El salmista dice: «Dios es nuestro amparo y nuestra fortaleza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia» (Salmo 46:1). Más adelante en el mismo capítulo él nos recuerda: «Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios» (Salmo 46:10). Estos versículos tienen un trasfondo interesante. No los escribió David, este salmo fue escrito durante el tiempo de Ezequías, muchos años después de la muerte de David. Senaquerib, el rey de Asiria, atacó la nación de Israel. Los soldados enemigos habían rodeado a Jerusalén, y los israelitas estaban nerviosos. Sabían que el peligro era grande, así que hicieron esta oración. Cinco minutos antes del mediodía, Dios mandó una plaga y murieron ciento ochenta y cinco mil asirios. Jerusalén estaba a salvo y todos estaban felices. Ese es el contexto de este salmo. Esto nos recuerda que Dios es nuestro refugio; él es nuestra fortaleza, no importa lo abrumadora que parezca nuestra condición. ¡Él es la ayuda siempre presente en momentos de dificultad!
Este salmo nos dice dos cosas sobre recibir la ayuda de Dios en tiempos problemáticos. La primera cosa es quedarse quieto cuando tenemos problemas. Allí, la palabra hebrea significa aliviarse, dejarlo ir. Se dice que la mayoría de nuestros problemas vienen de nuestra falta de habilidad para quedarnos quietos. ¿Cuándo fue la última vez que se sentó quieto y se concentró en el Señor? Pruébelo ahora mismo. Respire profundo, exhale, y concéntrese en la presencia de Dios que lo rodea. Haga esto de cincuenta a sesenta veces al día, cada vez que sienta que la tensión aumenta. Tome mini vacaciones mentales. Quédese quieto. La prisa es la muerte de la oración.
Además de decirnos que nos quedemos quieto, el Señor nos recuerda: Reconozcan que yo soy Dios. ¿Sabe que justo en el medio de un huracán o tornado hay un centro tranquilo, que se llama el ojo? De igual forma, aunque todo se deshace alrededor de usted, puede haber un centro tranquilo en su vida. Esté quieto y sepa. Obedezca los principios de Dios, acepte el perdón de Dios, concéntrese en su presencia, «y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús» (Filipenses 4:7).
Confíe en los propósitos de Dios
Si queremos experimentar la paz de Dios, debemos confiar en los propósitos de Dios. Aun cuando las cosas no tengan sentido, debemos confiar en los propósitos de Dios. Escuche lo que dice Proverbios 3:5-6: «Confía en Jehová con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él hará derechas tus veredas» (RVR 95). ¿Cuántos verbos usted ve en estos versículos? Hay cuatro de ellos. El primero es confía. Está seguido de no te apoyes, reconócelo y hará. Los primeros tres verbos se usan como mandatos: confía, no te apoyes y reconócelo. El cuarto verbo se usa para expresar una promesa. Dios dice: «Y él hará derechas tus veredas.»
Consideremos confiar por un minuto. ¿Ha notado que muchas cosas en la vida no tienen sentido? ¿Y siente que muchas de las cosas en la vida están fuera de su control? ¿Qué hace en estas situaciones? ¡Confiar! A decir verdad eso es todo lo que puede hacer. «No te apoyes» dice lo mismo. No trate de descifrar la vida por su cuenta. ¿No es verdad que siempre tratamos de hacer esto? Perdemos muchísimo tiempo y energía tratando de descifrar las cosas. Dios nos exhorta a solo confiar en él.
La mayoría de la gente se preocupa por dos problemas comunes: enfermedad y muerte. Todos encaramos enfermedades, y algún día todos moriremos. ¿Cómo puede tener paz cuando un ser querido está enfermo de muerte? ¿Cómo debo reaccionar cuando un amigo muere de repente? Dios me pide que confíe en él, que no trate de descifrar esto por mi cuenta.
Hay personas que me dicen en muchas ocasiones que cuando por fin dejaron de tratar de imaginar por qué Dios permitió que sucediera algo y comenzaron a confiar en él, entonces llegó la paz. Necesitamos aceptar el hecho de que no todas nuestras preguntas serán contestadas en esta vida.
Una de las lecciones que estoy aprendiendo de forma lenta es que no tengo que entender el porqué ni el cómo ni tampoco el cuándo Dios hace lo que hace, todo lo que tengo que hacer es confiar en él para experimentar su paz. Mientras me esfuerzo por arreglar las cosas, en realidad no estoy confiando en Dios y es probable que no tendré paz. Tenemos que confiar en Dios con nuestras vidas y con la vida de nuestros seres queridos.
El escritor de Proverbios nos insta a confiar en Dios y a no depender de nuestra propia prudencia. Luego nos recuerda que reconozcamos a Dios. Ahora, ¿qué quiere decir reconocer a Dios? Significa aceptar el hecho de que Dios controla soberanamente el universo, incluyendo la parte en que usted y yo vivimos. Debemos reconocer que Dios tiene el control y que él no comete errores. Un día de estos voy a predicar un sermón de las palabras o expresiones que nunca le oímos a Dios decir. Una de estas expresiones es ¡ah, ah! Dios nunca tiene que decir: «¡Ah, ah!», porque nunca comete un error. Todo lo que pasa en su vida encaja en el plan de Dios para usted. Él usa cada situación, hasta los problemas, angustias y dificultades que usted mismo se busca, para lograr su propósito en la vida suya. Él acomoda todo perfectamente en su plan y propósito para usted. Lo único que Dios espera de usted es que confíe en él sin tratar de descifrarlo todo. Reconozca que Dios lo domina todo.
Cuando hace esto, tiene su promesa de que él dirigirá su vida o como lo dice la versión NVI «y él allanará tus sendas» (Proverbios 3:6). Muchos de nosotros, cuando tratamos de dirigir nuestras vidas, seguimos caminos fortuitos llenos de indecisión, «¿debo hacer esto o aquello? ¿Debo ir aquí o allí?» La indecisión produce estrés. Pero si confiamos en el Señor, él dirige nuestras sendas y las hace rectas, no llenas de tensiones.
El apóstol Pablo aprendió esta lección. Él tenía paz porque sabía que Dios dirigía su vida. Aun cuando estaba encerrado en una prisión de Roma, pudo escribir: «He aprendido a vivir en todas y cada una de las circunstancias, tanto a quedar saciado como a pasar hambre, a tener de sobra como a sufrir escasez» (Filipenses 4:12). Luego nos dice el «secreto» aprendido: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (4:13). Note que esto fue algo que Pablo tuvo que aprender; no le llegó de forma natural, como tampoco nos llega a nosotros. Él aprendió a confiar en el Señor y a permitirle que guiara su vida por lo que estaba satisfecho, en paz. El lugar más seguro, el lugar más sereno para estar es en el centro de la voluntad de Dios.