Aquella misma mañana, antes de regresar a su casa bajo el azote de la nieve, cansado y con el vientre revuelto, había tenido que enfrentarse a una demanda que, si era demasiado habitual, en la ocasión le había afectado mucho. Incluso tanto como para que pensase ahora, mientras acariciaba los cortos cabellos de Zulema, recostada sobre su regazo, si tenía verdadero espíritu para desempeñar el cargo de merino.
Un peregrino catalán, canónigo de la catedral de Barcelona, había acudido a reclamar porque una ramera le había robado la bolsa del dinero mientras los dos tenían el trato pactado. La bordiona era una de las que trabajaban regularmente en el albergue que su amigo Munio había establecido próximo a la ermita de Santa María, a casi una milla de la ciudad, con el di-ñero recibido del rey; y el posible delito se había cometido en ese mismo lugar.
Martín conocía a la acusada, una mujer cristiana portuguesa llamada Fronilde, de muy buen carácter y regular hermosura, aunque con demasiados años y demasiadas libras de peso en su cuerpo; cuidaba con mucho amor a dos hijos vivos, de los siete u ocho que había tenido, precisamente servidores de Munio en sus huertas.
La mujer juraba que no había existido tal robo; que había demandado al peregrino medio sueldo de plata por pasar toda la noche con ella y que, sencillamente, como no se lo había querido pagar, consiguió apoderarse de su bolsa y tomar la moneda bien ganada, pero ninguna otra. El canónigo, por el contrario, afirmaba que le había pagado lo convenido, aunque le parecía mucho en relación con lo que le habían demandado en Navarra y en Castilla, y que al alba, cuando reemprendió el camino, descubrió ofendido que le había desaparecido la bolsa entera, y nada exigua además.
– ¿Viste a la mujer mientras te robaba? -preguntó Martín.
– Fue sin duda cuando dormía.
– No se durmió en ningún momento, don merino -dijo Fronilde-; tres ataques me hizo, por un solo precio, y entre ellos me cantaba canciones de su país y de su iglesia. Yo tenía que haberle pedido sueldo y medio, pero me conformaba con la tercera parte y aun así no quería pagármela.
– ¡Miente esta puta! ¡Sólo dice media verdad en los ataques, que cuatro fueron, y no tres! Soy canónigo de segunda clase de la catedral de Barcelona, señor; que como sabes sin duda es de las más ricas y honradas de los reinos cristianos, pues tenemos allí la santa cabeza de la santísima mártir Eulalia, a la que sólo el Hijo del Trueno supera en gloria. Aquí llevo colgado un relicario que guarda una de sus pestañas preciosas -mostró a Martín un escapulario de plata que ocultaba bajo la esclavina-. Y también soy peregrino que va a Santiago a pedir la curación de nuestro obispo, varón eminentísimo, que tiene grandes úlceras en las piernas. Por sumisa caridad y obediencia me he puesto en camino a través de estas tierras inhóspitas y tristes, en medio del invierno, entre gentes bárbaras e impías. Ella misma -añadió señalando a Fronilde con un dedo-, ella misma me pidió por compasión que pasase a su lado la noche, pasmada de mi dignidad y para que le diese calor y lo que el lecho costaba. ¡Y después me roba, la pobreta! ¡Sólo en un reino como éste pueden suceder tales cosas!
– Deberían ofenderme tus palabras, don canónigo -dijo Martín-, pero soy francés y poco apegado a tierras y a gentes. Aunque sé que también en Francia y en otros reinos famosos las meretrices suelen aprovecharse de sus huéspedes… Pero dime, ¿viste que fuera ella quien se quedó con tu bolsa?
– ¡No puedes dudarlo, merino!
– ¿Y qué pena debo imponerle?
– Primero, que me la devuelva. Después, en mi país, las leyes mandarían que fuese ahorcada por ladrona y sacrílega.
