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El nacimiento de su hija sumió a Samantha Ernst en una discreta pero feroz depresión; no tuvo arrebatos escandalosos ni grandes cambios aparentes en su conducta, pero no volvió a ser la misma. Siguió levantándose a mediodía, viendo televisión y tomando sol como una lagartija, sin oponer resistencia a la realidad, pero tampoco participando en ella. Comía muy poco, estaba siempre somnolienta y sólo resucitaba en la cancha deportiva, mientras Margaret vegetaba en un coche a la sombra, tan abandonada que a los ocho meses todavía no era capaz de sentarse y apenas sonreía. Su madre sólo la tocaba para cambiarle pañales y colocarle el biberón en la boca. En las noches Gregory la bañaba y a veces la mecía un rato, procurando hacerlo siempre en presencia de Samantha. Quería mucho a la niña y cuando la cogía en brazos sentía una dolorosa ternura, un deseo abrumador de protegerla, pero no era capaz de mimarla como deseaba. La confesión de su hermana erguía una muralla china entre su hija y él. Tampoco se sentía cómodo con los chicos que cuidaba en su trabajo y se sorprendía examinándose en busca de cualquier detalle revelador de una supuesta índole licenciosa heredada de su padre. Al comparar a Margaret con otras criaturas de su edad la encontraba atra sada en su desarrollo; sin duda algo andaba mal, pero no quiso compartir las dudas con su mujer para no asustarla y alejarla aún más del bebé. Le hacía pruebas a ver si oía bien, tal vez era sorda y por eso parecía tan quieta, pero cuando golpeaba las manos cerca de la cuna ella se sobresaltaba. Pensaba que Samantha no se había dado cuenta, pero un día ella le preguntó cómo se sabe cuando un niño es retardado y entonces pudieron hablar por primera vez de sus temores. Después de examinar a Margaret por dentro y por fuera, en el hospital diagnosticaron que estaba sana, simplemente necesitaba un poco de aliciente, era como un animal dentro de una caja, privado de sus sentidos. Los padres tomaron un curso de estimulación precoz donde aprendieron a acariciar a su hija, hablarle en gorgojeos, señalarle poco a poco el mundo circundante y otras elementales destrezas que cualquier miserable orangután nace sabiendo y que ellos tuvieron que aprender con un manual de instrucciones. Los resultados fueron evidentes a las pocas semanas, cuando la niña comenzó a arrastrarse por el suelo y un año más tarde pronunció sus dos primeras palabras, que no fueron papá ni mamá, sino gato y tenis. Gregory estudiaba para los exámenes finales, horas, días, meses metido en los libros y agradeciendo al cielo su buena memoria, lo único que funcionaba bien mientras lo demás a su alrededor parecía deteriorarse irremisiblemente en un rápido proceso de descomposición. La guerra de Vietnam, lejos de terminar, como había calculado, adquiría proporciones de catástrofe. Junto con el alivio de recibirse finalmente de abogado estaba la inevitable pesadilla de ir al frente, porque tenía un contrato con las Fuerzas Armadas y no podía seguir posponiendo el servicio. Su familia era el principal motivo de angustia; su relación con Samantha daba tumbos y una separación sin duda acabaría de romperla, además temía dejar a Margaret, que crecía llena de rarezas. Su hija existía en forma tan solapada y misteriosa que a veces Samantha la olvidaba y cuando Gregory llegaba en la noche descubría que no había comido desde el desayuno. No jugaba con otros chicos, se entretenía por horas mirando telenovelas, nunca tenía apetito, se lavaba en forma obsesiva, sucia, sucia, decía a cada rato, arrastrando un taburete junto al lavatorio para jabonarse las manos largamente. Se orinaba en la cama y lloraba con desesperación cuando despertaba con las sábanas mojadas. Era muy bonita y seguiría siéndolo, a pesar de las agresiones que cometería contra su cuerpo, poseía la gracia noble de su abuela de Virginia y el exótico rostro eslavo de Nora Reeves, tal como se la ve en una fotografía tomada en el barco de refugiados que la trajo de Odesa. Mientras Margaret vivía en la sombra de los muebles y escondida en los rinco nes, sus padres, demasiado ocupados en sus propios asuntos y engañados por su apariencia de niña buena, no fueron capaces de ver los demonios que se gestaban en su alma.

Se vivían tiempos de grandes alteraciones y de sorpresas continuas. La novedad del amor libre, después de tantos siglos de mantenerlo en cautiverio, se regó con rapidez y lo que comenzó como otra fantasía de los hippies se convirtió en el juego predilecto de los burgueses. Asombrado, Gregory vio cómo las mismas personas que poco antes defendían las ideas más puritanas ahora practicaban el libertinaje en pequeñas orgías de índole doméstica. Cuando estaba soltero resultaba casi imposible conseguir una muchacha dispuesta a hacer el amor sin una promesa matrimonial, el placer sin culpa y sin miedo era impensable antes de las píldoras anticonceptivas. Tenía la impresión de haber pasado los primeros diez años de su juventud dedicado a conseguir mujeres, todo el empeño y la imaginación se le iban en esa agobiante cacería, por lo general en vano. De pronto las cosas se dieron vuelta y en cuestión de un par de años la castidad dejó de ser una virtud para convertirse en un defecto del cual había que curarse antes de que los vecinos se enteraran. Fue un viraje tan brusco que Gregory, enfrascado en sus problemas, no tuvo tiempo de adaptarse a los dramáticos cambios, la revolución le llegó tarde. A pesar de su fracaso con Samantha, no se le pasó por la mente la idea de aprovechar las insinuaciones de algunas audaces compañeras de estudios o madres de los niños que cuidaba.

