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– Como casi todo en nuestras vidas -meditó Iscam, entristecido de pronto.

Ben Saruq los escuchaba como el ruido de la lluvia, con la mente en un lugar lejano. Dejó la mesa para dar algunas instrucciones a sus criados y al volver le preguntó a Martín qué explicaciones podía dar si los escribanos del rey le preguntaban por el merino.

– Precisamente eso: que al merino le esperaban pleitos que discernir en Sahagún y que tuvo que marcharse. Que me manden recado cuando vuelva don Alfonso y aquí estaré de nuevo.

Tenía prisa por recuperar a Zulema y por ofrecer agradable descanso a su amigo. Pero Iscam no parecía en modo alguno fatigado.

Hizo el camino hasta Sahagún como si jamás se hubiera bajado de un caballo; él también se admiró de aquellos parajes que en tiempo tan corto habían cambiado de tal manera.

– ¿Ha ocurrido lo mismo más allá, por Oca y Bureba, por las montañas de San Millán?

– Eso nos contó en Oviedo un prior de Nájera… Y aun mudanzas mayores.

Ante el sepulcro de los mártires del Cea, sin embargo, no existían mudanzas, sino añadiduras. Y tantas, que en seguida Martín empezó a preocuparse realmente por las pesadumbres de su cargo como merino de francos.

En la abadía, don Bernardo había conseguido imponer con mucha decisión y sabiduría sus mandatos, al menos en apariencia. Ben Yacún pensaba que no se debía esa hazaña a sus personales méritos, o no sólo a ellos, sino a la gran cantidad de monjes de la tendencia toledana que habían escapado. De modo que, si había permanecido en la abadía alguno de los vencidos -terminó diciendo ben Yacún-, era porque habían acabado aceptando su rendición ante Roma.

En cambio, los burgueses no estaban dispuestos a dejarse vencer por nadie. Eran muchos y poderosos y la Hermandad había ido poco a poco ensanchando su abrazo, filtrando su descontento como el agua a través de las piedras.

– Se portan como los mismos monjes -dijo Iscam-; el día que encuentren un buen abad para dirigirlos, atronará el repique de sus campanas. ¿No sería mejor que los dejases solos?

– Temen mucho a don Alfonso. Nunca arderán esas brasas.

Pero estalló el incendio con una chispa pequeña.

Había muerto en Villa Zacarías un tonelero rico, a causa de la venganza de otro de su gremio. El prior de San Facundo decidió entonces aplicar su derecho de mañería sobre la herencia, sin duda con la finalidad de aumentar sin pago alguno la capacidad de sus bodegas. El monasterio cada vez recibía más solicitudes de vino por parte de otros cenobios hermanos, e incluso de los nobles y condes, y hasta del reino moro de Toledo. En los últimos años, aquel derecho de los monjes a quedarse con las riquezas de los muertos sin herederos legítimos apenas se había practicado. Declarar ilegítimo a un hijo resultaba siempre muy fácil, pues bastaba un documento del abad o de sus párrocos que así lo afirmara; pero eran siempre demasiado confusos y discutidos los límites de la legalidad.

En el caso del tonelero, tenía cinco hijos, aunque de una mujer mozárabe a la que el sacerdote de su iglesia consideraba en realidad sarracena. Dictó el prior que eran ilegítimos, sin haber averiguado antes que dos de ellos pertenecían a la Hermandad, ni tampoco qué clase de hombres eran; mandaron carros para llevarse las cubas y se negaron a entregar el dinero del muerto, que ellos mismos guardaban en la abadía.

Los toneleros de Villa Zacarías mataron a un monje ayudante del cillerero y a dos de los criados que guiaban a los bueyes. No lograron los sayones encontrar a los homicidas ni tampoco los soldados que don Alfonso había mandado de León, a pesar de su búsqueda durante más de diez días. Pero ellos seguían escondidos en Sahagún, en cualquier seguro escondrijo del barrio alto de las tabernas o en las cuevas de las colinas del camino de Grajal. Y fue allí donde se preparó la rebelión, según descubrió Martín más tarde.

Iscam estaba sorprendido de lo que veía y escuchaba.

