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– Yo no he hablado con nadie.

– Ya, bueno, sigue así.

Callan agarra a Stevie por las solapas de la chaqueta verde guisante.

– ¿Me estás amenazando, Stevie?

– No.

La insinuación de un gemido.

– Porque ni se te ocurra amenazarme, Stevie.

– Solo estaba diciendo… ya sabes.

Callan le suelta.

– Sí, lo sé.

Lo sabe.

Es mucho más difícil salir que entrar. Pero lo está consiguiendo, se está marchando, y cada día aumenta más la distancia. Cada día se acerca más a esa vida nueva, y le gusta la vida nueva. Le gusta levantarse para ir a trabajar, trabajar con ahínco y después volver a casa con Siobhan. Cenar, acostarse temprano, levantarse y volver a repetir la rutina.

Siobhan y él se llevan de maravilla. Hasta hablan de casarse.

Entonces Neill Demonte muere.

– Tengo que ir al funeral -dice Callan.

– ¿Por qué? -pregunta Siobhan.

– Por respeto.

– ¿A un gángster?

Está cabreada. Está enfadada y asustada. De que Callan vuelva al redil. Porque está luchando contra los antiguos demonios de su vida, y ahora da la impresión de que está a punto de rendirse a ellos de nuevo, después de haberse esforzado tanto por alejarse.

– Iré, presentaré mis respetos y volveré -dice Callan.

– ¿Y a mí por qué no me respetas? -pregunta ella-. ¿Qué tal si respetas nuestra relación?

– La respeto.

Ella levanta las manos.

A él le gustaría explicárselo, pero no quiere asustarla. Que su ausencia sería malinterpretada. Que hay gente que ya sospecha de él y sospecharía todavía más, que podría entrarles el pánico y hacer algo movidos por sus sospechas.

– ¿Crees que quiero ir?

– Debe de ser que sí, porque es lo que vas a hacer.

– No lo entiendes.

– Exacto. No lo entiendo.

Da media vuelta y cierra la puerta del dormitorio tras de sí, y después Callan oye el chasquido de la cerradura. Piensa en derribar la puerta de una patada, pero se lo piensa mejor, da un puñetazo en la pared y se va.

Es difícil encontrar un sitio para aparcar en el cementerio, con todos los gángsters de la ciudad presentes, sin contar los pelotones de policías locales, estatales y federales. Uno de ellos toma una foto de Callan cuando pasa, pero a él le da igual.

En ese momento se la suda todo.

Y le duele la mano.

– ¿Problemas en el paraíso? -dice O-Bop cuando ve la mano.

– Vete a tomar por el culo.

– Muy bien -dice O-Bop-. No te van a dar la Medalla del Mérito a la Etiqueta en el Funeral.

Después cierra la boca, porque la expresión sombría de Callan delata que no está de buen humor.

Da la impresión de que todos los gángsters que Giuliani no ha enchironado están presentes. Están los hermanos Cozzo, con el pelo al cero y trajes a medida, los Piccone, Sammy Grillo y Frankie Lorenzo, Little Nick Corotti y Leonard DiMarsa y Sal Scachi. Está toda la familia Cimino, además de algunos capitanes de los Genovese: Barney Bellomo y Dom Cirillo. Y gente de los Lucchese: Tony Ducks y Little Al D'Arco. Y lo que queda de la familia Colombo, ahora que Persico está cumpliendo la sentencia de cien años, e incluso algunos chicos de los Bonanno: Sonny Black y Lefty Ruggiero.

Todos han venido a presentar sus respetos a Aniello Demonte. Todos han venido a enterarse de cómo irán las cosas ahora que Demonte ha muerto. Saben que todo depende de a quién elija Calabrese como nuevo subjefe, porque con toda probabilidad después de que Paulie vaya a la trena el nuevo subjefe será el siguiente jefe. Si Paulie elige a Cozzo, habrá paz en la familia. Pero si elige a otro… Cuidado. Todos los gángsters han acudido para intentar averiguarlo.

Han venido todos.

Con una notable excepción.

Big Paulie Calabrese.

Peaches no puede creerlo. Todos están esperando a que llegue su gran limusina negra para iniciar la ceremonia, pero no aparece. La viuda está consternada, no sabe qué hacer, y al final Johnny Cozzo interviene y da la orden de iniciarla.

