Cuando el sol empezó a inclinarse sobre la tierra, regresaron a la ciudad. En la puerta del monasterio se agrupaba mucha gente que vociferaba y amenazaba con los puños. Cuatro soldados y dos monjes fornidos defendían la entrada y sólo permitían franquearla a los que resultaban de su agrado. Martín y ben Yacún, ante los que se abrió con respeto la multitud de los descontentos, lograron sin dificultad la autorización para entrar. Les dijeron los guardias que el prior no iba a permitir este año que todo el mundo presenciase la procesión tradicional de las lucernas, sino sólo los personajes notables de Sahagún, los que habían venido de lejos y los más relacionados con la abadía.
Encontraron a Hasday conversando con el anciano merino real, el pariente de don Alfonso, en el centro del claustro, apoyados los dos en la vieja encina que parecía vigilar las hileras de arcos moriscos. Se unieron a ellos y aguardaron las primeras sombras de la noche.
Su propio canto precedió a los monjes en el instante mismo en que se retiraba la luz del día. Aparecieron por la puerta que comunicaba con la iglesia los monaguillos con cruces llenas de cintas y crespones, los novicios con grandes cirios encendidos y luego el abad Roberto, entre cuatro monjes, revestido con una capa persa bordada de oro y cubierta la cabeza con una altísima mitra en cuyas piedras preciosas se repetía el fulgor de la cera llameante. Sus acólitos también llevaban lujosos ropajes moriscos y sendos hachones de vigorosa llama. Detrás, dos diáconos balanceaban sus grandes incensarios; el humo perfumado rodeaba a don Roberto y se rompía con sus solemnes pasos.
Formados en cuatro hileras, rodeados de los novicios y los diáconos que agitaban incensarios más pequeños, el medio centenar de monjes, todos ellos con una antorcha encendida en la mano, seguía sus huellas a cierta distancia.
Era su canto oscilante, muy adornado y lleno de figuras sonoras, armonioso y triste. Martín podía comprender algunas palabras latinas de los salmos, en la acordada confusión de las voces, sílabas muy alargadas, pero que también se parecían un poco a algunas canciones sarracenas de Zulema. En todo caso, provocaban en él una intensa emoción, y también sin duda entre los otros dignatarios que llenaban el patio claustral.
Después de dar dos vueltas bajo la zona techada, la procesión se dirigió al espacio exterior y comenzó a desplazarse por un ancho camino entre los cultivos. Allí las antorchas y el humo de los incensarios resultaban aún más graves y majestuosos. También el canto parecía más unido a las verdades de la tierra y a la sangre de los hombres.
El peregrino sujetó de un hombro a ben Yacún para que se quedase un momento a su lado. Quería ver el desfile a cierta distancia, pues así resultaba más inquietante y bello. Las figuras negras de los monjes encapuchados y rodeados de humo, aquellas antífonas que ensalzaban a la luz, a la luz que el sol había retirado y que las antorchas pretendían conservar para la felicidad de los hombres, tenían efectivamente un sentido superior y divino. Las huertas aún despojadas de sus frutos, los arbustos cuyas hojas y botones apenas empezaban a nacer, las rumorosas aguas del río, más abajo, el apagado y altísimo cielo estaban también contenidos en los salmos del lucernario.
De repente sintió que por primera vez comprendía la existencia de aquellos hombres retirados del mundo, la razón de su encierro, de sus trabajos, de su secreta osadía.
La procesión llegó hasta el borde negro del bosque de encinas, donde el camino giraba. Del centro de la masa de monjes, en un momento en que el canto era suave e íntimo, salido sin duda de los labios de una pequeña parte de ellos, brotó entre la oscuridad una voz muy ronca, espesa y admonitoria:
– ¡Paganos! ¡Herejes! ¡Anatema!
Otras gargantas repitieron aquella súbita llamada. Como si se tratase del aviso del tambor para la batalla, comenzaron a oscilar las antorchas. Apenas visibles en las sombras, unos monjes golpeaban con ellas a otros. Los portadores de incensarios los agitaban como si fuesen hondas y las brasas saltaban por encima de ellos igual que estrellas fugaces, que desesperadas luciérnagas rojas.
