Y en prueba de esto, sucedió en tiempo de la bienaventurada memoria de San León Papa, según es común tradición, que dudando algunos griegos de las tales reliquias, el Santo Pontífice cortó del dicho velo con unas tijeras, y al punto salió sangre de la cisura. Acerca de los romanos, y de todas las demás partes occidentales de ninguna manera se permite como si fuera sacrilegio que nadie toque los cuerpos de los santos; y si alguno presumiese de hacerlo, es cierto que no quedaría sin castigo.
El Sudario que también me manda Vuestra Alteza que le envíe está con el cuerpo del Apóstol, y así no es posible tocar a él, como ni llegar al mismo cuerpo.
Mas porque tan religioso deseo como este de Vuestra Alteza no quede en todo defraudado, procuraré con presteza enviarle alguna parte de las cadenas con que fue aherrojado en cuello y manos el Santo Apóstol (de quien tantos milagros se ven en el pueblo), si es que puedo sacar algunas limaduras de ellas; porque sucede muchas veces a los que vienen a visitar estas santas reliquias que, alcanzando bendición nuestra para llevar de estas limaduras, a unos se las dan de manera las mismas cadenas, que apenas las ha tocado con la lima el sacerdote que allí asiste para esto, cuando ya ha saltado de ellas lo que querían quitarles, y para otros, por más que se trabaje limando, no se puede sacar nada.
– Muy largas excusas para una injusta negativa, señor -comentó Martín una vez acabada la lectura.
– ¿No crees que dice verdad el santo Papa?
– Nunca dudaría de su palabra; ni tampoco de los hechos que relata. Sólo quiero que sepáis que yo mismo he visto muy de cerca los huesos de Santiago, y durante mucho tiempo; y que un amigo mío llamado Abul Abbás, médico algebrista, a quien Dios guarde muchos años, incluso los tocó cuanto quiso, se entretuvo mucho tiempo con ellos estudiándolos y ordenándolos. Y aun siendo infiel, nada le ha ocurrido hasta ahora. En fin, bien sabéis, señor, que he tenido en mis manos reliquias numerosas, que las he aderezado y cambiado y vendido. Nunca obtuve de ellas otra cosa que dones y bienaventuranzas. En consecuencia, pienso tan sólo que don Gregorio no tiene deseo alguno de complacer a vuestra esposa. Pues enviarle, si lo hace, las limaduras de esas santas cadenas, poca generosidad me parece en tan gran príncipe.
– Yo había pensado ofrecerle un trueque -dijo don Alfonso después de pensar un rato-, ya que doña Constanza, como mujer caprichosa, insiste en desear una reliquia de san Pablo, de san Pedro, o del mismo Jesucristo, pero no de otro santo menor. He mandado que dentro de diez días, en el día santo del Señor, se abra el arca de reliquias que tengo en la iglesia catedral de Oviedo. Como sabes, es la más grande, la más llena y la más rica no sólo de León, sino del mundo entero, dejando a Roma de un lado. Quiero ver y saber lo que ese arca contiene y buscar algo que pueda gustarle al papa don Gregorio. Me gustaría que me acompañases, Martín.
El peregrino se quedó por un momento mudo. Intentó disimular su turbación enrollando con esmero el pergamino papal. Siempre había temido que Dios o los hombres castigasen sus infamias.
– Tal vez os serían más útiles algunos santos obispos de vuestro reino. Ellos conocen mucho mejor que yo las reliquias.
– También los he hecho llamar, naturalmente -dijo el rey-. Seis o siete estarán a mi lado, así como muchos príncipes y caballeros. Pero estoy seguro de que también tu ayuda me será necesaria. E incluso pienso que tendrás alguna curiosidad por conocer ese tesoro.
En eso acertaba el rey, ciertamente.
Desde que el peregrino vivía en Sahagún, y con su prestigio de merino, las demandas de reliquias eran tantas que no podía satisfacerlas todas. Con frecuencia incluso se negaba a vender las que le pedían, si se trataba de párrocos pobres o de monasterios olvidados, y las donaba a cambio de oraciones por su alma. Y ello, contra la opinión de su amigo ben Saruq, que le aseguraba que nunca era bastante todo el dinero que se podía acumular. Pero a él le sobraban los talentos y los dinares.
