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Hacía siete días que Martín de Châtillon, así como el médico facundino ben Yacún, obligado por él, aguardaban en León a que regresase el rey. Todas las mañanas subía el merino hasta el castillo, junto a la catedral de Santa María, y siempre el cabeza de los celarios le respondía que no había regresado aún de Oviedo don Alfonso, aunque lo esperaban muy pronto. Le ofrecía su compañía y un vaso de sidra fresca, le permitía quedarse un rato a conversar con las gentes del palacio y le rogaba por fin, un poco acongojado -pues conocía lo ocurrido cerca de Sahagún entre el rey y aquel hombre-, que volviera al día siguiente.

Cuando Martín regresaba poco antes del mediodía a la casa de ben Saruq, por el carral del Arco del Rey, todavía muy cerca de las puertas del palacio, tropezó con cuatro soldados que escoltaban a una docena de prisioneros andrajosos y muy cansados.

Apenas se fijó en ellos, pues tal cosa era muy frecuente en León. Oyó entonces que lo llamaban y le costó algún trabajo reconocer a Iscam en el hombre que lo hacía. No tanto porque hubiese cambiado mucho su aspecto, como porque a finales del invierno había recibido una carta suya desde la ciudad de Coria y le decía en ella que andaba por allí de paso, antes de volver a Granada.

Al principio, los soldados no le permitieron hablar con él, ni a Iscam salirse de la hilera en la que caminaba; pero Martín los siguió de cerca hasta la casa del caballero al que pertenecían los presos. Se llamaba don Osorio Muñoz y escuchó con mucha cortesía las palabras del merino de Sahagún. Todos aquellos cautivos eran suyos, dijo; él mismo los había tomado cerca de Coria un mes antes, y ahora se los iba a entregar al judío Zaayti Manzor, a quien se los tenía ya vendidos para que negociase él su rescate.

– Conociendo tu amistad con este infiel, yo mismo te lo habría regalado si no hubiere ya cobrado el dinero de Manzor -dijo don Osorio-. Pues a mí mismo me sucedió una cosa igual durante una batalla en Viseo, hace años. No tengo nada contra este desdichado.

Más tarde, el comerciante judío no se opuso a cobrar doce dinares de oro por los prisioneros, que era más del doble de lo que él había pagado al caballero don Osorio. Rogó Martín que escribiese las cartas del rescate, que se las entregase a los demás y le mandase en seguida la de su amigo a la casa de ben Saruq.

– Así es como he vuelto a encontrarme con mi hermano -añadió con un gran suspiro, como si hubiera dedicado toda su vida a hacerlo.

Ben Yacún se levantó y miró con atención las heridas de la cabeza de Iscam. No eran graves, pero tenían pestilencia por no haber sido bien lavadas a tiempo. Mandó a Sara que le trajese agua hervida y un puñado de lana limpia y no esperó a que nadie le solicitase su ayuda para curar al rescatado.

Iscam no estaba enfermo; sólo cansado de un larguísimo y apresurado viaje, dolorido por los golpes de los soldados y maltrecho a causa de los pocos alimentos recibidos. Sonrió al fin cuando Martín le pidió que explicase cómo se había dejado apresar por los leoneses, pues conocía él con creces sus muchas habilidades para huir de los malos momentos y para apaciguar a los enemigos. Se debió aquello, dijo su amigo, a su propia naturaleza inconstante y codiciosa.

– Me habían llamado a Coria para recomponer la cadera partida de la mujer del emir, que es también hermana del rey de Badajoz -explicó Iscam-. Bien: en realidad, la llamada era para el viejo Abul Abbás, tú conoces a ese gran maestro; pero empiezan ya a asustarle los caminos tanto como a mí siguen apeteciéndome… Fui yo en su nombre y encontré allí que una joven hermana del emir empezaba a vigilarme con admirada curiosidad. Tú debes saber, ben Yacún, que tal cosa no es general entre los médicos -el facundino hizo un gesto sonriente y afirmativo-, pues siempre nos temen más que nos aman… En fin, me pidió aquella señora un día que la acompañase a unas posesiones que tenía al oriente de la ciudad, donde criaba caballos en medio de unos vastos encinares y praderíos. Lo hizo con la excusa de que intentase enderezar la pata doblada de uno de sus potros… Como el objetivo era otro muy distinto, no me negué yo a hacer el trabajo del albéitar, y ella tan sólo permitió que nos acompañaran dos soldados.