Martín vio cómo el abad Roberto, un hombre de su edad, se defendía a golpes y con mucho vigor de los que pretendían atacarlo, ayudado por los novicios con cirios y por algunos antorcheros. Corrían muchos, gritaban los más ofensas contradictorias, ardían los hábitos de uno que se revolcaba para apagarlos, intentaban otros esconderse en el bosque, perseguidos por los que antes cantaban a su lado… Los convidados que poco más tarde pretendieron serenar la lucha se vieron también involucrados en ella, pues sin duda defendían una u otra de las opiniones litúrgicas que causaban tan grande desatino.
– ¡Otra vez! ¡Otra vez! El grito de guerra ha sido de don Adalbero, ¿no lo has oído? -se lamentaba ben Yacún, muy inquieto y agarrando a su amigo e intentando apartarlo de los contendientes.
Pero éstos, como un ejército furioso, se habían extendido por toda la huerta, sobre los aljibes abiertos y entre los apartados rediles de las ovejas; unos penetraban en el claustro y otros escapaban hacia el río, pero sin dejar ninguno de abatirse sobre otro ni perder su rumbo a causa de la oscuridad. Zumbaban piedras ciegas, se blandían crucifijos y estacas sin objetivo. Uno de los dos obispos invitados estaba ridículamente sentado en el suelo, con las piernas abiertas y los lujosos vestidos en desorden.
– ¿De parte de quién estamos? -preguntó Martín.
– De parte de los que miran… ¿Esperamos a que terminen de matarse o regresamos a casa? A no ser que quieras también participar…
– Tú debes ejercer tu oficio. Y quizá también yo, como merino real, debería hacer algo, pero no sé qué.
Se resguardaron junto a una pared, admirados y atentos a la violenta pelea. Desde allí vieron cómo el viejo prior Adalbero, ayudado por media docena de monjes, salía del claustro llevando varios enormes libros sagrados. Los arrojaron sobre una zona recién sembrada y con una antorcha les prendieron fuego.
– Ahí deben de estar encerrados los cantos que no les gustan -dijo ben Yacún-. Arderán las herejías y reinará la paz.
– El prior es de la facción gregoriana, ¿no es así?
– Por envidia del abad, se ha pasado a Roma. Antes le gustaban estos mismos ritos. Mil veces le he visto practicándolos.
Martín no sabía si reírse de lo que sucedía o lamentarlo. No veía, afortunadamente, espadas ni venablos ni dagas.
El mercader Hasday y el otro merino tampoco aparecían por parte alguna; tal vez habían escapado. Los monjes peleaban con piernas y pies, con palos y piedras, con cirios y antorchas. Algunos iban quedando vencidos sobre la tierra, por un golpe certero o por cansancio; aunque la mayoría no abandonaba él campo ni los insultos, que se repetían los mismos sin cesar: pecadores, herejes, gregorianos, paganos, lucernarios, diabólicos, traidores, infieles… La hoguera sobre la que iban cayendo más libros de oficios se elevaba alegremente en un lateral del huerto.
– Espérame aquí, no te muevas -dijo Martín al médico.
Había tenido una repentina iluminación.
Entró corriendo en el claustro, en el que cuatro monjes seguían apasionadamente enzarzados a golpes; pasó a la iglesia, trepó encima del altar y descolgó de una pared uno de los grandes relicarios que la adornaban. Con él entre las manos alzadas, hizo una prueba de eficacia junto a los gladiadores del claustro.
– ¡Lignum crucis, hermanos míos! -gritó con fuerza-. ¡Deteneos y adorad el lignum crucis!
Los cuatro monjes cayeron inmediatamente de rodillas, como fulminados por la espada de san Miguel Arcángel. Martín hizo amago de amenazarlos con la reliquia, hasta que logró que inclinaran la cerviz.
– ¡Vamos! Es la hora del perdón. Arrepentíos y daros el beso de la paz. Por Jesucristo Nuestro Señor, amén. ¿Qué locura se ha adueñado de vuestras almas? ¿No veis que es el mismísimo Satanás?