Un sábado de primavera los Reeves fueron invitados a cenar en casa de unos amigos. Ya no era costumbre sentarse a la mesa, la comida esperaba en la cocina y cada comensal se servía en platos de cartón y se acomodaba como mejor pudiera equilibrando un vaso lleno, un plato chorreado de salsa, un pan, una servilleta y a veces hasta un cigarrillo. Se bebía demasiado y se fumaba marihuana. Gregory había tenido un día pesado, se sentía cansado y se preguntaba si no estaría mejor en su casa que ocupado en despedazar un pollo sobre sus rodillas sin echárselo encima. Después de los postres se inició una maniobra colectiva, la gente se quitó la ropa y se metió en una gran bañera de agua caliente instalada en el jardín a la luz de la luna. La moda de los partos acuáticos pasó sin grandes consecuencias, pero a muchas familias les quedó de recuerdo una tina monumental. Los Reeves aun tenían la suya en la sala y servía de corral para Margaret y depósito donde iba a parar lo que recogían del suelo y se destinaba al olvido. Otros más audaces convirtieron los artefactos en centro de atracción, inspirados en la idea de los baños comunitarios del Japón, hasta que la industria nacional puso en el mercado gran des tinajas especiales para tal fin. Gregory no se sintió tentado de salir recién comido a enfriarse al patio, pero le pareció de mal gusto quedarse vestido cuando los demás estaban en cueros, no fueran a pensar que tenía algo de qué avergonzarse. Se quitó la ropa, observando de reojo a Samantha y extrañado de la naturalidad de su mujer para exhibirse. No tenía pudores, se sentía orgulloso de su cuerpo y a menudo circulaba desnudo en su casa, pero esa exposición pública lo puso un poco nervioso, en cambio los otros participantes de la reunión parecían tan a gusto como cualquier aborigen del Amazonas. Las mujeres procuraban mantenerse dentro del agua, pero los hombres aprovechaban cualquier pretexto para lucirse, los más arrogantes ofrecían el espectáculo de su desnudez mientras servían tragos, encendían pitos o cambiaban los discos, algunos incluso se ponían en cuclillas al borde de la bañera a pocos centímetros de la cara de una esposa ajena. Gregory comprendió que no era la primera vez que sus amigos se encontraban en esa situación y se sintió traicionado, como si todos compartieran un secreto del cual había sido excluido a propósito. Sospechó que Samantha había estado antes en fiestas parecidas y no había considerado necesario contárselo. Procuró no mirar a las mujeres, pero los ojos se le iban a los senos perfectos de la madre de la dueña de casa, una matrona de casi sesenta años, en quien no se había fijado hasta que aparecieron flotando en el agua esos atributos inesperados en una persona de su edad. En su inquieto destino Reeves habría de pasearse por tantas geografías femeninas que le sería imposible recordarlas todas, pero nunca olvidaría los senos de esa abuela. Entretanto Samantha, con los párpados cerrados y la cabeza echada hacia atrás, más relajada y contenta de lo que su marido nunca la había visto, canturreaba a sus anchas, con un vaso de vino blanco en una mano y la otra perdida bajo el agua, a su parecer demasiado cerca de las piernas de Timothy Duane. En el camino de regreso a casa él trató de hablar del tema, pero ella se durmió en el automóvil. Al día siguiente, ante una taza de café humeante en la cocina iluminada por el sol, la fiesta nudista parecía un sueño lejano y ninguno de los dos la mencionó. A partir de esa noche Samantha aprovechaba toda oportunidad de experimentar nuevas sensaciones en grupo, en cambio en la privacidad de la cama matrimonial seguía siendo tan fría como antes. ¿Por qué privarse? No hay que restar sino sumar experiencias a la vida, de cada encuentro uno sale enriquecido y tiene, por lo tanto, más para ofrecer a su pareja, el amor alcanza para muchos, el placer es un pozo inagotable del que se puede beber hasta la saciedad. aseguraban los profetas del matrimonio abierto. Gregory sospechaba que había alguna tram pa en esos razonamientos, pero no se atrevía a manifestar sus dudas por temor a parecer un troglodita. Se sentía como un forastero en ese medio, la promiscuidad no acababa de convencerlo y al ver la aceptación entusiasta de todos sus amigos imaginó que le pesaba su pasado del barrio y por eso no lograba adaptarse. No quería admitir cuánto le molestaba que otros hombres manosearan a Samantha con el pretexto de hacerle masajes desintoxicantes, activar sus puntos holísticos o estimular el crecimiento espiritual mediante la comunión de los cuerpos. Ella lo confundía, creía que le ocultaba aspectos de su personalidad y mantenía una existencia secreta, nunca mostraba su verdadero rostro sino una sucesión de máscaras. Le parecía perverso acariciar a otra mujer delante de la suya. pero tampoco deseaba quedarse atrás. Cada semana los sexólogos de moda descubrían nuevas zonas erógenas y por lo visto había que explorarlas todas para no pasar por ignorante; en su mesa de noche se acumulaban manuales esperando turno para ser estudiados. En una oportunidad se atrevió a objetar un método de encuentro con el Yo y despertar de la Conciencia mediante la masturbación colectiva y Samantha lo acusó de ser un bárbaro, un alma incipiente y primitiva. — ¡No sé qué tiene que ver la calidad de mi alma con el hecho perfectamente natural de que no me guste ver los dedos de otros hombres entre tus piernas! — Típico de una cultura subdesarrollada y foránea — anotó ella sorbiendo impasible su jugo de apio. — ¿Cómo? — preguntó desconcertado.