– Y aún debían de ser muchos -dijo ben Saruq con picardía.

– Eso también pensé yo, pero fue orden del emir…

Claro que los leoneses que aparecieron de pronto eran más de diez y antes de preguntarles qué hacían por allí nos habían cargado ya de cadenas. El emir, como es propio en estos casos, pagó con presteza el rescate de su hermana, pero no se inquietó mucho por mi suerte. De modo que don Osorio pensó atarme junto a otros a los que había cautivado con la misma astucia y me trajo aquí para intentar sacar algún beneficio de mis carnes.

– No sabía yo que hubiese luchas tan al sur -dijo ben Yacún.

– Y menos nosotros, desde luego… Parece que vuestro rey anda mirando con codicia la ciudad de Coria y que ese don Osorio Muñoz, que no es mal hombre, aunque muy avaro, empezaba a asomarse a aquellas tierras para ver si eran fáciles de conquistar… Pero el buen apóstol Santiago ha tenido piedad de mí, como veis, y me ha puesto otra vez en las manos de este viejo peregrino.

Iscam dirigió una mirada afectuosa a Martín, que se estaba riendo de la historia. Los llamó entonces Sara para que acudieran a la mesa y los cuatro obedecieron con premura.

Después de la comida, mientras el mozárabe descansaba, la misma hija de ben Saruq le buscó ropas limpias y le preparó una tina de agua caliente para que se bañase.

Pasaron todos juntos el resto del día, conversando tan pronto de los misterios de la medicina como de los prodigios de Santiago y de los recuerdos del camino. Mucho habían mudado las vidas de los dos peregrinos desde que habían tropezado uno con el otro, en una noche oscura, delante de los bosques de la Oca: lo repitieron cien veces.

Ya en el lecho, desde donde proseguían sus discursos, Martín decidió que se irían a Sahagún al día siguiente. Ben Yacún elogió en seguida aquella decisión, pues no le parecía cortés abusar tanto de la hospitalidad del mercader y de las amabilidades de su hija Sara. Él era, además, un hombre solitario y se sentía ya confundido por tantos afectos y por el exceso de multitudes y de trajines que encontraba en León; por otra parte, estaba también inquieto a causa de sus enfermos de Sahagún. Los había dejado al cuidado de un joven médico nacido en Francia en el cual no confiaba en exceso, aunque era muy apreciado entre los recién llegados cluniacenses.

– Se molestará el rey si no te encuentra en cuanto llegue -dijo ben Saruq cuando a la mañana siguiente le anunciaron la partida.

– Le he esperado casi dos veces el tiempo que me pidió. Y en el castillo me han dicho que tal vez se haya ido al monasterio de Santa Juliana, donde quiere construir una basílica sobre sus huesos -contó Martín-. Parece que nuestro señor se entusiasmó tanto ante los tesoros del arca de Oviedo que no va a quedar santo en el reino sin su iglesia o su abadía… Lo ensalzan los obispos, se regocija el Papa, cantan de júbilo los monjes, acopian dádivas los sacerdotes y no queda en el reino rincón sin peregrinos y devotos. Vivimos de nuevo el triunfo de Dios, Iscam.

– Habremos de poner algo de nuestra parte en esa gloria.

– ¿Te refieres a nuestras propias reliquias?

– Quizá… -respondió él con una sonrisa-. ¿No son acaso tan santas como las de ellos? Pero pensaba en mí mismo: adorador de dos Dioses enemigos y fiel a dos profetas contrarios.

– No debes encontrar inquietud en eso -dijo Martín-. Los cristianos tenemos tres Dioses que son uno solo, o uno que son Tres. Los anacoretas de El Bierzo lucharon mucho por explicarme tales sutilezas… ¿Por qué no dos Dioses pueden en realidad ser uno solo? El de los sarracenos y el nuestro.

– Más bien tres, amigos míos -aseguró ben Yacún-. Pues antes que Jesucristo y que Alá está Yavé… O a su lado. Sospecho que eso es lo que queréis decir los cristianos cuando habláis de tres Dioses en uno solo. Simplemente, nadie es capaz de explicarlo debidamente.