Buscaban alguna clase de consuelo en los monjes, pero ellos tampoco entendían aquella súbita maldición. Algunos iniciaron salmos de penitencia y cantos de misereres, pero temblaban sus voces como los juncos bajo la tempestad. Lloraban también y abandonaban los bancos del coro para postrarse en tierra y golpear la frente contra las piedras del pavimento.
Zulema se había negado a salir de su casa del barrio de San Martín y el peregrino tuvo miedo de dejarla sola. Sin hablarse, sin mirarse siquiera, sin atreverse a asomarse a la puerta, permanecían abrazados y trémulos en un rincón de su cámara.
Pero luego, la luz empezó nuevamente a acariciar la tierra. El mismo velo que había iniciado su camino por el oriente del sol se retiraba ahora por occidente. Se iluminaba poco a poco aquella noche repentina y con la misma lentitud asomó el sol de nuevo y reapareció el día. La multitud salió de la iglesia sin haber secado sus lágrimas y a los llantos siguieron las risas y las exclamaciones de alivio.
– ¡Han sido ellos! ¡Ha sido su maleficio! -gritó un hombre en la misma puerta del templo.
Como si se tratara de una llamada de trompeta, todo un ejército de hombres despavoridos y de mujeres espantadas se pusieron a protestar y a explicarse unos a otros que aquella ocultación del sol había sido artimaña de los monjes para castigarlos aún más.
En unos corros hablaban de los toneleros de Villa Zacarías; en otros, de una molinera que había sido arrojada al caz por esconder las hogazas; en otros, de un párroco azotado públicamente porque no había querido tomar los diezmos de una viuda; en otros, de un artesano franco apresado por no haber querido regalar al prior una silla de montar… Todas las ofensas, todas las injurias, todas las amenazas y rencores, todos los odios brotaban ante la abadía como la nueva luz en los cielos.
Volvieron a entrar unos cuantos en la iglesia y reaparecieron llevando con ellos a cuatro monjes, a los que daban patadas y puñetazos mientras los tenían sujetos por los brazos. Al verlos los demás facundinos, se apresuraron a volver al templo para buscar a otros. Arrancaron las rejas del coro y muchos de los monjes y novicios saltaban sobre sus libros, corrían por las naves, agarraban candelabros para defenderse. Todos gritaban, pero nadie escuchaba. Algunos de los profesos se desgarraban de prisa los hábitos negros e intentaban huir en bragas, casi desnudos, con la esperanza de que no los reconociesen.
La multitud, por otro lado, se había desbordado sobre el claustro y golpeaba las sólidas puertas de las dependencias interiores, deseosa de devastarlo todo, de apresar a todos los santos moradores. Entre la masa, algunos hombres armados con palos, cuchillos, herramientas del campo y espadas intentaban dirigir la rebelión y reclamar obediencia, aunque sin ninguna fortuna. Casi todos sabían que eran los Hermanos, miembros de aquella cofradía de descontentos que llevaba más de tres años conspirando contra los dueños de la abadía. Lanzaban vivas al rey y muerte al abad y no les costaba mucho esfuerzo que los otros se unieran a sus voces.
Cuando Martín se asomó al patio de su casa para alegrarse de la recuperación de la luz, con Zulema cogida por la cintura, todavía medrosos y acobardados los dos, oyó el alboroto lejano.
– ¿Qué ha pasado, Martín? -preguntó Zulema.
– No lo sé. Es una gran señal del cielo.
– ¿Y qué significa?
Martín esperó un tiempo para responder.
– Grandes desgracias, desde luego. Grandes calamidades venideras.
– ¿Por nuestros pecados?
– Sin duda -dijo él-. Dios no nos privaría de la luz si fuéramos santos y piadosos.
Tenía deseos de acercarse al monasterio para averiguar el origen del vocerío y del humo que brotaba en uno de sus lados, pero no deseaba dejar sola a Zulema. Iscam estaba cazando en Grajal, a ben Yacún no lo había visto desde el día anterior, los criados habían desaparecido.
– Esperaremos -dijo Martín, como respondiéndose a sí mismo.
