése es un pecado de idolatría.

– No, Martín -respondió con presteza el médico-. Ésa es una función tan natural en los hombres como la de caminar o la de comer o la de pensar o la de dormir… ¿Crees que pecan todos esos que tenemos ahí delante? Y a ellos nadie los obliga, no sienten miedo. ¿Acaso hemos de avergonzarnos por seguir las leyes ocultas de nuestra sangre? Tal vez demasiadas doctrinas han intentado, y siguen haciéndolo, apartarnos de nuestra verdadera naturaleza.

– Supongo que eso que dices es una herejía.

– Sin duda -rio ben Yacún-. Me lo han confirmado varios rabinos y también unos cuantos abades de San Facundo. ¿También tú me lo vas a reprochar?

– Soy amigo tuyo, ben Yacún… Y, por otro lado, como merino debo mantenerme neutral.

– Ésos son los más grandes pecadores, los neutrales.

– Yo también me encuentro en ese lado. Los mercaderes no podemos tomar partido en tan confusas disputas. Ni siquiera en las otras más manifiestas -dijo Hasday.

El médico se paró un momento, inclinado sobre su pierna marchita. Miró las aguas mansas y plateadas del río.

– Bueno: quizás es la única manera de sobrevivir sin demasiadas desdichas… Si fuésemos sensatos, aprovecharíamos las pasiones del plenilunio -añadió con malicia antes de aproximarse más al claro de donde les llegaban los gritos y las canciones.

Había muchas mujeres desnudas danzando en torno a los árboles. Entre los juncos y las eneas ya secas fornicaban otras violentamente con compañeros azarosos y algunas pretendían hacerlo entre ellas mismas, o con los rígidos troncos de los árboles, o abrazadas a unos carneros grandes que habían llevado probablemente consigo. Asustados o desfallecidos, los hombres que participaban en la ceremonia intentaban librarse del acoso de las adoradoras de la luna o, al menos, aceptar su derrota a manos de una sola.

Las mujeres peleaban entre sí para poseerlos, se retiraban sin rencor de la lucha las vencidas, bailaban con los brazos abiertos y el rostro hacia el cielo, se revolcaban sobre la yerba fría y húmeda, se arrodillaban junto al río, revueltos los cabellos, agitados los pechos, iluminados los ojos, rezaban a voces a los santos mártires del Cea.

– No parece que nadie precise de mi ciencia. Y un hombre como yo tan sólo serviría para enturbiar su diversión. ¿Regresamos?

Apenas habían vuelto la espalda, otra mujer, completamente tapada con ropas negras y la cara cubierta por su propia cabellera, enredada y oscura, chocó contra el vientre del médico ben Yacún y lo arrojó al suelo. Ella misma cayó encima de él. Había corrido tan sofocada y afanosa que apenas podía hablar. Pero no venía de donde estaban las otras, sino de las casas de Sahagún.

– ¡Socorredme, señores! -dijo al fin con voz ahogada.

Martín y Hasday la ayudaron a ponerse en pie, después de haber enderezado al médico.

– ¿Qué sucede? -preguntó éste, desconcertado.

– Llevadme con vosotros, mis señores. Tened piedad de mí.

– Vamos, cálmate, mujer. ¿Qué ocurre?

– Quieren matarme.

– Al fin tendrás algo que hacer, ben Yacún -dijo serio el mercader.

– ¿Quién desea matarte? -preguntó Martín.

– La luna no mata a nadie, muchacha. Ven conmigo.

Con ademán resuelto, el médico la agarró por un brazo y la empujó hasta la orilla del río. La obligó a inclinarse y con una mano empezó a echarle palmadas de agua sobre el rostro y la cabeza. Ella misma se apartó finalmente los cabellos de la cara.

– ¿No eres tú…? -preguntó repentinamente Martín.

La mujer lo miró de frente.

– ¡Señor legado! -dijo mientras se ponía de rodillas y se abrazaba a las de él-. ¡Señor legado! Ayúdame, por favor. Van a venir a prenderme y me matará el cillerero.

– ¿La conoces, Martín? -preguntó Hasday-. ¿Qué es eso de legado? ¿Qué le ocurre a esta mujer?

– Sí, la conozco. Y ella misma nos dirá qué sucede-Pero quizá conviene que nos alejemos cuanto antes de este lugar.

Sin esperar la aprobación de los otros ni satisfacer su curiosidad pasó un brazo por la espalda de la mujer para que no se derrumbase y comenzó a andar de prisa colina arriba, fuera de los senderillos trazados entre la vegetación.

Ben Yacún arrastraba a su lado la pierna inútil, pero sin perder su huella. A Hasday le costaba más esfuerzo seguirlos. Sus dos criados lo flanqueaban silenciosos, moviéndose a su mismo paso.

Con pocas palabras Martín les contó quién era aquella mujer cuyo nombre había olvidado. Esposa del párroco de Villa Raneros, abandonada por él a causa de un mandato del abad, cautivada entre los sarracenos.