El banquero leonés también le mandaba de vez en cuando nuevos hallazgos del maná del Sinaí, que su hija Sara horneaba, y había actuado incluso como mercader en tierras de Aragón y de Navarra, reinos en los que de igual modo eran apreciadas las reliquias.
Por otra parte, no había encontrado Martín ningún impedimento para su empresa. Dos monasterios muy apartados se habían hecho célebres y eran muy visitados a causa precisamente de sus reliquias del maná del desierto. Una de ellas curaba, al que la lamía con la lengua, los males del intestino y del estómago. La otra, si se marcaba con ella una cruz sobre la cabeza de los recién nacidos, los niños se criaban sanos y fuertes.
Los monjes de uno de esos monasterios, en las montañasen donde nacía el río Carrión, le enviaban cada año una mula cargada de buenos quesos, agradecidos por haberles regalado aquel gran tesoro. En la misma ciudad de Sahagún se le respetaba mucho, y no tanto por su oficio de merino real como por haber salvado a las cosechas de las plagas de saltamontes y por haber hecho tan felices a las beatas de San Pedro, con su espina santa, y a las campesinas que la veneraban.
En sus muchas horas de inactividad y pereza, particularmente durante los fríos inviernos, Martín había ido anotando, en el envés de las páginas intocadas de un libro de oraciones muy valioso, las historias que conocía de cada una de sus reliquias. Soñaba siempre con mostrárselo a Iscam de Gormaz y regalárselo luego (estaba lleno de hermosas pinturas sobre el Apocalipsis y tenía las cantoneras y nervuras de oro) como recuerdo de los principios de su industria. Él mismo, en fin, estaba convencido de que la propia fe era la razón de los milagros, no la fuerza de tal o cual despojo santo.
El diente de don Ramírez que llevaba siempre colgado al cuello dentro de un tahalí de plata le había favorecido con muchas fortunas. Martín solía atribuirlo a san Pedro, al padre de Jesucristo, a san Martín, a santa Oria, al Buen Ladrón, a san Gil o a cualquier otro santo que mereciese la devoción de quien le preguntaba. Nadie conocía a don Ramírez y todos hubieran dudado de la santidad del diente si pronunciaba su nombre.
Aceptó, en fin, la invitación del rey.
Y para no sentirse perdido o abrumado en su cortejo, que prometía ser numeroso, brillante y muy rico, decidió hacer el viaje tres días antes que don Alfonso. Pidió a ben Yacún que lo acompañase, tomó dos criados y buenas cabalgaduras, condujo a Zulema a la casa de Hasday y se puso en camino.
Aunque recordaba bien sus pasos de peregrino, se daba cuenta de que se había convertido en un magnate poderoso y rico.
Cruzó hasta León por lugares conocidos, mas apenas lograba reconocerse a sí mismo. No dormía ya en los atrios de las iglesias o al amor de una zarza, sino en las camas de los párrocos o de los infanzones. No mendigaba pan, sino que acarreaban sus mulas todos los alimentos que podía apetecer, bien ordenados por Zulema. Ben Yacún, cuya pierna no le había permitido conocer el mundo y que ahora empezaba a hacerlo con mucha prudencia, se admiraba a cada paso de las nuevas iglesias y hospitales, de los tramos del camino ensanchados y tapizados de piedras, de viejos corrales convertidos en aldeas y de aldeas que se habían trocado en burgos.
– Sólo en el reino de Murcia, donde me crié de niño, he visto riquezas semejantes -dijo-. Y cuando estuve en León, antes de fijar mis huesos en Sahagún, todo esto era un desierto vacío. ¿Qué ha pasado?
– Es el gran milagro de nuestro apóstol Santiago.
– Grande ha de ser su gloria, sin duda.
Pero Martín descubrió poco después que todo aquello era tan sólo una sombra de lo creado más atrás, en ese mismo camino.
Después de cenar y dormir en la casa de ben Saruq, en una nueva casa con grandes jardines junto al Bernesga, emprendieron una lenta subida por las montañas, primero a través de altas mesetas boscosas y luego hundidos en valles con amenazadoras rocas en sus lados. En lo más alto del puerto se detuvieron a dormir dentro del único edificio que se había atrevido a resistir los vientos y los fríos. Era una iglesuela muy parecida a la del Cebrero, más pobre aún, y estaba dedicada a Nuestra Señora de Arbas.