– De acuerdo -dice Sal-. ¿Qué te parece si os encontráis con las mujeres en el Copa, después de Sparks?
– Una mierda.
– Jimmy…
– ¿Qué?
– El asunto de esta noche es muy serio.
– Lo sé.
– Quiero decir que no puede ser más serio.
– Por eso la fiesta va a ser de órdago -dice Peaches.
– Escucha -dice Sal, cansado-, estoy a cargo de la seguridad de ese acto…
– En ese caso, preocúpate de mi seguridad -replica Peaches-. Es lo único que tienes que hacer, Sal, y olvidarte de ello después, ¿de acuerdo?
– No me gusta.
– No te gusta -dice Peaches-. Que te den por el culo. Feliz Navidad.
Sí, piensa Sal mientras cuelga.
Feliz Navidad, Jimmy.
Ya tengo tu regalo preparado.
Hay algunos paquetes bajo el árbol.
Menos mal que es un árbol pequeño, porque no hay muchos regalos, con eso de apretarse el cinturón y tal. Pero él le ha comprado un reloj nuevo, una pulsera de plata y una de esas velas de vainilla que tanto le gustan. Y hay algunos paquetes para él. Parecen ropa que necesita. Una nueva camisa de trabajo, tal vez, unos tejanos nuevos.
Una bonita Navidad.
Pensaban ir a la misa del Gallo.
Abrir los regalos por la mañana, intentar cocinar un pavo, ir al cine por la tarde.
Pero eso no va a suceder, piensa Callan.
Ya no.
De todos modos, iba a terminar, pero termina antes porque ella descubre el otro paquete, el que Callan había escondido debajo de la cama. Aquella noche llega antes de lo habitual a casa, y ella está sentada con la caja alargada a sus pies.
Ha encendido las luces del árbol. Destellos rojos, verdes y blancos tras de sí.
– ¿Qué es esto? -pregunta.
– ¿De dónde lo has sacado?
– Estaba acumulando polvo debajo de la cama. ¿Qué es?
Es una ametralladora sueca Model 45 Carl Gustaf de 9 milímetros. Con una culata de acero plegable y una recámara de treinta y seis balas. Más que suficiente para hacer el trabajo. Los números limados, limpia, sin posibilidad de seguir su rastro. Solamente cincuenta y cinco centímetros con la culata plegada. Pesa tres kilos y doscientos gramos. Puede cargar con el estuche hasta el centro de la ciudad como si fuera un regalo de Navidad. Dejar la caja y portar el arma bajo su chaquetón.
Sal se la había entregado.
No es eso lo que le dice. Lo que le dice es estúpido y obvio.
– No deberías haberlo visto.
Ella ríe.
– Pensé que era un regalo para mí. Me sentí culpable por abrirlo.
– Siobhan…
– Vas a volver a eso, ¿verdad? -dice ella, los ojos grises duros como la piedra-. Vas a hacer otro trabajo.
– Tengo que hacerlo.
– ¿Por qué?
Desea decírselo, pero no puede permitir que cargue con ese peso durante el resto de su vida.
– No lo entenderías -dice en cambio.
– Oh, ya lo creo que lo entiendo -dice ella-. Soy de Kashmir Road, ¿recuerdas? ¿Belfast? Crecí viendo a mis hermanos y tíos salir de casa con sus pequeños paquetes de Navidad, con los que iban a matar gente. Ya he visto antes metralletas debajo de la cama. Por eso me fui, porque estaba harta de asesinatos. Y de asesinos.
– Como yo.
– Pensaba que habías cambiado.
– He cambiado.
Ella señala la caja.
– Tengo que hacerlo -repite Callan.
– ¿Por qué? -pregunta ella-. ¿Hay algo tan importante por lo que valga la pena matar?
Tú, piensa él.
Tú.
Pero se queda mudo. Un testigo idiota contra sí mismo.
– Esta vez no estaré aquí cuando vuelvas -dice Siobhan.
– No pienso volver -contesta él-. Tengo que ausentarme una temporada.
– Joder. ¿Pensabas decírmelo, o ibas a despedirte a la francesa?
– Pensaba pedirte que vinieras conmigo.
