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Everard frunció el ceño.

—Humm, ese procedimiento… Bien, podemos discutir las posibles complicaciones. También te moverás mucho geográficamente, ¿no?

—Sí. Según las pocas tradiciones de los godos que se pusieron por escrito en el Imperio romano, los godos tuvieron su origen en lo que es ahora el centro de Suecia. Yo no creo que un pueblo tan numeroso pudiese venir de una zona tan limitada, incluso teniendo en cuenta el incremento natural, pero puede haber dado líderes y organización, de la misma forma que hicieron los escandinavos con los nacientes estados rusos en el siglo IX.

—Yo diría que gran parte de los godos comenzaron siendo moradores del litoral sur del Báltico. Estaban al este de los germanos. Aunque no es que fuesen una única nación. Para cuando llegaron a la Europa del oeste, se habían dividido en ostrogodos, que ocuparon Italia, y visigodos, que ocuparon Iberia. Lo que por cierto, dio a esas regiones los mejores gobiernos que habían tenido en mucho tiempo. Con el tiempo, los invasores fueron a su vez invadidos y se disgregaron en el conjunto de la población.

—¿Pero antes?

—Los historiadores hablan de forma vaga sobre tribus. Para el 300 d.C. estaban bien establecidas a los largo del Vístula, en el centro de la actual Polonia. Antes del final de ese siglo, los ostrogodos se encontraban en Ucrania y los visigodos justo al norte del Danubio, en la frontera romana. Aparentemente, una gran migración a lo largo de generaciones, porque parece que habían abandonado el norte por completo, ocupado a su vez por tribus eslavas. Ermanarico era un ostrogodo, así que voy a seguir a esa rama.

—Ambicioso —dijo Everard dubitativo—. Y eres nuevo.

—Ganaré experiencia sobre la marcha, Manse. Tú mismo lo admitiste, a la Patrulla le falta personal. Más aún, conseguiré mucha historia que tú deseas.

Everard sonrió.

—Eso sí. —Se puso en pie—: Vamos, termínate la copa y vayamos a comer. Tendremos que cambiarnos de ropa, pero valdrá la pena. Conozco un salón local, a finales del xix, que ofrece unos magníficos almuerzos gratis.

300–302

Llegó el invierno y luego, poco a poco, con arrebatos de viento, nieve y lluvia helada, se retiró. Para aquellos que vivían en el caserío junto al río, ese año los rigores de la estación fueron menores. Carl se alojó entre ellos.

Al principio muchos sintieron temor por el misterio que lo rodeaba; pero llegaron a comprender que no traía malas intenciones ni mala suerte. Pero el sobrecogimiento que les producía no menguó. Es más, fue en aumento. Desde el principio Winnithar declaró que no era adecuado que un invitado de su categoría durmiese sobre un banco como si se tratase de un vulgar propietario, y le ofreció una cama. Le ofreció a Carl que eligiese a una esclava para que se la calentase, pero el extraño rechazó la oferta con amabilidad y juicio. Aceptó comida y bebida, y tomó un baño y salió al retrete. Sin embargo, corrió el rumor de que esas actividades no le eran necesarias, excepto para demostrar que era mortal.

Carl hablaba con suavidad y con amabilidad, de forma algo digna. Podía reír, contar un chiste o relatar una historia divertida. Salía a pie o a caballo, en compañía, a cazar o a visitar al terrateniente más cercano o a hacer ofrendas a los Anses y participar en el festín posterior. Participó en pruebas de tiro y lucha, hasta que quedó claro que ningún hombre podía derrotarle. Cuando jugaba a tabas o juegos de tablero, no siempre ganaba, aunque se extendió la idea de que era para evitar que los demás temiesen brujería. Hablaba con cualquiera, desde Winnithar hasta el sirviente más bajo o el más pequeño de los niños, y escuchaba con atención; ciertamente, les resultaba agradable, y era igualmente amable con subalternos y animales.

Pero en lo que se refería a su propio yo, permanecía oculto.

