Выбрать главу

Ella les deja, pero es un motivo de discusión cuando Callan vuelve a casa.

– ¿Qué es esto? -pregunta Siobhan.

– Un lavavajillas.

– Sé lo que es. Te estoy preguntando qué coño es.

Le voy a dar una paliza al cabrón de Stevie, eso es lo que es, piensa Callan.

– Un regalo de estreno de casa -dice en cambio.

– Es un regalo de estreno de casa muy generoso.

– O-Bop es un tipo generoso.

– Es robado, ¿verdad?

– Depende de lo que quieras decir con robado.

– Lo devolveremos.

– Eso sería complicado.

– ¿Qué tiene de complicado?

No quiere explicar que Handrigan ya habrá presentado una reclamación por él, y por tres o cuatro más iguales, que ha vendido a mitad de precio para estafar a la aseguradora.

– Es complicado, punto -dice.

– No soy estúpida, ¿sabes?

Nadie le ha dicho nada, pero lo capta. Solo por vivir en el barrio (ir a la tienda, ir a la tintorería, tratar con el instalador del cable, el fontanero), nota la deferencia con que la tratan. Son pequeñas cosas: un par de peras de propina tiradas en la cesta, la ropa lista mañana en lugar de pasado, la cortesía insólita del taxista, del hombre del quiosco, de los obreros de la construcción que no ríen ni le dedican improperios.

– Me fui de Belfast porque estaba harta de gángsters -le dice por la noche en la cama.

Callan sabe a qué se refiere. Los provos se han convertido en poco más que matones, controlan en Belfast casi todo lo que… casi todo lo que O-Bop y él controlan en la Cocina. Sabe lo que le está diciendo. Callan quiere suplicarle que se quede.

– Estoy intentando salirme -dice en cambio.

– Salte, punto.

– No es tan sencillo, Siobhan.

– Es complicado.

– Exacto.

El antiguo mito de marcharse por el morro es solo eso, un mito. Puedes irte, pero es complicado. No puedes hacerlo por las buenas. Hay que hacerlo poco a poco, de lo contrario despiertas suspicacias peligrosas.

¿Y qué hará?, piensa.

¿Para ganar dinero?

No ha ahorrado mucho. Es la queja sempiterna de los hombres de negocios: entra mucho dinero, pero también sale mucho. La gente no lo entiende. Hay la parte de Calabrese y la parte de Peaches, para empezar. Después los sobornos, para dirigentes sindicales, para polis. Después hay que ocuparse de la banda. Después O-Bop y él se quedan el resto, que todavía es mucho, pero no tanto como parece. Y ahora tienen que colaborar en el fondo para la defensa de Big Peaches… Bien, no hay suficiente aún para retirarse, ni siquiera para abrir un negocio legal.

Y, en cualquier caso, se pregunta, ¿qué hará? ¿Para qué coño estoy cualificado? Solo entiendo de extorsionar, emplear mano dura y, reconozcámoslo, liquidar tipos.

– ¿Qué quieres que haga, Siobhan?

– Lo que sea.

– ¿Qué? ¿Camarero? No me veo con una servilleta en el brazo.

Un largo silencio en la oscuridad.

– En ese caso, supongo que yo no me veo contigo.

Callan se levanta a la mañana siguiente, ella está sentada a la mesa bebiendo té y fumando un cigarrillo (ya puedes sacarla de Irlanda, pero… piensa él). Callan se sienta al otro lado de la mesa.

– No puedo salirme así como así. Ese no es el método. Necesito un poco de tiempo.

Siobhan va al grano, una de las cosas que más le gustan de ella.

– ¿Cuánto tiempo?

– Un año, no sé.

– Eso es demasiado.

– Pero podría necesitar ese tiempo.

Ella asiente varias veces.

– Siempre que vayas hacia la puerta de salida.

– De acuerdo.

– Sin vacilar hacia la puerta, quiero decir.

– Sí, ya lo he entendido.

Dos meses después, está intentando explicárselo a O-Bop.

– Escucha, todo esto es una mierda. Ni siquiera sé cómo empezó. Estoy sentado una tarde en un bar, entra Eddie Friel y todo se nos va de las manos. No te echo la culpa, no le echo la culpa a nadie, solo sé que esto tiene que terminar. Me largo.

