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– Nadie puede escaparse de ningún sitio.

– ¿Crees que tú misma no has escapado? -preguntó él.

Pero Zulema lo miró con una sombra aún más negra en sus ojos y no respondió.

Martín había pensado ya que aquel desconocido sacerdote, aquel escueto nombre que con frecuencia flotaba en su casa, se había dejado morir cerca del río Carrión; o que voluntariamente había permitido que lo mataran los castellanos.

A Zulema nadie le había hablado del episodio; tan sólo supo que su marido había muerto en la batalla de don Alfonso contra su hermano, como tantos otros leoneses. No cómo, ni cuándo, ni por qué. Ni si había sido enterrado en Golpejar, lo habían devorado los buitres o un alma piadosa había enterrado su cuerpo en alguna iglesia. Tal vez nadie sabía nada en realidad. ¿Alguien lo había visto sin vida? ¿Logró huir a alguna parte?

El merino estaba seguro de que Zulema tenía razón. Sólo los peregrinos, con sus cartas firmadas y selladas, aunque fueran falsas, como la de Iscam; sólo los mendigos, los ciegos y los leprosos podían moverse libremente. Los demás corrían el riesgo de ser apresados por cualquiera y reducidos a la condición de siervos; o de perecer en cualquier parte, sin posible memoria de su vida. No era razonable que don Gutino hubiese intentado su salvación de esa manera.

Estaba muerto, sin duda.

A pesar de ello, los monjes de San Facundo no habían tenido la magnanimidad de conceder la libertad de su esposa. Un hombre de entre ellos, el poderoso prior don Adalbero, había mandado recluirla en los sótanos de la abadía, junto a otras tal vez iguales a ella. Pero había transcurrido un mes desde su fuga en el plenilunio y nadie la había buscado, nadie había preguntado públicamente por la sierva Beatriz.

Ben Yacún, a quien Martín encomendó que se informase con discreción en el curso de sus habituales visitas, regresó del monasterio con pocas novedades. Habían recuperado a algunas de las mujeres, no sabía cuántas exactamente, continuaban encerradas junto a la capilla de Santa Magdalena, pero el viejo prior no había reclamado a las otras ni había mencionado su nombre y su existencia.

– ¿Las usan en su beneficio? -había preguntado, tan asustado como incrédulo, Martín. Se le había llenado de pronto el corazón con los fantasmas de las monjas de Santa Egeria y de su abadesa doña Martana. Y también de Iscam, pidiéndole ayuda.

– Probablemente.

– ¿Qué quieres decir?

– ¿Para qué otra cosa iban a guardarlas? Son siervas suyas, desde luego. Mujeres que les pertenecen de antiguo, que han comprado en los mercados o que siendo niñas o púberes se las han regalado sus padres campesinos para obtener beneficios o perdón de ellos; o las condenadas por las leyes… En cuanto mujeres, no pueden vivir en la abadía. Por eso las recluyen en sótanos que, al estar debajo de la tierra, no forman parte del monasterio. Parte canónica, o litúrgica, o teológica, como haya que decirlo; aunque sí verdadera, ciertamente. Por igual razón, imagino yo, infiel de mí, es en ese secreto subterráneo donde reverencian el dedo seco de santa María Magdalena, una gran reliquia que transportó desde Francia el ilustre monje Badilón, al que yo alivié de un terrible dolor de dientes. Pues, aunque santa, esa señora de otros tiempos había sido al parecer gran pecadora. Tú sin duda estás informado de ello… Sí, algunos monjes suelen usarlas en su beneficio. Las obligan a ser focarías o barraganas suyas, supongo. Aunque dentro de la razón de las leyes… En fin, yo las he atendido muchas veces como médico, y por eso mismo no puedo decirte más.

– ¿Y Zulema?

– Debes preguntárselo a ella, Martín.

Varias veces lo había intentado y otras tantas se había arrepentido. Tampoco ella quiso nunca hablar de cómo había vivido allí. De tal manera temía salir de casa que ni siquiera quiso asomarse a la nocturna fiesta de la sangre de los mártires del Cea. Para Martín, era indicio suficiente de que preferiría cualquier cosa a que la capturasen los monjes.