Es verdad. Tiene dos pasaportes, dos billetes. Los saca del fondo del cajón del escritorio y los deja sobre la caja, a sus pies. Ella no los recoge. Ni siquiera los mira.
– ¿Así como así?
En su interior, una voz está chillando: «Díselo. Dile que lo estás haciendo por ella, por los dos. Suplícale que venga». Empieza a decírselo, pero no puede. Ella nunca se perdonaría. Nunca te perdonaría.
– Te quiero -dice-. Te quiero muchísimo.
Ella se levanta de la silla.
– Yo no te quiero -dice-. Te quería, pero ya no. No me gusta lo que eres. Un asesino.
Callan asiente.
– Tienes razón.
Recoge su billete y el pasaporte, los guarda en el bolsillo, cierra el estuche y se lo cuelga al hombro.
– Puedes vivir aquí si quieres -dice-. El alquiler está pagado.
– No puedo vivir aquí.
Era un buen lugar, piensa Callan, mientras pasea la vista por el pequeño apartamento. El mejor lugar de su vida, el más feliz. Ese lugar, el tiempo con ella. Intenta expresarlo con palabras, pero no se le ocurre nada.
– Vete -dice ella-. Ve a asesinar a alguien. Te dedicas a eso, ¿no?
– Sí.
Sale a la calle, está lloviendo a cántaros. Una lluvia fría, helada. Se sube el cuello y mira hacia el apartamento.
La ve sentada todavía junto a la ventana.
Inclinada, con la cara entre las manos.
Luces rojas, verdes y blancas destellan a su espalda.
Su vestido brilla bajo las luces.
Un top de lentejuelas rojas y verdes.
Muy propio de Navidad, había dicho Haley, muy sexy.
Tres décolletée.
De hecho, Jimmy Peaches no puede parar de mirarla de arriba abajo.
Por lo demás, Nora tiene que reconocer que su comportamiento es el de un caballero. El traje gris acero Armani le queda sorprendentemente bien. Ni la camisa ni la corbata negras parecen horribles. Un toque de gángster chic, tal vez, pero no del todo ordinario.
Lo mismo con respecto al restaurante. Esperaba algún espectáculo de horror siciliano, pero Sparks Steak House, pese a su prosaico nombre, resulta estar decorado con bastante buen gusto. No a su gusto. Las paredes chapadas en roble y los grabados de caza, muy al gusto inglés, no le satisfacen, pero de todos modos son de buen gusto, justo lo que no esperaba de un restaurante frecuentado por mañosos.
Llegaron en varias limusinas, y un portero armado con un paraguas les acompañó durante el medio metro que separaba el coche del largo toldo verde. Hicieron una entrada triunfal, los gángsters con sus ligues del brazo. Los comensales sentados a las mesas del gran salón delantero dejan de comer y miran sin disimulos, y por qué no, piensa Nora.
Las chicas son fantásticas.
Lo mejor de Haley, servido a domicilio.
Elegidas por el color de su pelo, su rostro, su figura.
Mujeres estupendas, adorables, sofisticadas, sin el menor toque de puterío. Vestidas con elegancia, peinadas de manera impecable, de modales exquisitos. Los hombres prácticamente se ruborizan de orgullo cuando hacen su entrada. Las mujeres no. Toman la adulación como un derecho natural. No se fijan en esas cosas.
Un jefe de comedor adecuadamente obsequioso les conduce al salón privado de la parte posterior.
Todo el mundo les ve entrar.
Bien, todo el mundo no.
Callan no.
Se pierde su entrada. Está a la vuelta de la esquina, en la Tercera avenida, esperando la orden de acercarse más. Ve llegar las limusinas, abrirse paso entre el tráfico de la hora punta en época de vacaciones, y después doblan por la Cuarenta y seis hacia Sparks, así que imagina que Johnny Boy, los Piccone y O-Bop han llegado a la fiesta.
Consulta su reloj.
Las cinco y media: puntualidad absoluta.
Scachi ha ido a recibirles, a todos los gángsters y a las chicas. Es el anfitrión, ha organizado la reunión. Hasta (mirándola de arriba abajo con disimulo) besa la mano de Nora.