Martín de Châtillon recordaba confusamente un milagro sucedido en Bureba y que un peregrino le había contado junto al sepulcro de Santiago. Trataba también de una mesonera rabiza que requirió a un peregrino, se negó éste a la amorosa solicitud, escondió ella un vaso de oro en su equipaje y lo acusó luego de habérselo robado… Sólo se había fijado en su memoria, desgraciadamente, el que una gallina había saltado viva del frixorio, cuando estaba asada ya; que inmerecidamente habían ahorcado al muchacho y que el injusto juez no se había sorprendido de que resucitase más tarde por intercesión de cierto santo. ¿Cuál era la enseñanza del prodigio que tan mal recordaba?
– Creo lo que me dices, santo canónigo. Pues, además, es delito muy corriente en estos hospitales en los que sólo se acogen falsos peregrinos, capitanes infieles a sus señores y otras gentes equivocadas o pecadoras… Lo creo por tu gran dignidad y por la fuerza de tus palabras. Pero es ley del emperador de León que no se condene a nadie si no se demuestra su delito, si no hay otros testigos que el demandante, si no aparece la materia del mismo. Pues también en este reino se sigue la doctrina de que nadie es en él más que nadie, obispo más que pastor, abadesa más que puta, merino más que escudero… Dime, pues: ¿tienes algún testigo? ¿Alguien ha encontrado esa bolsa?
– ¡Pero me la robó la ramera!
– Estoy seguro de ello -dijo Martín-. En consecuencia, mantendré silencio hasta que se encuentre o hasta que alguien jure ante Dios que vio cómo ella la robaba. Te daré mi sentencia en ese momento. Ésa es la ley de nuestro emperador y deberás esperar a que todo se resuelva.
El canónigo se alejó furioso de la cámara de la iglesia de San Martín, en la que tenía sus audiencias el merino. Él no podía esperar su palabra definitiva, dijo, pues debía llegar rápidamente a Compostela; acudiría al abad del monasterio a reclamar su derecho, o incluso a la corte de León si éste no le escuchaba. El merino aprobó sonriendo su actitud y resolvió regresar al sosiego que Zulema le proporcionaba.
– ¿Crees que es justo que un merino guarde silencio?-le preguntó.
– Me parece que no.
– ¿Y por qué no?
– Un merino es un hombre de mérito y esa clase de hombres siempre habla mucho. El rey habla mucho, el obispo habla mucho, el abad habla mucho… Todos. Sólo callan los siervos, los campesinos y las mujeres. Y si hay un juez que no habla, entonces nadie confiará en él y pensarán todos que es tan ignorante como un pastor de ovejas. Pero también tú hablas mucho, Martín.
– No siempre sé lo que debo decir, Zulema. Y más de una de las veces en que digo algo, es equivocado y torcido… Un buen amigo mío me enseñó que la verdad era aquello en lo que creíamos, pues nunca podía haber una verdad ajena a nosotros mismos. Ahora no estoy muy seguro.
Pues cabía la posibilidad de que en efecto Fronilde hubiese robado la bolsa del canónigo.
A pesar de su soberbia y de su intemperancia, sentía hacia él la solidaridad de los caminos: era un peregrino, como él mismo lo había sido y como se sentía aún. Pero ¿cómo mandar que azotasen a aquella ramera -pues el delito no podía ser castigado con la horca, como el catalán pedía-, si era inocente? ¿Cómo multar a su amigo Munio, si aquella desdichada incluso había pedido por su amor la tercera parte de lo que valía? ¿Dónde estaba la verdad? Martín se entretuvo, mientras pensaba, repasando con un dedo los labios gruesos, entreabiertos y rojos de la mujer, tan cercanos a su pecho. Luego, le preguntó sonriendo:
– ¿Hablaba mucho don Gutino?
– No mucho, y sólo a mí. Todos le hablaban a él. Su iglesia era pobre y pequeña, ya la viste. Y la gente de las lagunas, muy fiera. Don Gutino no era culpable de que tuvieran que trabajar tanto para los monjes. También él trabajaba.
– ¿Por qué no se escapó de allí? ¿Por qué no se escapó de la guerra? No tenía impedimento en las piernas para correr…