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Bam.

Cuarenta de los grandes, así de fácil.

Fabián hace dos contratos más y se compra un Mercedes.

Puedes quedarte el Miata, papá. Aparca ese cortacésped japonés, y no lo muevas. Y entretanto: Ya puedes dejarme de dar la paliza con las notas, porque he sacado sobresaliente en Marketing 101. Ya soy corredor de materias primas, papá. No te preocupes por meterme en la empresa, porque lo último que deseo en este mundo es un T-R-A-B-A-J-O.

No podría soportar el recorte salarial.

Si crees que Fabián ligaba antes, tendrías que verle ahora.

Fabián tiene D-I-N-E-R-O.

Tiene veintiún años y vive a lo grande.

Los demás chicos se dan cuenta, los demás hijos de médicos y abogados y corredores de Bolsa. Se dan cuenta y quieren imitarle. Muy pronto, casi todos los chicos que frecuentan el pequeño círculo de Raúl en el Árbol, practicando kárate y fumando hierba, están en el negocio. Introducen la mierda en Estados Unidos, o hacen sus propios contratos y dan su parte a Raúl.

Están metidos (la siguiente generación de la estructura de poder de Tijuana) hasta el cuello.

Muy pronto, el grupo recibe un mote. Los Junior.

Fabián se convierte, pues, en el Junior.

Una noche, está tomando unas copas en Rosario cuando se topa con un boxeador llamado Eric Casavales y su promotor, un tío mayor llamado José Miranda. Eric es un boxeador muy bueno, pero esta noche está borracho y no se da cuenta de quién es aquel blandito cachorro de yuppy. Bebidas derramadas, camisas manchadas, intercambio de palabras. Sin dejar de reír, Casavales saca una pistola del cinturón y la agita ante las narices de Fabián, antes de que José consiga llevárselo.

De modo que Casavales se aleja tambaleante, riendo de la expresión asustada del niñato rico cuando vio el cañón de la pistola, y todavía continúa riendo cuando Fabián se dirige a su Mercedes, saca su pistola de la guantera, alcanza a Casavales y a Miranda, que están parados ante el coche del boxeador, y les mata a tiros.

Fabián tira la pistola al mar, sube a su Mercedes y regresa a Tijuana.

Y se siente muy bien.

Satisfecho de sí mismo.

Esa es una versión de la historia. La otra, muy popular en Ted's Big Boy, es que el encuentro de Martínez con el boxeador no fue accidental, que el promotor de Casavales estaba retrasando un combate que César Felizardo necesitaba para ascender y no daba su brazo a torcer, ni siquiera después de que Adán Barrera le abordara con una oferta muy razonable. Nadie sabe cuál es el verdadero motivo, pero Casavales y Miranda están muertos, y ya avanzado ese mismo año, Felizardo consigue su combate por el campeonato de los pesos ligeros y lo gana.

Fabián niega haber matado a alguien por ningún motivo, pero cuanto más lo niega, más credibilidad gana la historia.

Raúl llega al extremo de ponerle un mote.

El Tiburón.

Porque se mueve como un tiburón en el agua.

Adán no trabaja con los chicos. Trabaja con los adultos.

Lucía le supone una enorme ayuda, con su árbol genealógico y su estilo de la vieja escuela. Le lleva a un buen sastre, le compra trajes caros y clásicos y ropa sencilla. (Adán intenta, pero fracasa, que Raúl se someta a la misma transformación. En todo caso, su hermano se vuelve aún más extravagante, y añade a su indumentaria de narcovaquero de Sinaloa, por ejemplo, un abrigo de visón largo hasta los pies.) Lucía le lleva a clubes de poder privados, a los restaurantes franceses del distrito de Río, a fiestas privadas en casas particulares de los barrios de Hipódromo, Chapultepec y Río.

Y van a la iglesia, por supuesto. Van a misa los domingos por la mañana. Dejan generosos cheques en el cepillo, dedican enormes contribuciones al fondo para construcción, el fondo del orfanato, el fondo para curas ancianos. El padre Rivera va a su casa a cenar, celebran barbacoas en el patio trasero, jóvenes parejas que acaban de iniciar una familia les piden que sean los padrinos de sus primogénitos. Son como cualquier otra pareja joven y ambiciosa de Tijuana. Él es un hombre de negocios tranquilo y serio, primero con un restaurante, después dos, después cinco. Ella es la esposa de un hombre de negocios joven.