Sentado en el patio, sin saber qué hacer, aguardó el declinar de la tarde, admirado de la recobrada regularidad y naturaleza del sol. Se iban apaciguando poco a poco los gritos, aunque se oían algunos tan pronto por la parte del río como en lo alto de la colina o en el centro de la ciudad, más cerca o más lejos de su casa. Gritos que muchas veces eran cantos y otras eran alaridos. Repicaban de vez en cuando las campanas solemnes de San Facundo y respondían, más débiles, las de otras iglesias.
La columna de humo negro se mantenía fija y pesada sobre el ala occidental de la abadía, en donde estaban bodegas y graneros; como si no quisiera separarse de allí.
Caminó hasta la puerta cuando oyó voces y carreras muy cerca, calle arriba. Aún había luz bastante. Vio a dos hombres corriendo, uno de ellos con la saya negra y larga de la abadía, el otro casi desnudo, y un grupo que los perseguía con estacas y horcas. Lo formaban sobre todo mujeres y niños. Se situó en el medio del camino que traían, con los brazos extendidos para detenerlos.
Los perseguidores parecieron vacilar un instante al contemplar al merino de los francos con aquel gesto decidido y autoritario. Los perseguidos aprovecharon el súbito desconcierto para entrar en su zaguán. Martín se fue detrás de ellos y cerró la puerta con una pesada tranca. Había reconocido en el del hábito al antiguo prior don Adalbero. Su compañero, el que corría desnudo, debía de ser un novicio.
El muchacho permanecía en el patio, respirando agitado, con los ojos desencajados, sin saber qué hacer.
– ¿Por qué os persiguen? -preguntó Martín.
El otro sólo hizo un gesto ambiguo con la cabeza y fue a apoyarse contra un muro, las manos sobre el corazón. Afuera, las mujeres y los niños seguían gritando y dando golpes en la puerta.
Oyó entonces una especie de ahogado gemido en el interior de su casa. Se lanzó decidido hacia la puerta, pensando sólo en Zulema. Pero tropezó en el umbral con ella, que lo miraba serena. En la mano tenía un cuchillo de la cocina que goteaba sangre. Cerca de las brasas del hogar, don Adalbero estaba tendido en el suelo, con las dos manos sujetándose el costado y la mirada suplicante. Una fuente de líquido rojo le manaba del cuerpo y se extendía por la tierra apisonada. Al ver a Martín a su lado, despegó los brazos y los tendió hacia él.
– Martín, hijo… -susurró.
– ¿Qué has hecho? -preguntó él a Zulema.
– Creí… creí que volvía por mí. Es él quien me poseía en el sótano… Este hombre me había encerrado para él y volvía a buscarme, mi amo. Yo no te he contado cómo vivía allí abajo, en el monasterio, antes de escaparme. Es éste el hombre… Quería apresarme de nuevo… Martín intentaba comprender de un golpe aquello a lo que no había querido acercarse. Ahora, como relámpagos, caían sobre él demasiadas respuestas del pasado. Pero don Adalbero continuaba mirándolo, suplicando con los ojos.
– ¡Anda, Zulema, corre; vete a buscar a ben Yacún! Quizá pueda salvarlo.
Todavía tenía el cuchillo en las manos; cuando la vieron las mujeres que seguían gritando ante la puerta, después de que ella la abrió, descubrieron que ya se había hecho la justicia que buscaban y siguieron calle abajo, sin enmudecer sus voces.
Dentro de la casa, en la rojiza penumbra, Martín sujetó en su brazo la cabeza canosa de don Adalbero. Con la mano libre arrebujó el mismo hábito desgarrado y lo apretó sobre la herida.
– Martín de Châtillon… -decía el monje.
– Sí, don Adalbero. Yo soy Martín de Châtillon, el merino.
– Châtillon… Te reconocí el primer día, cuando viniste a traernos las reliquias. ¿Acaso no me buscabas a mí?
– Entonces te buscaba, sí. Mi madre me lo había mandado -dijo Martín.
– ¿Qué fue de ella? Era la muchacha más hermosa…