– Mira que no ir al funeral de su subjefe -dice Peaches después de la ceremonia-. Eso no está bien. No está nada bien.

Se vuelve hacia Callan.

– En cualquier caso, me alegro de verte. ¿Dónde coño has estado?

– Por ahí.

– Pues yo no te he visto en ningún sitio.

Callan no está de humor.

– Vosotros los spaghetti no sois mis amos -dice.

– Cuidado con la puta boca.

– Vamos, Jimmy -interviene O-Bop-. Es buen chico.

– Bien -dice Peaches a Callan-, me han dicho que ahora eres… hummm… ¿carpintero?

– Sí.

– Hubo un carpintero que acabó crucificado -dice Peaches.

– Cuando vengas a por mí, Jimmy -dice Callan-, ven en un coche fúnebre… porque te marcharás en él.

Cozzo se interpone entre ellos.

– ¿Qué coño pasa? -pregunta-. ¿Queréis grabar más cintas para los federales? ¿Qué queréis ahora, el «Álbum en Directo de Jimmy Peaches»? Necesito que estéis unidos en este momento. Daos la mano.

Peaches extiende la mano hacia Callan.

Callan la acepta y Peaches pasa la otra mano alrededor del cuello de Callan y le acerca.

– Mierda, chico, lo siento. Es la tensión, es la pena.

– Lo sé. Yo también.

– Te quiero, jodido irlandés -susurra Peaches en su oído-. Si quieres irte, que te vaya bien. Vete. Ve a fabricar armarios y mesas y lo que te dé la gana, ¿de acuerdo? La vida es corta, debes ser feliz mientras puedas.

– Gracias, Jimmy.

Peaches suelta a Callan.

– Superaré este rollo de las drogas -dice en voz alta-. Celebraremos una fiesta, ¿de acuerdo?

– De acuerdo.

Invita a Callan a ir al Ravenite con los demás, pero no lo hace.

Se va a casa.

Encuentra un hueco para aparcar, sube la escalera y espera delante de la puerta un minuto, calmando sus nervios antes de poder introducir la llave y entrar.

Ella está en casa.

Sentada en una silla junto a la ventana, leyendo un libro.

Se pone a llorar cuando le ve.

– Pensaba que no ibas a volver.

– No sabía si estarías aquí.

Se inclina y la abraza.

Ella le abraza con mucha fuerza.

– Estaba pensando que podríamos comprar un árbol de Navidad -dice Callan cuando ella le suelta.

Eligen uno bonito. Es pequeño y poco frondoso. No es un árbol perfecto, pero ya les va bien. Ponen música de Navidad sensiblera, y se pasan el resto de la noche adornando el árbol. Ni siquiera saben que Big Paulie Calabrese ha nombrado a Tommy Bellavia como nuevo subjefe.

Van a por él la noche siguiente.

Callan vuelve a casa andando desde el trabajo, con los tejanos y los zapatos cubiertos de serrín. Como la noche es fría, lleva subido el cuello del abrigo y la gorra calada sobre las orejas.

De modo que no oye ni ve el coche hasta que frena a su lado.

Se baja una ventanilla.

– Sube.

No hay pistola, no sobresale nada. No hace falta. Callan sabe que, tarde o temprano, subirá al coche (si no en este en el siguiente), así que sube. Se acomoda en el asiento delantero, levanta los brazos y deja que Sal Scachi le desabroche el abrigo y le palpe debajo de los brazos, en la zona lumbar y las piernas.

– Así que es verdad -dice Scachi cuando ha terminado-. Ahora eres un civil.

– Sí.

– Un ciudadano -dice Scachi-. ¿Qué coño es esto? ¿Serrín?

– Sí, serrín.

– Mierda, me ha manchado el abrigo.

Un bonito abrigo, piensa Callan. Tiene que costar cinco de los grandes.

Scachi toma la West Side Highway, se dirige hacia el centro, pasa por debajo de un puente y frena.

Un buen lugar, piensa Callan, para meterle una bala a alguien.

Convenientemente cerca del río.

Oye los latidos de su corazón.

Y también Scachi.

– No debes tener miedo de nada, muchacho.