Piensan que el tipo está de guasa, pero el guasón les mira, llama a gritos a un camarero y pide treinta botellas de champán.
Treinta botellas de champán.
Y no una mierda barata, no: Dom.
Que paga a tocateja.
– ¿Quién se viene de marcha conmigo? -pregunta después.
Resulta que todo el mundo.
La marcha va por cuenta de Raúl Barrera.
La marcha va por cuenta, y punto, tío.
Entonces, un día no está, y al otro sí.
Por ejemplo, están sentados un día alrededor del Árbol, fumando un poco de hierba y practicando un poco de kárate, y Raúl se pone a hablar de Felizardo.
– ¿El boxeador? -pregunta Fabián. César Felizardo, el héroe más grande de México.
– No, el labriego -contesta Raúl. Termina un veloz golpe hacia atrás y mira a Fabián-. Sí, el boxeador. Pelea contra Pérez aquí la semana que viene.
– No quedan entradas -contesta Fabián. -Para ti no -dice Raúl.
– ¿Para ti sí? -Es de mi ciudad -dice Raúl-. Culiacán. Yo era su representante. Es mi piejo. Si queréis ir, yo me encargo.
Sí, quieren ir, y sí, Raúl se encarga. Asientos de primera fila. £1 combate no dura mucho (Felizardo deja KO a Pérez en el tercer asalto), pero aun así es una caña. Lo mejor es cuando Raúl les lleva al vestuario después para presentarles a Felizardo. Habla con ellos como si fueran amigos de toda la vida.
Fabián también repara en algo más: Felizardo les trata como a colegas, y trata a Raúl como a un cuate, pero el boxeador trata a Adán de una manera diferente. Hay un aire de deferencia en su forma de hablarle a Adán. Y Adán no se queda mucho rato, entra, felicita al boxeador y se marcha.
Pero todo se detiene durante los escasos minutos que está en la habitación.
Sí, Fabián capta la idea de que los Barrera pueden llevarte a sitios, y no solo a asientos de tribuna de un partido de fútbol (Raúl les lleva), o a asientos de palco para ver el partido de los Padres (Raúl les lleva), o incluso a Las Vegas, a donde todos vuelan un mes después, se alojan en el Mirage, pierden todo su puto dinero, ven a Felizardo sacudir de lo lindo a Rodolfo Aguilar durante seis asaltos para conservar su título de peso ligero, y después se van de juerga con un batallón de call girls de lujo a la suite de Raúl, para volver a casa (con resaca, bien follados y felices) la tarde siguiente.
No, capta la idea de que los Barrera pueden llevarte de un día a otro a lugares a los que no accederías en años, si lo consigues alguna vez, trabajando catorce horas en la oficina de tu padre.
Se oyen cosas acerca de los Barrera (el dinero que van tirando a su alrededor procede de las drogas, bueno, ¿y qué?), pero sobre todo acerca de Raúl. Una de las historias que les han contado entre susurros sobre Raúl dice así:
Está sentado en su coche delante de casa, con música bandera sonando en los altavoces a toda pastilla y el bajo a máximo volumen, cuando uno de los vecinos sale y llama con los nudillos a la ventanilla del coche.
Raúl baja la ventanilla.
– ¿Sí?
– ¿Podría bajar el volumen? -chilla el tipo por encima de la música-. ¡La oigo dentro de casa! ¡Las ventanas vibran!
Raúl decide tocarle un poco los cojones.
– ¿Qué? -grita-. ¡No le oigo!
El hombre no está de humor para mamonadas. También es un machito.
– ¡La música! -grita-. ¡Bájela! ¡Está demasiado alta, joder!
Raúl saca la pistola de la chaqueta, la apoya en el pecho del hombre y aprieta el gatillo.
– Ahora no está demasiado alta, ¿verdad, pendejo?
El cuerpo del hombre desaparece, y nadie se vuelve a quejar de la música de Raúl.
Fabián y Alejandro han hablado de esta historia y han decidido que debe de ser una chorrada, no puede ser cierta, es demasiado al estilo de El precio del poder para ser real. Pero, cuando Raúl ha terminado su canuto sugiere: «Vamos a matar a alguien», como si sugiriera ir a Bassin-Robbins a comprar un cucurucho de helado.