Como para poner punto final, mete todas sus armas en una bolsa de papel marrón y la tira al río. Después vuelve a casa para hablar con Siobhan.

– Estoy pensando en la carpintería -dice-. Escaparates, apartamentos, cosas así. Tal vez, a la larga, podría construir armarios, mesas y todo eso. Estaba pensando en ir a hablar con Patrick McGuigan, a lo mejor me aceptaría como aprendiz sin pagarme. Tenemos suficiente dinero ahorrado para aguantar hasta que consiga un trabajo de verdad.

– Suena como un plan.

– Seremos pobres.

– Yo he sido pobre -dice ella-. Ya estoy acostumbrada.

A la mañana siguiente, va al loft de McGuigan, en la Once con la Cuarenta y ocho.

Fueron juntos al Sagrado Corazón y hablan unos minutos del instituto, y de hockey unos minutos más, y después Callan pregunta si puede ir a trabajar para él.

– Me estás tomando el pelo, ¿verdad? -dice McGuigan.

– No, hablo en serio.

Muy en serio: Callan trabaja como una madre primeriza.

Aparece a las siete en punto cada mañana con una fiambrera en la mano y una actitud de fiambrera en la cabeza. McGuigan no sabía qué esperar, pero lo que no esperaba era que Callan fuera una persona muy trabajadora. Imaginaba que era un borracho o un colgado, pero no el ciudadano que entra por la puerta puntual cada mañana.

No, el tipo ha venido a trabajar, y a aprender.

Callan descubre que le gusta trabajar con las manos.

Al principio es un manazas (se siente como un idiota, un gilipollas), pero después empieza a mejorar. Y McGuigan, una vez comprobado que Callan va en serio, tiene paciencia. Dedica tiempo a enseñarle cosas, le da pequeños trabajos para que la cague, hasta que llega el momento en que puede hacerlos sin cagarla.

Callan vuelve a casa cada noche cansado.

Al final del día está agotado (le duelen los brazos, todo), pero mentalmente se siente bien. Está relajado, no le preocupa nada. No ha hecho nada durante el día que vaya a causarle pesadillas por la noche.

Deja de frecuentar los bares y pubs en los que O-Bop y él pasaban las horas. Ya no va al Liffey ni al Landmark. Casi todos los días vuelve a casa, Siobhan y él toman una cena rápida, ven un poco la tele y se van a la cama.

Un día O-Bop aparece en el estudio de carpintería.

Se queda en la puerta, con aspecto de estúpido un momento, pero Callan ni siquiera le mira, sino que presta atención al trabajo de lijamiento, y entonces O-Bop da media vuelta y se va, y McGuigan piensa que tal vez debería decir algo, pero no se le ocurre nada que decir. Es como si Callan se hubiera ocupado de ello, punto, y ahora McGuigan ya no tiene que preocuparse de que vengan los chicos del West Side.

Pero después de trabajar, Callan va a buscar a O-Bop. Le encuentra en la esquina de la Once con la Cuarenta y tres, y pasean hasta el puerto juntos.

– Que te den por el culo -dice O-Bop-. ¿Por qué te has comportado de esa manera?

– Es mi forma de decirte que mi trabajo es mi trabajo.

– ¿Ya no puedo ir a saludarte?

– Cuando estoy trabajando no.

– ¿Ya no somos amigos? -pregunta O-Bop.

– Somos amigos.

– No sé -dice O-Bop-.Ya no apareces, nadie te ve. Podrías venir a tomar una pinta de vez en cuando.

– Ya no pierdo el tiempo en los bares.

O-Bop ríe.

– Te estás convirtiendo en un puto boy scout, ¿eh?

– Ríete si quieres.

– Sí, ya lo creo.

Se quedan mirando el río. La noche es fría. El agua se ve negra y dura.

– Sí, vale, no me hagas favores -dice O-Bop-. Ya no eres nada divertido, desde que te has convertido en un héroe de la clase obrera. Es que la gente pregunta por ti.

– ¿Quién pregunta por mí?

– Gente.

– ¿Peaches?

– Escucha -dice O-Bop-, la cosa está muy tensa, hay mucha presión. La gente está nerviosa por si a otra gente se le ocurre hablar con los jurados de acusación.