– Sin duda estos señores burgueses no conocen las costumbres de los reyes moros. ¿Llaman rapacidad y avaricia la de esos santos monjes? En Granada y en otros reinos del Profeta cobran tributos incluso por segar la yerba o recoger las aceitunas del árbol.

– También aquí, Iscam. Y por cocer el pan en el horno y hasta por tomar agua del río. Antes ya se quedaban con mucho, pero desde que llegaron los de Cluny con la bendición del rey, parece que quieren quedarse con todo.

– No he visto lugar alguno en donde no ocurra así, en realidad. ¿Has olvidado que los canónigos de Compostela cobraban hasta por rezar al santo apóstol?

– Pero esta ciudad se ha llenado de hombres libres y de extranjeros que buscaban su prosperidad, de comerciantes de todas las naciones -dijo Martín-. Les prometieron mucho y ahora quieren arrebatarles aun lo que traían. Y a los propios del país incluso los castigan más, con lo que siembran en sus almas la envidia hacia los de fuera… Hasta los mismos párrocos de las iglesias suyas han de entregar ahora dos diezmos de lo que consiguen, y no uno como antes.

El mozárabe había pasado un mes recuperándose en Sahagún y dudando si asentarse allí, al lado de ben Yacún, o volver a Granada. Le atraía la llamada de su maestro Abul Abbás, demasiado viejo y sin fuerzas para desempeñar su oficio; pero le rechazaban los muchos crímenes que también en aquella ciudad se sucedían, sobre todo desde la llegada del nuevo rey.

En Sahagún contaba con la amistad y la hospitalidad de Martín y de Zulema, con la protección del joven conde de Grajal; pero no le gustaba el trato de los monjes. Entretanto, aprendía nuevas artes curativas con ben Yacún, procuraba hablar con Zulema en algarabía para que no olvidase ella todos sus recuerdos, desgranaba sus vacilaciones ante Martín y disfrutaba pescando en el río y cazando conejos y avutardas en las tierras del conde, del que se había hecho asiduo amigo.

Cuando estaba mediado el otoño y se preparaban en el monasterio para la vendimia, dio una grave señal el cielo.

Era apenas la hora nona, el sol no se había cansado de calentar la tierra y de iluminar el cielo con toda su gloria. Todavía las cigüeñas no habían abandonado las charcas ni las codornices se habían ido de los recientes barbechos en los que rebuscaban las espigas olvidadas. Dormían los zorros en sus madrigueras a causa del calor, las liebres esperaban el crepúsculo para buscar su alimento…

De pronto, empezó a oscurecerse un borde del sol. La gente fue saliendo de sus casas, avisados unos por otros, y miraban extrañados aquel cendal que iba creciendo poco a poco. Los asustados campesinos abandonaron las herramientas en los surcos y corrieron desde los huertos y sembrados para refugiarse en las calles más estrechas de la ciudad. Los pastores huían de sus rebaños y los perros de guardia intentaban cavar agujeros en la tierra para esconderse. Dejaron de saltar las truchas y los barbos en el río, los pájaros se refugiaron en lo más hondo de los matorrales, incluso las abejas y los tábanos olvidaron su zumbido. La mancha crecía poco a poco delante de todos, como un mordisco lento y continuo, y el sol iba cubriéndose de un siniestro velo de sangre.

Una mujer se puso a chillar en el medio de la calzada de los peregrinos y otras varias la secundaron. El párroco de San Martín, con el hábito subido por encima de las rodillas, salió corriendo de su iglesia hacia la entrada del monasterio.

– ¡Dios nos castiga! -gritaba-. ¡Es el castigo de Dios!

Era casi completamente de noche cuando andaba mediada la tarde y los que no estaban demasiado aterrados empezaron a llorar y a darse golpes de pecho, sin apartar los ojos de aquella sombra cárdena y redonda que presidía los cielos.

Los que vieron al párroco, se lanzaron detrás de él. Abrieron de par en par las dos grandes puertas de maderas clavetea das de la iglesia monástica; y ricos y pobres, siervos y libres artesanos y campesinos, sacerdotes y judíos, todos los habitantes de Sahagún se hacinaron dentro de la iglesia o permanecían gritando y lamentándose ante sus puertas.