Zulema vivía encerrada en su casa, lo cuidaba como si no hubiese aprendido a hacer otra cosa en su vida, reclamaba a la criada que le comprase en los mercados de los lunes yerbas y condimentos que nadie allí usaba, traídos de Andalucía para los judíos y los mozárabes, para los magos y los médicos, a fin de ofrecerle extrañas comidas y tenerlo contento.

Hasday y, sobre todo, ben Yacún acudían con frecuencia a gustar extraños pasteles dulces de carne de paloma, sopas de legumbres muy picantes o de almendras con leche, tortas de pan y manteca, bollos de ajonjolí y de alfónsigos, codornices rellenas de dátiles, licores de rosas…, y a convencer también a su amigo de que aquellos alimentos que Zulema aún recordaba de su adolescencia y lograba imitar eran muy superiores a los de los cristianos.

Cuando el merino la miraba inclinada sobre el fuego, cuando la sentía respirando sosegada en el lecho o recorriendo su espalda con las afiladas uñas, cuando la escuchaba cantar alegremente en algarabía y lo abrazaba al regresar a casa, o ponía apesadumbrado mohín cuando salía de su vientre, no podía pensar siquiera en hacerle aquellas preguntas que, sin embargo, tanto le quemaban el espíritu. Si todo lo había olvidado tan pronto, ¿para qué hacerla desdichada con el recuerdo de sufrimientos indudables, que estaban además tan próximos?

De su cotidiano horizonte había desaparecido para siempre don Gutino, en él se había borrado la ominosa presencia de la abadía, muerto estaba el caballero leonés que conquistó un fragmento del reino de Badajoz para beneficio de un nuevo conde cristiano y regresó con una reata de muchachas cautivas… Aunque secreta, Zulema era la mujer de un antiguo peregrino, ahora amigo del rey.

Un atisbo de los beneficios que el olvido entrega a quienes esperan poco lo obtuvo Martín de Châtillon la misma noche en que el sol iluminaba a la tierra durante tanto tiempo como la mantenía sin su presencia.

Desde que habían llegado de suelo de moros los primeros santos monjes a venerar las reliquias de los mártires, tenían la costumbre en Sahagún de recorrer en gran procesión los claustros e incluso los campos sembrados del interior de sus tapias. Era una de las escasas ocasiones anuales en que los facundinos podían contemplar de cerca todo el esplendor y toda la piedad de los oficios monásticos. Monjes y villanos vivían apartados unos de otros; los primeros solían guardar su mística intimidad de las curiosidades ajenas. Rezaban y meditaban a solas, estudiaban y se mortificaban en secreto. Los amos no querían contagiarse de los pecados de sus criados. A los siervos y burgueses les llegaban tan sólo los ecos de sus vidas, como los ecos de sus cantos, y las leyes que los abades dictaban y hacían cumplir.

Por otra parte, desde que se había añadido a los españoles una docena de monjes venidos de Cluny por orden del rey, con el abad Roberto y detrás de él, las relaciones eran menos llanas y frecuentes. La gente acudía a las misas, llevaba a bau-tizar a sus hijos y a enterrar a sus muertos, podía rezar en la iglesia detrás de la barrera de rejas.

Un número cada vez mayor de motilones, de administradores y de soldados de la abadía comerciaba con los facundinos, recolectaba los tributos, organizaba el trabajo, comunicaba decretos, recogía maquilas de los molinos y hogazas de los hornos, castigaba a los insumisos, atendía a los peregrinos, festejaba a los poderosos, dirigía personalmente las vidas de todos… Pero la mayoría de los monjes era invisible.

El misterio de sus vidas raramente saltaba sobre las altas tapias que los guardaban. Vivían con Dios y para Dios, buscaban infatigablemente su camino, sin apenas hablarse entre ellos; renunciaban a comer carne y a tener mujer propia; dormían poco, ayunaban mucho, rezaban en todas las horas del día y de la noche…

Los facundinos, a quienes no obstante solían llegarles más conocimientos de sus vidas de los que deseaban los monjes, sabían que los franceses habían llegado para reformarlo casi todo. Que ahora la vida era más dura, más alta la piedad, más laboriosa la existencia. De hecho, algunos monjes habían abandonado ya la abadía y, en su huida, habían aprovechado también para contar los muchos pecados de aquellos hombres santos. Según ellos, Dios y el diablo se repartían a partes iguales el reino de san Facundo y san Primitivo. Lo mismo que fuera del monasterio.