– Vamos -dice Raúl-, seguro que querréis desquitaros de alguien.
Fabián sonríe a Alejandro.
– De acuerdo…-dice.
El padre de Fabián le había regalado un Miata. Los padres de Alejandro le habían regalado un Lexus. La otra noche estaban haciendo carreras, como tantas otras noches. Pero esa noche Fabián adelanta a Alejandro en una carretera de dos carriles y otro coche viene en dirección contraria. Fabián consigue meterse en su carril y evitar un choque frontal por un pelo. Resulta que el otro conductor es un tipo que trabaja en el edificio de oficinas de su padre y reconoce el coche. Llama al padre de Fabián, que se cabrea como una mona y le confisca el Miata durante seis meses, y ahora Fabián se ha quedado sin coche.
Fabián se lo cuenta a Raúl.
Es una broma, ¿verdad? Una bobada, una gracia, cosas de colgados.
Hasta que el hombre desaparece una semana después.
Una de esas raras noches en que el padre de Fabián va a casa a cenar, encuentra a Fabián y empieza a hablarle de un hombre de su edificio que ha desaparecido, borrado de la faz de la Tierra, y Fabián se excusa de la mesa, va al cuarto de baño y se lava la cara con agua fría.
Más tarde se encuentra con Alejandro en un club y comentan el asunto protegidos por la música estridente.
– Mierda -dice Fabián-. ¿Crees que lo habrá hecho?
– No lo sé -dice Alejandro. Mira a Fabián y se echa a reír-. Noooo.
Pero el hombre no aparece. Raúl nunca dice ni una palabra al respecto, pero el hombre no aparece. Y Fabián está acojonado, digamos. Era una broma, solo le estaba poniendo a prueba, ¿y por eso ha muerto un hombre?
¿Y cómo te sientes?, se pregunta, como haría un consejero escolar.
La respuesta sorprende a Fabián.
Se siente alucinado, culpable y…
Estupendo.
Poderoso.
Señalas con un dedo y…
Adiós, cabronazo.
Es como el sexo, pero mejor.
Dos semanas después hace acopio de valor para hablar de negocios con Raúl. Suben al Porsche rojo y van a dar una vuelta.
– ¿Cómo entro? -pregunta Fabián.
– ¿Dónde?
– La pista secreta -dice Fabián-, No tengo mucho dinero. Quiero decir que no tengo mucho dinero propio.
– No necesitas dinero -dice Raúl.
– ¿No?
– ¿Tienes una carta verde?
– Sí.
– Por ahí se empieza.
Así de sencillo. Dos semanas después, Raúl regala a Fabián un Ford Explorer y le dice que cruce la frontera por Otay Mesa. Le dice a qué hora tiene que cruzar y qué carril tiene que utilizar. Fabián está acojonado, pero es una pasada, un chute de adrenalina. Cruza la frontera como si no existiera. El hombre le indica con un ademán que pase. Conduce hasta la dirección que Raúl le ha dado, donde dos tíos suben al Explorer, él sube al de ellos y vuelve a Tijuana.
Raúl le da diez de los grandes.
En metálico.
Fabián también enrola a Alejandro.
Son cuates, colegas.
Alejandro le acompaña dos veces, y luego entra en el negocio. Está bien, ganan dinero, pero…
– No estamos ganando mucho dinero -le dice a Alejandro una tarde.
– A mí me parece que sí.
– Pero se gana mucho más dinero transportando coca.
Va a ver a Raúl y le dice que está dispuesto a prosperar.
– Genial, hermano -dice Raúl-. Todos estamos dispuestos a prosperar.
Le cuenta a Fabián de qué va el rollo y hasta le pone en contacto con los colombianos. Se sienta con él mientras redactan un contrato de lo más habituaclass="underline" Fabián recibirá cargamentos de cincuenta kilos de coca, que un barco de pesca desembarcará en Rosario. Los pasará a través de la frontera a mil el kilo. No obstante, cien de esos grandes irán a parar a Raúl, a cambio de protección.