Lucía va al gimnasio, a comer con las demás esposas, a San Diego de compras en Fashion Valley y Horton Plaza. Ella lo considera un deber para con los negocios de su marido, pero nada más. Las demás esposas lo comprenden: la pobre Lucía tiene que dedicar tiempo a la pobre niña, quiere estar en casa, está entregada a la Iglesia.

Ahora es madrina de media docena de bebés. Sufre por ello. Cree que está condenada a erguirse con una sonrisa afligida ante la pila bautismal, sosteniendo al hijo sano de otra mujer.

Si no está en casa, es fácil encontrar a Adán en la parte posterior de alguno de sus restaurantes, bebiendo café y anotando cifras en una libreta. Si no supieras cuáles son sus verdaderos negocios, nunca lo adivinarías. Parece un joven contable. Si no pudieras ver las cifras escritas a lápiz en la libreta, jamás pensarías que son los cálculos de equis kilos de cocaína por la cuota de entrega de los colombianos, menos los gastos de transporte, los gastos de protección, los sueldos de los empleados y otros gastos generales, el diez por ciento de Güero, los diez puntos de Tío. Son cálculos más prosaicos que el coste del filete de buey, las servilletas de hilo y los artículos de limpieza de los cinco restaurantes que ya posee, pero casi siempre está ocupado con el cálculo más complicado de mover toneladas de coca colombiana, así como la sinsemilla de Güero, y cantidades pequeñas de heroína para introducirse en el mercado.

Raras veces ve las drogas, a los proveedores o a los clientes. Adán solo se encarga del dinero (cobrarlo, contarlo, blanquearlo). Pero no lo recoge. Eso es asunto de Raúl.

Raúl se encarga de su parte del negocio.

Pongamos el caso de los dos camellos que cogen doscientos kilos de dinero de los Barrera, cruzan la frontera y siguen conduciendo hacia Monterrey en lugar de ir a Tijuana. Pero las autopistas mexicanas pueden ser largas y, como no podía ser menos, el PJF detiene a los dos pendejos cerca de Chihuahua, y los retiene el tiempo suficiente para que Raúl llegue.

Raúl no está contento.

Tiene las manos de un camello extendidas bajo una cortadora de papel.

– ¿Tu madre no te enseñó nunca a guardarte las manos en los bolsillos? -le pregunta.

– ¡Sí! -chilla el camello. Tiene los ojos desorbitados.

– Tendrías que haberle hecho caso -dice Raúl.

Entonces apoya todo su peso sobre la hoja, que cercena las muñecas del camello. Los polis llevan al tipo corriendo al hospital porque Raúl ha dejado muy claro que quiere vivo al hombre sin manos, y paseando por ahí como un tablero de anuncios humano.

El otro camello fugitivo consigue llegar a Monterrey, pero encadenado y amordazado en el maletero de un coche que Raúl conduce hasta un aparcamiento desierto, rocía con gasolina y prende fuego. Después Raúl transporta el dinero hasta Tijuana en persona, come con Adán y va a un partido de fútbol.

Durante mucho tiempo, nadie intenta apropiarse del dinero de los Barrera.

Adán no interviene en ninguno de los asuntos sucios. Es un hombre de negocios. Tiene una empresa de importación/exportación: exporta drogas, importa dinero. Después se ocupa del dinero, lo cual supone un problema. Es el tipo de problema que todo hombre de negocios quiere padecer, por supuesto: ¿Qué hago con todo este dinero? Pero sigue siendo un problema. Adán puede blanquear cierta cantidad por mediación de los restaurantes, pero cinco restaurantes no pueden producir millones de dólares, de modo que siempre está buscando sistemas de blanqueo.

Pero para él, todo son números.

Hace años que no ve drogas.

Ni sangre.

Adán Barrera nunca ha matado a nadie.

Ni siquiera ha cerrado un puño impulsado por la ira. No, todo eso es cosa de Raúl. No parece importarle, todo lo contrario. Y esta división del trabajo facilita a Adán negar el origen del dinero que entra en casa.