Eso no significa que permaneciese sentado con seriedad. No, hacía fluir las palabras y la música como nadie. Deseoso de oír historias, poemas y canciones, dichos, todo lo que pudiese, él lo devolvía con creces. Porque parecía conocer todo el mundo, como si lo hubiese recorrido en persona durante más de una vida.

Habló de Roma, la poderosa e inquieta, de su señor Diocleciano, sus guerras y leyes severas. Contestaba preguntas sobre el nuevo dios, el de la Cruz, del que los godos habían oído hablar a comerciantes y esclavos venidos tan al norte. Les habló de los grandes enemigos de Roma, de los persas, y de las maravillas que habían creado. Sus palabras avanzaban, noche tras noche… hacia el sur, hasta tierras donde siempre hacía calor y la gente tenía la piel negra, y donde moraban bestias parecidas a los linces pero del tamaño de osos. Les mostró otras bestias, dibujándolas con carbón sobre trozos de madera, y ellos gritaron de asombro; ¡comparados con un elefante, un toro e incluso un trol no eran nada! Cerca del final del oriente, les dijo, había un reino más ancho, antiguo y maravilloso que Roma o Persia. Sus habitantes tenían la piel del tono del ámbar pálido y ojos que parecían líneas. Puesto que estaba plagado de tribus salvajes al norte, habían construido una muralla tan larga como una cordillera montañosa, y desde entonces atacaban desde ese reducto. Por eso los hunos habían ido al oeste. Ellos, que habían derrotado a los Aslan y atacaban a los godos, sólo eran escoria bajo la mirada rasgada de Khitai. Y toda esa inmensidad no era todo lo que había. Si viajabas al oeste atravesando el dominio romano conocido como Galia, llegarías al Mundo Mar del que habías oído historias fabulosas, y si tomabas un barco —pero las embarcaciones que navegaban por los ríos no eran lo suficientemente grandes— y navegabas durante mucho tiempo, encontrarías el hogar de los sabios y ricos mayas…

Carl también tenía historias de hombres, mujeres y sus hechos: Sansón el fuerte, Deirdre la hermosa y desdichada, Crockett el cazador…

Jorith, hija de Winnithar, olvidaba que tenía edad de casarse. Se sentaba en el suelo entre los niños, a los pies de Carl, y escuchaba con atención mientras sus ojos reflejaban la luz del fuego y se convertían en soles.

No siempre estaba disponible. A menudo decía que debía estar solo y se alejaba. En una ocasión, un muchacho, temerario pero hábil en el arte de seguir el rastro, lo siguió sin ser visto, a menos que Carl se dignase a no prestarle atención. El muchacho regresó blanco y anonadado, para contar a trompicones que el barba gris había ido al bosquecillo de Tiwaz. Nadie penetraba entre esos oscuros pinos más que la víspera del solsticio de invierno, cuando se ofrecían tres sacrificios de sangre —caballo, perro y esclavo— para que el Controlador del Lobo ordenase a la oscuridad y al frío que se alejasen. El padre del muchacho lo azotó, y después nadie habló abiertamente de ello. Si los dioses permitían que sucediese, mejor era no preguntar las razones.

Carl regresaba al cabo de unos días, con ropa limpia y regalos. Eran cosas pequeñas, pero no tenían precio, ya fuese un cuchillo de hoja desusadamente larga, un pañuelo de lujosa tela extranjera, un espejo que superaba el cobre pulido o un estanque en calma —los tesoros llegaban y llegaban, hasta que cada uno sin importar su posición, hombre o mujer, tuvo al menos uno. Sobre ellos se limitaba a decir:

—Conozco a los fabricantes.

La primavera llegó al norte, la nieve se fundió, las yemas se transformaron en hojas y flores, el río fluía crecido. Los pájaros llenaron el cielo de alas y gritos. Corderos, becerros y potros trotaban por los potreros. La gente salía, parpadeando por el súbito brillo; aireaban sus casas, ropas y almas. La Reina de la Primavera llevó la imagen de Frija de granja en granja para bendecir la siembra y la cosecha, "entras jóvenes y doncellas adornados bailaban alrededor de su carruaje. Los anhelos despertaban.